9/09/2013

una critica de winterness, libro de juan dicent / por clara astiasarán


Approach on Winter 
(Conjeturas sobre Juan Dicent con un título de William Carlos Williams)

por Clara Astiasarán

Decía Onetti que su arte radicaba en dos cosas: leer y escribir. Juan Dicent (Bonao, 1969) estaría satisfecho con la primera.

A pesar de ello, dos ediciones de Winterness, su último libro de relatos, aparecieron simultáneamente en República Dominicana y Costa Rica, en el 2012. Lo primero entendible: la familia y los amigos son lectores cautivos. Lo segundo inexplicable en un país que además de leer poco, ve a los dominicanos como extras –patá y trompá– de un multicultural barrio caribeño de la ciudad.

Si, lamentablemente, todos los estigmas nos sobrevivirán.

Sin embargo, entre estos cuatro millones de cristianos, tan inflexibles con la política migratoria como tolerantes con la miseria, viven unas decenas de lectores de Juan Dicent (a.k.a. Dino Bonao). El hombre que nos vendió, a través de su blog y de su podcast, la imagen de un personaje degenerado de Kubrick –como si lo necesitara– nos convenció con la jerga fronteriza, las traducciones de O’Brien y un  ‘mami’ bajacalzón.

Al Alex de A Clockwork Orange (1971) lo sustituye ahora un bardo con un lunarcito coqueto. Sospechamos que después de los 40 años, la cursilería es ese “Acapulco de mercurio”, esa “Disenylandia submarina”  en la que quería ahogarse Bolaño. Dicent me dijo una vez: “no es cursi, si es verdad”. Lo compro.

Ahora bien, que acá, luego de ese acento ‘relambío’, sus lectores-hombres enfilen en la lista de heterosexuales, sólo asegura dos cosas: este país es materia de estudio para la OMS. Esto asumiendo que la geografía sea la otra certeza.

El libro que ahora descansa en la almohada, donde debiera reposar uno de los heterosexuales del párrafo de arriba, es parte del catálogo de Ediciones Lanzallamas. Juan Murillo y Guillermo Barquero más que editores, parecen los parientes exitosos de una familia de desgraciados anónimos. Los traiciona más la cerveza que la genética.

La portada costarricense de Winterness apuntala a este gran lector dominicano, reafirmando su pacto con Onetti. Hace visible en los lomos apilados, no sólo las innumerables referencias literarias que dinamita en cada texto de este libro, sino que lo introduce ‘forcejeando’ en un repertorio narrativo del cuál se confiesa devoto. Como el Mini me (1999) de Maurizio Cattelan, sentado entre tanto compendio de arte universal y fusionándose con la historia; lo mismo Dicent en este top ten, que en la suma de Kafka, De Quincey o Beckett ha perdido la cuenta.

A medio camino entre los puristas del idioma que deciden si incluir o no los dígrafos –¿27 ó 29 letras?– los cuentos del libro son 28. La asociación es ineficiente; el abecedario también. Este libro no se escribe en castellano, se vomita en un idioma preterido por el invierno.

Se dice que William Blake era un iluminado, pero asumir que el invierno es la estación del gozo lo convierte en un ser tan helado como opaco. No sé que diría Borges al respecto, tanto que lo admiraba. Si Summertime el primer libro de Juan Dicent, fue escrito bajo el sol cancerígeno de su isla; Winterness, armado en la humedad de un sótano del Bronx, viene siendo el efecto secundario de la quimioterapia. 

Dicent habla de un personaje de Beckett que teme al invierno. Paul Auster que le heredó al irlandés la manía de ser ‘un hombre solo en una habitación’, parece que también absorbió, en Diario de Invierno, la cualidad de la estación como pase de cuentas. Aunque admitamos con el personaje de “Florida Sun” que Paul Auster viene decayendo.

El invierno es, a la sazón de los relatos de este libro, la temporada en que se cosecha la desdicha. Animales de otra latitud, el frío los sobrecoge y los obliga a convivir: ese montón de desconocidos que una vez aglutinados en esas historias, terminas reconociendo como tu familia. Es por eso que Juan Dicent insiste regularmente en la primera persona, porque no hay otra manera con que enfrentar la  decepción que la autobiografía.

El drama propio se entrecruza con las experiencias de sus coterráneos, de sus familiares o amigos. Los dilemas del exilio, de la política y la historia, o el culto a las  remesas que sostienen la compleja y poco eficaz estructura dominicana, son el capital cultural del que se engancha Dicent para entretejer historias personales llenas de soledad, desamor y los rasgos menos trascendentes de la violencia.

La miseria humana es lateral ante la miseria. Lo que aquí se lee no esgrime sobre valores ni discursa sobre moralidades. Son en su mayoría narrativas sobre desplazados, sobre gente que aprendió en otro país, pero con el mismo idioma, el vocabulario de la derrota.

Y sin embargo no hay cinismo en esta literatura, sino un humor lleno de entereza. Juan Dicent no pone a ‘personajes’ ante las balas de los detractores del pintoresquismo, se pone a sí mismo: su madre, sus hermanos, sus tíos, su historia paterna. Hay mucho dolor detrás de cada uno de esos relatos, pero Dicent –pragmático– nos muestra la imposibilidad de la literatura como bálsamo. La confesión final de Fake Plastic Fruits es el atestado de ese fracaso: “Y yo quiero escribirte un poema muy sencillo, querido Tío, que evite que te vuelvas loco, que alivie tu sufrimiento con metáforas inútiles y hermosas; pero no soy Dylan Thomas, por eso plagio a Bob Dylan”.

Luego remata con el statement del exiliado: “Mudo, me quedo mirando un aguacate dominicano, tan real, tan bueno, que algún curioso colocó en el centro de la mesa, rodeado de uvas y peras y manzanas plásticas.” Y ese aguacate tiene en ese momento todo el valor de una magdalena.

El fracaso es, sin duda, el centro de la literatura de Dicent. Sus dos libros de relatos demuestran que cambiar de geografía puede ser sólo un agravante, no el problema. Si fuese uno de esos árabes a los que se parece, podría pretenderse que desearía creer en la reencarnación. Entonces, estos libros serían el testimonio de otra vida, donde el presente no es un sótano, una familia atomizada, la fantasía sexual de una cincuentona, las órdenes de restricción, la soledad de un teléfono o la postal de navidad de Luvina que llega unos meses después. Enfermedades de una temporada que parece no abandonarlo.

Y es que estos personajes –y el propio Dicent– destacan por la inercia, por ese efecto tan predecible como karmático con el que transcurren sus vidas. La falta de presente es sólo una anécdota para la falta de futuro. Incluso se resignan y  suscriben, como Leonard Cohen en La Energía de los Esclavos (1972):  poseyéndolo todono tendríamos dónde ir.”
Como Estanislao Balder, ese personaje exigente y triste de Arlt, Juan Dicent es también un enamorado escurridizo. Defraudado como éste por las mujeres, su libro es también la contra épica del amor. Pero a diferencia del mismo, a Dicent no le interesan los gestos extraordinarios. Lo de él es más bien la serie B de un dominicano en el Bronx, perdonen la redundancia.

De una moralidad vacilante, el libro tiene su ‘chin chin’ de machismo. Desde la memoria de una chica que es gélida como las ciruelas de Williams pasando por la novia infiel, la cincuentona ligadora, la groupie de Miami, hasta la forma en que las tías e incluso su propia madre conforman un repertorio de segunda con respecto a las historias masculinas. Más que mal intencionado, es la forma en que el personaje masculino, que nos está contando todo, recompone y justifica de una vez su soledad y su hombría.

Quizás por eso entre lo más conmovedor del libro está My father’s lunch, Mom and The Simpsons y Southern Comfort. Es a través de la memoria de un narrador que vuelve a ser niño de diferentes maneras, que Dicent reconstruye la historia de su padre, tratando de darle un sentido heroico. Insistiendo en una memoria probablemente tan apócrifa como necesaria. El modo en que lo involucra en la gesta patria no es otra cosa que la desesperación por condensar el honor con la biología. Hay un hombre de Bonao que demanda, detrás de un blog, su cuota de gloria.

Cuando tu país es una caricatura y el exilio inminente, el invierno es el único destino. El frío de todo lo nuevo, que se va naturalizando con demasiada confianza sobre tu mente y tu cuerpo, acapara la narración porque acapara el lenguaje. La literatura de Juan Dicent ni siquiera forcejea ya con eso, está vencida en esa dualidad, dulcemente vencida, como quien espera la vejez como un último trámite (Chaves dixit). Algo semejante nos pasa a todos, aunque lo desfigurado sea un país de la mente y el exilio tu propia habitación.

Juan Dicent encontró en Costa Rica varias decenas de desertores de la felicidad. O de esa “demasiada felicidad” que es la tragedia en off de Alice Munro. Amarrados sin proeza al barco de la infamia, a los asados de domingo, al reciclaje literario, a la familia molecular que son los amigos. Y si ahora, a este ‘nuestro’ dominicano, se le ocurre conformarse con leer y contradecir a Onetti, nos dejaría incompletos: faltos de la única biografía autorizada. Negados a que la escriba otro.



San José, agosto de 2013   /  vuelve a  tetrabrik 

5/17/2013

regale un cáncer de huevos / por catalina murillo


Lo siguiente sucedió en Nueva York y es verdadero, el lector escrupuloso puede investigarlo. La noche del 14 de febrero, quienes en lugar de estar en una cena romántica estaban solos en casa frente a la tele, pudieron ver el siguiente anuncio: sale un adonis con un batín de seda entreabierto exhibiendo unos firmes y lustrosos pectorales depilados. El modelo se dirige a cámara y con un estilo muy yanqui de hablar en publicidad, como declamando a Whitman mientras lo sodomizan, dice: “¿Quieres hacer algo verdaderamente especial por tu pareja en san Valentín? Hazte una prueba de cáncer de testículos”.

Quien estaba a esas horas frente a la pantalla chica era Anthony Delano Morato, escritor turco asilado en Manhattan, que en cuanto salió de su asombro me mandó un email: “¿Tu cuento se ha hecho realidad o de la realidad sacaste tu cuento?”.

Resulta que fui alumna de Delano Morato en un taller literario y presenté un relato que venía a contar más o menos esto: una escritora se ha quedado seca de ideas. Para despertar la creatividad, se mete a camarera en un hotel de lujo. Ella habla tres idiomas y no es tan fea, así que al poco se encuentra trabajando en el Hotel Four Seasons de Papagayo, y en efecto le sucede algo que merece ser contado.

Un atardecer, sirviendo bloody marys a dos gringos panzones, escucha una conversación tan increíble como impactante. Los diálogos en el relato eran sintéticos y efectivos, aquí sólo se cuenta su contenido. Eran negociantes, así a secas; empezaron hablando de un posible negocio de cereales, la comida seguía siendo la única inversión segura del mundo, dijo uno, y eso hizo replicar al otro, de barba pelirroja, que más la salud. ¡Pongamos algo en el cereal que cure a la gente!, dijo el primero, y el otro respondió: “Mejor pongamos algo que la enferme”. Rieron, los cocteles surtieron su efecto y cada vez más relajados se pusieron a explorar posibilidades de negocios médicos. Las mujeres están mejor aprovechadas que los hombres, se quejó uno, tienen mil análisis que hacerse, que si las tetas, que si el coño, que si los huesos y hasta la menopausia es ahora una enfermedad. Los hombres ya ni tienen miedo a quedarse calvos. Una cosa llevó a la otra, bromearon con la prueba de la próstata y fue cuando a uno se le encendió la lucecita y propuso el cáncer de huevos. “No me toques los cojones”, respondía el otro a carcajadas en una primera versión del relato, pero se suponía que hablaban en inglés así que hubo que sacrificar el chiste. “¿Qué tal si empezamos a meter miedo con el cáncer de testículos?, estamos hablando de las bolas, man”. La idea quedó aprobada por unanimidad etílica y surgió la segunda duda: cómo introducir en el mercado ese nuevo miedo; si se hacía muy directamente la gente podía terminar por darse cuenta del embuste y rechazarlo instintivamente. En ese momento sonó el celular de uno, era su querida, y eso inspiró la mente perversa del otro: ¡Que lo hagan por amor! Obviamente sería por amor propio –aclaró– pero vamos a venderles la idea de que lo hagan por su pareja... ¿Te das cuenta? En realidad el hombre que más miedo va a tener será el que no se sienta querido por nadie. La idea de fondo es: “A lo mejor tengo cáncer en los huevos y nadie a quien le importe”, explicó, y esa autoconmiseración es la que lleva a la gente al doctor. El otro lo escuchó maravillado y emocionado; cuando tienes tal conexión con un amigo, sale lo mejor (aunque sea para mal) de ti. Terminó de rematar la idea: arranquemos la campaña el día de san Valentín, propuso, así tendremos un filtro natural. El “perdedor” que esté esa noche solo en casa viendo tele será el primero en solicitar al día siguiente un ultrasonido de bolas. “Es correcto”, dijo el otro, aunque añadió su sospecha de que también los hombres con pareja se iban a sumar a la nueva paranoia, pues de algún modo… “Tu esposa lo que más desea de ti son tus huevos metidos en alcanfor, ¿no crees?”. Muy en el fondo es el mejor regalo que le puedes hacer: cortarte los huevos. Tú no lo sabes, pero ella, sí.

publicado originalmente en revista SoHo

12/18/2012

bufona confesa / por catalina murillo



No sé qué fue primero: si mi propensión a irme de la lengua, mi poco afán por subir en la escala social, o la visión ciniquilla que suelo tener de las cosas de este mundo (que no del otro, tengo fuertes ramalazos espirituales). Lo cierto es que esas cosas sumadas terminaron forjándome un oficio o por lo menos una vocación que he terminado por asumir: el de bufona.
Hay quienes piensan que no es una labor anodina, que a su manera los bufones son críticos y vigilantes del poder. Los mismísimos reyes solían permitir que les dijeran a la cara cosas que a otros les habría costado el pescuezo, porque entendían que los bufones daban la medida de “lo que se dice en la calle”, lo que se dice cuando no se aplican censuras previas a lo que uno suelta por esta boquita. Es decir, hasta los más poderosos consideraban sano permitir las bufonadas. Ahora que lo pienso, nunca es con el rey que uno tiene problemas por tener una bocota, es siempre con los lacayos…
El diputado Víctor Hugo Víquez publicó en estas páginas un artículo titulado “Columna burda y soez”, aludiendo a mi texto aparecido en la revista SoHo “Todos somos Pequis”, que el desocupado lector ya solo podrá leer adquiriendo la revista de octubre, pág.23, pues me la apearon de la internet. Pide Víquez que se aclare que nada de lo dicho ahí es cierto, cosa tan evidente como que la columna se llama La Calumnista y se basa en noticias falsas, salidas de mi imaginación calenturienta, eso no lo niego.
Dice Víquez que en ella ofendo “con epítetos dignos de mercado de abastos o cantinucha barata” a las personas ahí mencionadas, lo cual ratifica una vez más que no frecuentamos los mismos mercados ni las mismas cantinas, de hecho en mi Calumnia me refiero a cierta persona como el Hombre de la Cornucopia, palabra que más de uno habrá tenido que ir a buscar al diccionario, y que en las cantinuchas poco shakesperianas que visito yo se llama simplemente un hombre con un par de cachos bien puestos. Supongo que considera más propio llamar maricón a otro diputado en plena Asamblea Legislativa, como hiciera él, ya fuera de mi imaginación. No se pierdan una aguda semblanza suya aparecida en este periódico el año pasado. O sea que Víquez abre la revista SoHo y mi Calumnia le resulta “burda y soez”; supongo que le habría parecido más refinado y elegante encontrarme en cueros envuelta en una sábana blanca como un tamal de elote… como una que mejor no mentar en casa del ahorcado.
Total, a modo de respuesta a la queja de este caballero, escribí una nueva Calumnia para la edición de diciembre de SoHo y sufrió lo que -entiendo- es censura previa: no se publica por temor a una demanda. Esto es una falacia, pues todo es demandable, hasta la canción de Los Pollitos por promover la doble jornada laboral de la gallina; la cosa es dar con el juez suficientemente corto de luces o largo de mangas que así lo entienda. ¿No será que alguien quiere terminar de hundir a Víquez?, pues ya se sabe que no hay nada más dañino para un político que hacerles caso a los charlatanes u obligar a los bufones a hablar en serio. Qué tal que yo ahora, por sentirme censurada, me tomara en serio toda esta necedad y pidiera que Víquez pruebe que, en efecto, él no estaba en Madrid en agosto de 2012, que haga una declaración pública de las múltiples idas y venidas que ha hecho fuera del país este año, y que diga a cuenta de quién las ha hecho. Por ejemplo. Por ponerme seria.

12/10/2012

mil perdones / catalina murillo - columna censurada

La columna del post anterior de la sección La Calumnista de Catalina Murillo fue censurada recientemente en la revista SoHo, días después de que el diputado arista Víquez se sintiera ofendido. Se publicó en la edición impresa y luego se bajó de la digital. Esta que sigue, "Mil perdones" fue directamente censurada, la dejaron por fuera de ambas ediciones. 

MIL PERDONES 

Por Catalina Murillo


Ha llegado diciembre, mes del amor, de la paz, del perdón y las sonrisas de los niños y las niñas del mundo, sea cual sea su origen, raza o clase social. Así que aquí vengo a pedir perdón por mi anterior Calumnia, “Todos somos Pequis”, publicada hace dos meses. Dicha columna me valió dos denuncias formales, una de ellas ante el Tribunal de la Haya; dos emails anónimos de cariz insultante; una llamada obscena y una carta enviada al periódico La Nación (/2012), además miles de aplausos, risas y encomios, por los cuales también quiero disculparme.
¡Cuánta razón tenía uno de mis antecesores en esta columna, Manfred Bogarín! Decía: “Es mejor pedirle perdón a un crápula cualquiera que pedirle clemencia a un juez… cualquiera”. Bogarín se libró de ir a la cárcel porque en pleno juicio contra los hermanos Arias les pidió perdón hasta a los retratos de las paredes. En su columna llamada Despedida (diciembre 2010) explica la ironía que lo hizo quedarse calvo en 24 horas.
Así que allá voy, en orden aleatorio de importancia, empiezo por pedirle perdón públicamente a Ángela Merkel. Según dice la demanda, acusé a la Canciller alemana “jocosamente” de nazi racista. (La propia demanda dice eso de “jocosamente”, al parecer si la hubiera acusado en serio no habría habido problema). Puse en la Calumnia que allá por agosto Merkel ordenó que nos sellaran el pasaporte a los sudacas nacionalizados españoles, como indicativo de que somos europeos espurios. En el juicio rápido que se celebró hace dos semanas, argumenté en mi defensa que yo no sabía que las películas de nazis estaban basadas en hechos reales. Silencio en la Corte… Fui absuelta.
Procedo ahora a pedir disculpas a doña Laura Chichilla, presidenta de Costa Rica, por siquiera haber prestado oídos al vil rumor de que se iba a dejar fotografiar desnuda, y me recomienda mi abogado que exprese, además, que dar crédito a semejante cuento no deja de tener un lado lisonjeador. Vamos, que esa foto yo no la veía impensable.
Siguiendo con este via crucis (qué difícil es pedir perdón) voy ahora con la exviceministra de juventud, la tan llevada y traída Bolaños, y reitero públicamente lo que he dicho ya en la intimidad: yo escribo en esta revista SoHo porque no me pagarían ni un cinco por salir toda natural en la portada. Si la madre Naturaleza no hubiera sido tan ingrata conmigo, yo sería mejor persona. Las feas somos muy rencorosas. Eso de que “la suerte de la fea la bonita la desea” lo inventó alguna virgen para consolarse y es tan falso como eso de que los ricos no entrarán en el Reino de los Cielos. A esta muchacha Bolaños se puede decir que básicamente le tengo envidia: dicen que no hay pasión más grande para una mujer que la de poner unos buenos cuernos.
Y así llegamos a mi tercera disculpa, con un tal señor Víquez que tiene toda la razón, señor Juez, conste en actas: Víquez y servidora no se conocen de nada, nunca se han visto a la cara, nunca se encontraron en Madrid ni compartieron una botella de vino, afortunadamente para él, he de decir, porque como saben los quiméricos lectores de mi novela Marzo todopoderoso, a mí los gordos me chiflan, por decirlo finamente. Y las feas, cuando “echamos el caballo” no le damos besitos en ropa interior a una almohada… Las feas vamos a la yugular, porque no tenemos segundas oportunidades.
A pesar de que en mi anterior Calumnia no dije su nombre ni usé palabras soeces u ofensivas, Víquez se dio a la vez por aludido y ofendido, supongo que por aquello de “el Hombre de la Cornucopia”. A este respecto yo quiero recordar a los maridos costarricenses el sabio proverbio vikingo que reza: “Un hombre sin cuernos es un hombre indefenso”. Como bufona profesional acepto que llamar cornudo a un cornudo no es un chiste (es incluso una pifia) pero mucho menos una injuria. El sangrante agravio a Víquez -creo yo- lo hace Bolaños cuando dice en la entrevista que el chantajista le dio como mujer lo que nunca le dieron ni Pequis ni su marido. Ay. Eso sí duele, ¿no? Ahora bien, tomando en cuenta que al parecer la fogosa Bolaños cobró 200 mil euros por la entrevista y por la fotos, yo que Víquez consideraría la posibilidad de exigirle una indemnización por daños morales. Pero esos son procedimientos de gente decente, que yo ignoro.
Mi último perdón/aclaración es con el bar Baco & Beto. Siendo esta una columna llamada Calumnia, todos los lectores (salvo Víquez) consideran falso lo dicho aquí, así que interpretaron como sarcasmo la única verdad que dije: Baco & Beto es una de las más exquisitas tabernas de Madrid.

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12/02/2012

todos somos pequis / de catalina murillo


(esta columna de la sección La Calumnista de Catalina Murillo fue censurada recientemente en la revista SoHo, días después de que el diputado arista Víquez se sintiera ofendido)


Tuve que personarme de urgencia en Madrid, porque la Merkel ordenó que a los que obtuvimos la nacionalidad española por residencia (e insistencia) se nos sellara el pasaporte con dos estrellitas, como distintivo de que somos “españoles de segunda” (o sea, europeos de cuarta).
Ya en la capital del reino, es de obligada visita el Baco & Beto, el mejor sitio de vinos y tapas del centro. Estando ahí, ¿a quién me encuentro? Nada más (aunque nada menos) que al marido de Karina Bolaños. Muy repuestito, lo vi; era finales de agosto, costaba creer que aquel hombre acababa de llevarse un duro golpe de la vida. Supuse que la reciente campaña solidaria “Todas somos Karina” le había levantado la moral.
En el Baco & Beto, El Señor de la Cornucopia (como le llamaban a la sazón al marido de la Bolaños) terminó cantando La patriótica costarricense y contando que Karina había firmado con la revista española semiporno Interviú, por cincuenta mil euritos. Ninguno de los parroquianos creyó una palabra de lo que contaba el pobre hombre; pensamos que la mezcla de vino y ansiolíticos le habría alterado la mollera.
Imagínense nuestra sorpresa unas semanas después cuando nos encontramos a la exviceministra colgando en todos los kioscos de la madre patria, con los dientes blanqueados y medio envuelta en una sábana como un tamal de elote. No mentía pues el de la cornamenta y ese dinerito bien habido por su fogosa mujer sería parte de su contentera. (Que por cierto, ya está nuestra mejor periodista de investigación, Giannina Segnini, rastreando adónde va a declarar esa entradilla la exfuncionaria pública.)
En la plataforma de apoyo “Todas somos Karina” reinó el desconcierto durante un par de días, hasta que saltó por los aires. Una célula permaneció unida y lanzó un comunicado de prensa: “Mantenemos nuestro apoyo a la trabajadora injustamente despedida y nos alegramos de que finalmente haya encontrado trabajito remunerado con su verdadera vocación”.
Estando la realidad tan rica como está, qué necesidad tengo yo de inventar nada, pregunto a mis lectores. Basta con que ventile todos los chismes de los que me entero entre copas. Dicen que la revista SoHo ya tiene apalabrado un contrato de una foto a dúo, de Karina Bolaños desnuda ¿con quién? ¡Con Laura Chichilla! La presidenta y la destituida abrazadas en plan Cindy Crawford y Claudia Schiffer. La idea desde luego es genial y no quiero ni pensar los dólares que habrán tenido que ponerles en la mesa o en la cama, no sé dónde le ponen a una el dinero en estos casos.
Cuando empieza a oler a dinero sale la gente de sus escondites. ¿Quién está a punto de salir del anonimato? Pequis. La revista Men Health ha hecho la siguiente propuesta lúdica lucrativa: ofrece 50 mil dólares a Pequis por manifestarse y ser portada en calzoncillos, así sea más feo que Rodrigo Arias. Resultado inmediato: las colas de nicas frente a la embajada se han cuadruplicado y ahora todo ese atajo de indocumentados dicen ser Pequis.
Esta historia da vueltas “como un ventilador embarrado de mierda”, citando a Kafka o a Dante, ahora no recuerdo a cuál. Resulta que el mismísimo día que se hizo pública la portada de Interviú, tenían planeado los publicistas Bulgarelli arrancar la campaña “Berrocal se desnuda”. Díganme si no está salado, ese Berrocal, cómo se le adelantó la Karina. Ahora el slogan es “Fernando Berrocal, embarrado colateral”.
Aunque ojo: una teoría de la conspiración dice que está todo fríamente calculado. No olvidemos que los Bulgarelli trabajan por amor propio, que es el amor más fuerte que hay. Y no olvidemos que los grandes vencedores de todo esto son los Arias y la Chichilla, que sin mover un dedo ven cómo todos sus opositores se autoinmolan en las formas más ridículas imaginables. A fin de cuentas la presidenta va a salir indemne pese a haber echado a una trabajadora por un video ¡publicado por un chantajista! (que ya debería estar rindiendo cuentas ante un juez). Pero en Costa Rica hay un terremotazo y lo que hace la testaferro de los Arias es ir a darle las gracias a un pedazo de piedra encerrado en una basílica. Y nadie considera eso razón suficiente para echarla o pedirle que sea más seria. El mes que viene les cuento otra cosa de la que me enteré. Agárrense fuerte.

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