10/13/2006

Festival privado (sigue)

viene

En orden cronológico: Operación Dragón, Rocky III y El Karate Kid.

En plan confesional, tengo que decir que El Karate Kid es la mejor de las tres. Es fácil convencer al espectador de que Bruce Lee o Silvester Stallone representan al héroe cuyo modus vivendi y operandi se guía por el muy pragmático eslogan “un directo a la nariz resuelve más que mil palabras”. Pero que en una peli el protagonista insulso, debilucho y tontón se convierta en el heredero de la técnica del puño limpio para resolver las cosas, es una genialidad.

Está de más aclarar que a los 15 años, solo en una sala de cine herediana, en tanda de cuatro, me vi proyectado en el semi oligofrénico de Daniel Larusso (el protagonista interpretado por Ralph Macchio). Se supone que eso es lo que pasa en el cine. En mi caso, se supone bien. ¿Cuántas veces, a escondidas en mi habitación, habré practicado la imbatible patada de la grulla con la que Daniel despeluca, en el último minuto, a un contrincante a todas luces más dotado que él? ¿Cuántas veces habré soñado, dormido y despierto, que se la propinaba a algún archienemigo, a un enemigo ordinario o un simple desconocido que tuviera la mala suerte de cruzarse en mi camino un mal día? Ni qué decir del Sr. Miyagi. ¿Qué adolescente que se respete no sueña con tener un maestro como el que encarna Noriyuki “Pat” Morita? Me aprendí de memoria la frase con que el inmigrante japonés le enseña la mentada técnica de la grulla a Larusso: “if do right, no can defense”, que traducido al vuelo sería algo como “si hacer bien, no puede defensa”. Tome pa’ que lleve.

En otra ocasión, si la crítica me lo permite, repasaré las siguientes escenas de los otros dos filmes: 1) Bruce Lee, topless, dándole sopa de muñeca a un ejército de cintas negras que lo abordan en grupos sucesivos de tres o cuatro; 2) Rocky Balboa, contra todos los pronósticos, como corresponde, volteando una pelea que perdía frente al temible Clubber Lang (Mr. T, mejor conocido después por su impecable personificación de Mario Baracus en Los Magníficos).

No pierdo la esperanza, siempre hay candidatos para propinar la patada de la grulla. Mientras tanto, hay que volver a la realidad, esa mala película.

(publicado en octubre del 2004 aquí)

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10/01/2006

El olor de uniformes rojiamarillos lavados y secados al sol (sigue)

viene

Tengo eso y una tarde dominical del 2003 en que, después de convencerlo, fuimos con papá a ver Herediano vs. Cartaginés.

Así: al estadio a pie, porque es el preámbulo a la liturgia del fútbol. Frente a nosotros, cumpliendo su trayectoria celeste, el sol -diría el gran Gambarotta- sin adjetivos. En silencio, de Santa Lucía al Eladio, papá, mi hermano y yo, seguidos en el asfalto por nuestras sombras que tampoco hablaban. Cuanto más cerca del estadio, más grupos de futboleros. Unos sin signos externos, otros enfundados en los colores del equipo que, como linaje venido a menos, se alejó de sus glorias pasadas hasta convertirse en un club segundón.

Estamos en la boletería. Ahora hacemos fila para ingresar. El estadio y la iglesia son los únicos lugares a los que no se puede entrar en carro, todavía. Pasamos a la gradería de sombra, que a esta hora se trueca en la de sol. Como el estadio es pequeño y los heredianos somos pocos, encontramos a Marcos, hermano de mi padre, y nos sentamos con él. Cuatro hermanos Chaves, dos generaciones. No sabe que ya pasó su temporada, ni le importa, a la bandada de pericos que cruza el cielo bajo el que irrumpe en la cancha el tin florense: el uniforme radiante, casi podemos sentir el olor a limpio, avanzan al ritmo de los cantos, atraviesan el humo de las bombetas como si salieran de una nube. ¿De dónde tanta alegría? ¿Y por qué se contagia?

El partido en vivo y en familia, rodeados del negro-malparido-árbitro-hijueputa y demás sutilezas edificantes de la tribuna. Ya es historia que se abombó la red cartaga en seis ocasiones. Fue una de esas tardes en que todo le salió bien a los jugadores. De haber tenido excavadoras, sacan petróleo del Eladio. En noventa minutos abracé a mi padre y a mi hermano lo que me hubiera llevado tres años (contando uno cada Navidad y cumpleaños).

Esto lo escribo lunes y en tres días el Herediano será campeón o subcampeón, que es peor que descender a segunda. Estoy a miles de kilómetros del Rosabal Cordero, del parque de Heredia, de la casa en la que mamá, ese domingo, esperó que volvieran del estadio los hombres imperfectos de su vida y ellos le narraron felices el partido y sólo ella supo que hablaban de otra cosa.


publicado aquí
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9/13/2006

inventario (sigue)

viene

leyenda "do you have a cocaine problem?", envío de una amiga que se llevó su chispa y buen humor a otro país; un llavero con el escudo del Club Sport Herediano (pasión familiar transmitida de generación en generación junto con la promesa del cáncer gástrico); varias cajas de fósforos: una de hotel sudaca de Barcelona, otra de bar modernoso de San Francisco y la clásica con perforación en el cráter del volcán Arenal; poemas de poetas border sólo publicados en la Web; mi primera cédula de identidad; mi última licencia de conducir; un Durex vencido (sí, ese); varias Voltarén vencidas también; números viejos de Los amigos de lo ajeno; ¡¡¡un floppy!!! (ese fósil de la informática); posavasos con la heráldica de cervezas nacionales y extranjeras; un lápiz Mongol 2 consumido casi hasta el borrador; libretas con frases que supongo valoré célebres en el momento y estado en que las redacté; otras libretas con listas de palabras y latinismos para buscar en ese diccionario que está a la par de los propósitos de Año Nuevo; una caja de grapas; una polaroid tomada aquella noche de veinticuatro meses que empezó en Las Ventanas y terminó en Regina 51; la fotocopia del pasaje de un ensayo con el término “oxímoron” encerrado en un círculo; un viejo cassette visiblemente carreteado con la selección de canciones sin duda bien meditada: el lado A como banda sonora para días de sol y filantropía, el lado B (romántico-depre sin fisuras) como la aplanadora que prepara la autopista hacia el suicidio; mapas de ciudades en las que todo funciona; agendas telefónicas de años inverosímiles como 1983; otras agendas telefónicas donde hay nombres y números tachados con el Papermate de la venganza; el recorte de la necrológica de uno que apenas conocí, muerto en accidente de tránsito hace más de doce años; tres encendedores con el logo de La Tortuguita del 96; cartas de gente que ya no conozco; cartas de gente que nunca llegué a conocer; cartas de gente de la que me encantaría seguir recibiendo cartas; esa foto de grupo donde casi parece cierto que nos unía la amistad; esa otro foto frente al monumento ecuestre donde seguimos envejeciendo; un dado solo; esa envoltura de golosina infalible: cada vez que la veo vuelven la luz, los sonidos, el olor del lugar donde la recibí; un pedazo de papel con la frase “tengo fotos que antes tuvimos” garabateada con marcador rojo; un anillo, un juego de aretes, una pulsera, que no son un anillo, un juego de aretes, una pulsera; una hoja totalmente en blanco salvo por el encabezado interrumpido: Querida…


publicado en julio del 2005 aquí

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8/29/2006

leche vaquera, otra vez (sigue)

(viene)

Ahora sé que todo lo que puedo decir al respecto no tiene nada que ver con el concierto en cuestión. O probablemente sí, pero desde un lugar marginal, oblicuo. Sé que puedo contar que conocí a Bruno Porter, su primer grupo, atraído por los afiches con que promocionaban los chivos. Aquella gráfica trash en los 90, en un país en el que los entendidos de la música se arrodillaban ante Sting y Fito Páez, me parecía una buena señal. Los fui a ver a La Maga, y comprobé que aquella propuesta gráfica era parte de su apuesta musical. Unos extraterrestres en el escenario de un rock nacional que cuando no era elemental era subestándar. No era rock melódico, no era rock cuadrado -géneros que además me gustan-, era otra cosa. Me alucinó la oferta, si se quiere, pretenciosa que no pedía disculpas en un entorno en el que, confundiendo mediocridad con humildad, ser autoafirmado es sinónimo de pedantería.

Pasó el tiempo, Bruno eventualmente desapareció pero mi relación con Pauly, Montagné, Tuco y Beto (ese integrante desde la barrera) se mantuvo. Para mí, que terminé escribiendo porque no pude hacer música y que encuentro más poesía en ese género que en gran parte de la literatura, siempre fue muy claro que mi objetivo era algún día escribir en poesía lo que ellos hacían en canciones.

La noche del concierto del nuevo proyecto de Pauly, sentí eso que me pasa con la música con la que conecto y que en mi caso –si bien no discrimino géneros- ocurre con poca frecuencia, algo estaba sucediendo, algo que, una vez más, me demostraba que la música es un fenómeno mayor. Podría fingir elegancia y mentir explicándolo con el lenguaje esclerótico del crítico de rock. Pero sería falso y malagradecido. Prefiero decirlo desde mis limitaciones. Todos llevamos música en la cabeza, como un iPod invisible. Nosotros de música que hemos escuchado, Pauly de música que vamos a escuchar.

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8/24/2006

antonin artaud, adelantado (sigue)

(viene de)

Es por sobre todo una cuestión de conciencia. La ley sobre estupefacientes pone en manos del inspector-usurpador de la salud pública el derecho de disponer del dolor de los hombres; en una pretensión singular de la medicina moderna querer imponer sus reglas a la conciencia de cada uno. Todos los balidos oficiales de la ley no tienen poder de acción frente a este hecho de conciencia; a saber, que más aún que de la muerte, yo soy el dueño de mi dolor físico, o también de la vacuidad mental que pueda honestamente soportar.

Lucidez o no lucidez, hay una lucidez que ninguna enfermedad me arrebatará jamás, es aquella que me dicta el sentimiento de mi vida física. Y si yo he perdido mi lucidez la medicina no tiene otra cosa que hacer sino darme las sustancias que me permitan recobrar el uso de esta lucidez. Señores dictadores de la escuela farmacéutica de Francia ustedes son unos pedantes roñosos: hay una cosa que debieran considerar mejor; el opio es esta imprescriptible e imperiosa sustancia que permite retornar a la vida de su alma a aquellos que han tenido la desgracia de haberla perdido. Hay un mal contra el cual el opio es soberano y este mal se llama Angustia, en su forma mental, médica, psicológica o farmacéutica, o como Uds. quieran.

La Angustia que hace a los locos.
La Angustia que hace a los suicidas.
La Angustia que hace a los condenados.
La Angustia que la medicina no conoce.
La Angustia que vuestro doctor no entiende.
La Angustia que quita la vida.
La Angustia que corta el cordón umbilical de la vida.

Por vuestra ley inicua ustedes ponen en manos de personas en las que no tengo confianza alguna, castrados en medicina, farmacéuticos de porquería, jueces fraudulentos, doctores, parteras, inspectores doctorales, el derecho a disponer de mi angustia, de una angustia que es en mí tan aguda como las agujas de todas las brújulas del infierno. Temblores del cuerpo o del alma, no existe sismógrafo humano que permita a quien me mire, llegar a una evaluación de mi dolor más precisa, que aquella, fulminante, de mi espíritu.

Toda la azarosa ciencia de los hombres no es superior al conocimiento inmediato que puedo tener de mi ser. Soy el único juez de lo que está en mí. Vuelvan a sus buhardillas, médicos parásitos, y tú también Legislador Moutonier, que no es por amor a los hombres que deliras; es por tradición de imbecilidad. Tu ignorancia de aquello que es un hombre sólo es comparable a tu estupidez pretendiendo limitarlo. Deseo que tu ley recaiga sobre tu padre, sobre tu madre, sobre tu mujer y tus hijos, y toda tu posteridad. Y mientras tanto, soporto tu ley.

Antonin Artaud

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8/21/2006

Afuera del agua

(a partir de Abajo del Agua de S. LLach)

El Pacífico visto desde la Interamericana, de noche, detrás de la ventanilla de un bus repleto de desconocidos, rumbo a Dominical. En eso pienso. Es una imagen sin duda ordinaria pero que no me abandona. Una imagen arbitraria, que regresa cada tanto, igual que esas olas que adivino deshaciéndose en la arena, devolviendo ramas, caracoles, una chancleta, corchos, tetrabriks vacíos, como boyas de la decadencia encallando de nuevo en el continente. El mar visto de noche, cuando es invisible y habla en ese lenguaje oscuro y poderoso, para que sepamos que está ahí, donde los ojos no sirven. El mar de noche, más profundo y temible que de día. El mar de las canciones simples, los ahogados y los peces.

Más atrás en el tiempo, la misma noche, el mismo mar, la misma arena en la que sentados, sin hablar, hundíamos los pies hasta los tobillos, hipnotizados por el fuego y el baile de las pavesas que se elevaban hasta desaparecer en el aire con chasquidos mudos. Alguien, alejándose, escuchaba en la radio noticias de un mundo que parecía suspenderse a millones de años luz de aquel lugar, de aquel momento. Otros, acercándose y cruzando detrás de nuestras espaldas, extendían una conversación que bien podría haber sido nuestra. Y también, sí, el ladrido en cadena de los perros, las luces de las casas apagándose una a una.

¿Por qué una noche cualquiera en un sueño aparece en vestido de baño la exnovia de cuarto año del colegio de quien no tenemos noticias desde la graduación? ¿Por qué de pronto, digamos un jueves, enfrascado en tareas cotidianas, uno daría el pulgar derecho por volver a la mañana del 1º de enero en que se amaneció en la banca de un parquecito deprimente de playa Dominical, frente a un mar nada amistoso, averiado, sin plata para el bus de regreso, rodeado de los cuerpos todavía tendidos de subnormales con quienes la noche anterior, abrazados y a los gritos, se juró amistad eterna? El mar no nos lo explica. Ni le importa.

La orilla del mar contaminado por la fauna de las vacaciones, el fondo del mar moviéndose al ritmo imperceptible del combustible fósil. Pescadores, mar adentro, meando desde cubierta. Cetáceos menores y gaviotas escoltando a los barcos de hombres solos.

Los que cierran los ojos para hacer promesas falsas frente al mar. Los que no los cierran. Los que creen que basta mojarse los pies en el mar para conocer sus profundidades. Los que construyen castillos de arena, los que se dejan enterrar en ella. Los que, eructando, lanzan botellas al mar, sin mensajes. Los que intuyen que el mar no es más que un montón de agua.

En el álbum familiar, el espacio vacío, rectangular, de la foto perdida del niño con tendencia a la obesidad, sólo en la playa, de pie frente al Pacífico, una mañana limpia del 74. Aquella en la que, en ángulo recto, su figura y su sombra leve sobre la arena formaban un reloj de sol. El mar como una golosina.


(publicado el 03/12/05)
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8/08/2006

G.W., el pueblo está con tú

Con Tavo Fallas filmamos, mentalmente, un documental sobre Gerardo Wenceslao Villalobos. Falta lo más fácil, hacerlo. No fue difícil convencer a Tavo de acompañarme en el proyecto; tanto él como yo asociamos a G.W. con esa fase de la infancia en la que uno desarrolla el sentido de pertenencia a una comunidad, a -si se quiere- un país. G.W. tiene que ver con el recuerdo de nuestros padres, tal vez por las patillas que entonces se estilaban en los hombres adultos. En mi caso, además, porque mi padre fue delegado del TSE en las elecciones del 78.

Independientemente de eso, ahora, por un interés retrospectivo, con Tavo rescatamos el valor de un personaje que, fuera de sus delirios políticos, fundó un instituto politécnico donde se formaron periodistas de radio, mecanógrafos, los primeros "hoteleros". Un hombre cuyo partido ostentaba no solo el descaro de su nombre, Partido Rebeldía Nacional, sino que ondeaba una bandera blanca estampada con un punto negro: un pirata abstracto. Un ciudadano que peleó con aquel ídolo de la lucha libre, Martín Karadajián; cuyo eslógan fue el genial "G.W., el pueblo está con tú"; que pintó puentes con su propaganda, anticipando los contemporáneos grafittis hoy monopolizados por los estrategas de la Ultra y la Doce y por poetas cursis a quienes tendrían que amputarles las manos. G.W., subido en un árbol disparándole a la casa de Vesco, con la bandera nacional amarrada al cuello: la capa de un superhéroe de cómics, un superhéroe sin poderes, pobre y trastornado. Como un antecesor criollo de Andy Kaufman, cuenta el mito, apareció su hermano en un programa de televisión, venido de Honduras a apoyar su candidatura: era el mismo G.W. debajo de una peluca.

El proselitismo patriotero y puritano, disculpen la redundancia, se empeña en meternos hasta por donde no se puede a personajes tipo la Poll y al mega-aburrido del astronauta ese que, de tan inmaculado, más parece un Escrivá de Balaguer con casco de motociclista. Figuras sin contradicción, debilidad, esquizofrenia, derrota; es decir, sin humanidad.

¿Qué habría pasado si, hipotéticamente, hubiera ganado las elecciones? No mucho; habría engrosado las filas de charlatanes e impedidos mentales que nos gobiernan desde hace rato. Lo mejor de todo es que no podía ganar, que su misión era otra y era para consigo mismo, para con el costarricense común, no para con esa entelequia que los almidonados y los cínicos llaman patria.

Ignoro si algún día lleguemos a concretar el mencionado documental. Quizás sea conveniente que no, porque ya está filmado en nuestra mente, porque ya creo todos los mitos que rodean a este border, porque me río de los editoriales que lo acusaban de vergüenza nacional, de loco, de insolente.

Hay una foto suya con camiseta de luchador, los brazos flexionados y tensos, halterofílico, con esa sonrisa burlona de quienes no son felices y saben por qué. Pocas fotografías de una persona tienen la cara de un país.


publicado el 18 de enero del 2004 aquí

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6/15/2006

¿Es autobiográfico su libro, señor Sauma?

Por María Montero

Rodeo. Para comenzar, diré cuánto me costó y cómo tuve que luchar contra la tentación de hablar de Osvaldo Sauma antes que de su libro, y no porque no quisiera hacer esto último, sino porque en el terreno de la amistad, la literatura no tiene nada que hacer.
Para mí, hablar de Osvaldo es hacer autobiografía, peor aún: es hacer bibliografía. Osvaldo me conoce desde que tengo 12 años y, como a los 12 años uno sabe tan pocas cosas de sí mismo, supongo que Osvaldo supo de mí todo lo que yo desconocía y me enseñó a verlo a través de mis propias palabras. Aún hoy me resulta increíble que, en medio de mi ceguera adolescente, él haya visto a un interlocutor y no a una alumna: hasta donde me acuerdo, jamás le dije profe, solo Osvaldo. Aunque lo correcto sería decir que, mientras él me ha visto crecer yo lo he visto envejecer, estoy convencida de que esa progresión del tiempo es mera especulación: la edad es una premisa arrogante cuando es la literatura la que pone a dialogar a dos personas. Es por eso y no por otra cosa que en estos años, lo más importante no fue la poesía, sino toda su periferia, que son los amigos y es la vida. Hoy, que finalmente preferimos la realidad a la literatura, hemos dejado de leer el poema del viaje a Itaca de Cavafis porque vivimos en él. Solo espero que nuestro viaje a nuestra Itaca sea todavía más largo y que no lo apresuremos, pase lo que pase.

Al grano.

La palabra que habla por sí sola/
No me deja huir de vos/
Ni de estas páginas que te nombran/
Ni de todas las fisuras/
Que en el camino halló la desilusión/

Tras el primer poema, no faltara algún sensacionalista que empiece por molestar al poeta: ¿Es autobiográfico su libro, señor Sauma? Si, responderá el señor Sauma, quien trataba de pasar inadvertido detrás de su barba mientras ojeaba, emocionado, las primeras páginas de su más reciente poemario. Lo es, pero solo en aquellas partes en las que no hablo de mí mismo. El libro del adiós es, en gran medida, un libro de Osvaldo Sauma escrito por otro y, a la vez, un libro de otro escrito por Osvaldo Sauma. Y ya que tiene tantos autores, el libro también es muchos libros. Es imposible que el amor –y lo que sea que eso signifique– se diga en singular. Si “todos padecemos la limitación que supone ser una sola persona”, ¿no es la experiencia amorosa la más plural de todas las que podemos tener? Y si toda justificación es odiosa, por no decir tediosa, mas irrelevantes todavía, por insuficientes, resultan las palabras previas a la lectura de un libro cuyos objetivos explícitos son relatar el curso de un amor en particular, del deseo en general y de la soledad, en definitiva. Todos estos propósitos, antagónicos pero necesarios desde el punto de vista del autor, conviven conflictivamente en las tres partes del libro.

Los 33 epigramas para una amante difunta no son un canto ni una oda ni una elegía; en todo caso, son la evolución negativa de un réquiem; una forma inversa de rezar. Esta primera parte es una oración para que no descanse la memoria de la difunta sino para que se acuerde, porque las facturas amorosas de un poeta no tienen fecha de caducidad y nos recuerdan aquella célebre frase que dice que los amantes, algunas veces, están hechos el uno contra el otro. Estos 33 epigramas son la crónica mesurada de un apasionado fracaso.

Lo que perdí de vos/
me lo devuelve la melancolía/
pero su estancia/
no conduce a la desesperación/
tan solo deja entrever/ la futilidad de todo/
lo que tristemente nos tocó vivir.


Cansado del delito amoroso, la bronca sentimental y la deuda emocional, el autor recurre a la literatura antes de caer en la telenovela.

Nada nada nada es más sincero que el amor de un poeta que se enamora para siempre por enésima vez y por eso es fácil comprender –incluso para él mismo– que si empezó hablando de amor y de deseo es porque terminará hablando de sí mismo y que ese tránsito será el altísimo precio que pagará por mirarse en la mirada de otros; de otra. Porque después del amor, de la derrota del amor y de la contingencia del deseo, la única tarea importante es la del autorretrato.
Así llegamos a la segunda y tercera parte del libro, La memeoria del deseo y La mano que nos busca, estancias vitales e inevitables si uno, después de emplearse a fondo en la obsesión de un cuerpo, no recurre al suicidio o al matrimonio. Ambas secciones resguardan la intimidad perdida: la mirada desbordada de quien decide, como Gauguin, “pintar el Paraíso en el ojo de los hombres”.

Por qué iba yo a soterrarme/
En la herida de la ausencia/
(ni que fuese tonto)/
Por qué iba yo a privarme/
De las bendiciones de tu cuerpo/
Tantas y tantas veces deseado/

Si toda relación es su lenguaje, en las dos últimas partes del libro Osvaldo hace un trato mucho más profundo con su propia complejidad. Y si las relaciones amorosas insisten en sujetar su poesía, el conocimiento de su voz poética termina por liberarlo. El lenguaje está a salvo en el deseo –esa versión documental del amor– y en la soledad –su fuente más sincera–. Ya no importa la historia que se cuenta, sino la riqueza de sus interacciones. Todos los mundos vuelven a ser posibles, lejos de la tiranía de la circunstancia.

Vivo lo que me toca vivir/
No me pregunto por lo ya vivido/
Lo dejo crujir a espaldas del silencio/

El libro del adiós es el gesto de quien saluda el momento de su despedida, porque sólo perdemos lo que realmente amamos –aunque eso solo puede verlo quien ha vivido un poco– y porque nadie extraña lo extraño; lo lejano o aquello que nos resulta indiferente no nos exige un relato. El poeta hace su duelo sin fingir inocencia y escribe su despedida indagando su propia humanidad, que es otra forma de estar solo.

Termino con unos versos de un amigo común que sé que Osvaldo aprecia como suyos y que estoy segura que firmaría si el plagio no fuera un delito internacional:

No tengo nada que añadir a lo que está en mis poemas,
no me interesa el comentario, no me preocupa
(si alguno tengo) mi lugar en “la historia”.
Poesía no es signos negros en la página blanca.
Llamo poesía a ese lugar del encuentro
con la experiencia ajena.
El lector, la lectora harán (o no) el poema
que tan solo he esbozado.
No leemos a otros; nos leemos en ellos.
Me parece un milagro que alguien que desconozco
pueda verse en mi espejo (*).

(*) Versos de Carta a George Moore, de José Emilio Pacheco.

María Montero - 1970 - Poeta y periodista. Ha publicado In Dubia Tempora (2004), un proyecto multidisciplinario sobre objetos intervenidos en la cárcel. Su trabajo ha sido incluido en antologías locales y algunas internacionales. Tiene dos libros publicados, El juego conquistado (1985) y La mano suicida (2000).

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6/07/2006

San José

Se dice que San José fue una de las primeras ciudades con electrificación en el mundo. Habría que investigar. Cierto o no, este es un dato anodino si se enfrenta al siguiente hecho: San José es la capital que más temprano apaga las luces. Una capital con horario de zona rural. Recientemente, sin embargo, diversas actividades culturales (Papaya Fest, Transitarte, Naderías) trasladaron y concentraron la atención y la energía de miles de personas al centro de Chepe. Por unos días, la antigua Villanueva dejó de ser una ciudad de paso.

Y la gente volvió a San José y ocupó sus aceras, reconoció sus sonidos, comió churros o boca de salchichón, tomó fotos mal centradas frente a monumentos ecuestres, pegó chicles debajo de los poyos del Parque España, tocó la nalga de la gorda de Monumental, tomó birras sin hielo, caminó incluso nueve cuadras sin montarse al carro o al taxi. Y la gente vio que todo esto era bueno. Sólo bueno. Entonces la gente descansó.

Parece que el josefino y sus primos cercanos del Gran Área Metropolitana piden a gritos una capital donde se vean reflejados, una que les devuelva un poco de identidad, de autoestima. Aunque también puede ser que no se trate más que de un espejismo y que la aspiración del tico promedio de la urbe siga siendo un condominio cerrado cerca del mall. Pero por si acaso, aquí van once razones por las cuales San José centro debería convertirse en una capital habitada.

1. Porque -empecemos por lo obvio- aunque su apariencia, sus ruidos, sus olores, sus complejos y sus costumbres son las de una capital de provincia, San José es la ciudad capital del país.

2. Porque es una de pocas capitales en el planeta que se puede cruzar a lo largo y a lo ancho en menos de un día.

3. Porque el rumor tántrico de los bolsinistas en la esquina de Monumental es la verdadera música folclórica de Costa Rica.

4. Porque el arreglado especial de Chelles reduce los triglicéridos.

5. Porque el mural sobre plywood del bar Morazán es una genialidad y el salón de karaoke de La Vasconia es la puerta de entrada a una realidad paralela.

6. Porque en la esquina este de la Casa Amarilla está eÑe, la galería-bazar administrada por exintegrantes de la Selección Nacional Mixta de Nado Sincronizado. Una exquisitez.

7. Porque todos los buses llegan a San José. Trate en cambio de trasladarse, digamos, de Curri a Tibás.

8. Porque graffiti tipo "Chichi te amo demaciado" o "Colacho fuma piedra" devuelven la felicidad hasta al misántropo más acabado.

9. Porque la única manera de combatir la paranoia colectiva alimentada y explotada por nuestro periodismo fascista es recuperando los espacios públicos capitalinos, sobre todo los nocturnos.

10. Porque si en todo caso uno llega a ser víctima de asalto, sabe que fue un compa con necesidades inmediatas y no a manos de un dueño de bar del Estado Separatista de Escazú que cobra dos mil colones por cerveza.

11. Y porque es preferible la muerte por asfixia antes que ir a tomar unas Pilsen a Cartago.


(publicado en Áncora el 11/03/06)
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3/14/2006

Topografía de la mente (tribulaciones vanas de un pequeño burgués wanna-be)

(publicado aquí el 12/02/05)

1. No puedo creer que todavía programen esta canción. Cuando de niño la escuchaba no conocía el idioma. Me gustaría poder recordar qué era lo que entendía porque entonces, más que palabras, eran sonidos que sin embargo algún significado tenían para mí. Era el radio Sanyo de la empleada, eso sí lo recuerdo clarísimo; el radio que tenía una calcomanía del Club Rotario en la rejilla del parlante. Vaya uno a saber cómo llegó a manos de Concepción. No el radio, la calcomanía. Misteriosos son los caminos del proselitismo reaccionario. Del grupo que la cantaba después, ya mayor, supe que se llamaba Lynyrd Skynyrd, un grupo norteamericano subestándar. Cada vez que oigo la canción tengo un primer plano del radio de “Conce”, ella pasando entre el artefacto y yo: para allá con escoba, para acá con baldes de plástico, para allá rascándose las nalgas por dentro de la enagua de diolén, para acá recogiéndose el pelo y así permitiéndome ver aquel inusitado –pero ya concupiscente– espectáculo del vello en sus axilas. Enterarme mucho tiempo después de que se trataba de una suerte de himno al estilo de vida sureño gringo, no hizo más que tender un puente simbólicamente revelador entre esa banda de racistas y el logo de los Rotarios.

2. De la infancia sobreviven pocos recuerdos claros y todos comparten más o menos los mismos elementos: estoy de pie, mirando las cosas y las personas desde mi estatura de cien centímetros; la gente viste como en los videos retro de MTV; abajo, al nivel del suelo, están mis zapatos ortopédicos; siempre hay un televisor encendido, si se llega a ver es el pequeño Toshiba blanco y negro separado del rústico taburete por un mantel de macramé; mi madre es un satélite orbitando mi radio de acción y es también una silueta silenciosa que parece siempre estar a la espera de malas noticias; lo que sucede no tiene nada de dramático, ni de ridículo, como mucho tiene una atmósfera intransitiva, como si se tratara de los recuerdos de otra persona. Más que personas, recuerdo objetos: botellas de leche en la puerta de la casa, una escoba que me superaba en altura, los azulejos amarillos del baño con oscuras formaciones de hongos donde yo identificaba formas conocidas, los calzones de la empleada hurgados a escondidas, una reproducción de la Santísima Trinidad cruzada en diagonal por la quebradura del vidrio que la cubría, la bacinilla metálica bajo la cama en la que mi abuela dejó al cáncer terminar su trabajo, el teléfono de disco con la etiqueta donde algún funcionario marcó a mano y con lapicero azul el 25-62-25, un perro de peluche que padeció mis primeras erecciones conscientes. Eso y algunas cosas más, no muchas.

3. Pero todo esto se ubica en esa zona que llamamos pasado y que para mí es más geográfica que temporal. Un lugar lejano, poco accesible y carente de atractivo turístico alguno. Lo que importa es hoy, que dediqué la mañana a labores de aseo doméstico. Que miré por horas ese parque en el que no se sabe si faltan pájaros o si sobran niños. Lo que importa es ahora. Una canción idiota. La casa limpia. La mente en blanco. El corazón en neutro.

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2/27/2006

Homero Pumarol y la bachata incendiaria

(publicado el 05/02/06 aquí)

Sus poemas llegaron vía correo postal a la redacción de la revista miniatura que codirijo. La redacción es mi cuarto pero con la cama tendida. De entrada, sus textos largos, donde los poetas cantantes “vienen por el Malecón desnudos”, “seguidos de los Reyes Magos, Los Ninjas y El Gran Dragón del Espacio”, “haciendo katas de kung-fu a medio día por la calle”, dando “patá y trompá”, me hicieron recordar a Washington Cucurto, el dominicano apócrifo. Ambos dominicanos, ambos carnavaleros, pero éste una especie de Cucurto fármacodependiente.

Empecemos de nuevo. Sus poemas llegaron vía correo electrónico a la redacción de la revista miniatura que codirijo. La redacción es mi cuarto cuando estoy recién bañado y con ropa limpia. Ya desde el primero que leí supe que lo incluiríamos en el siguiente número. Llamé a los amigos interesados en la poesía. Cuatro. Bueno, llamé a tres de ellos, a la otra le envié un correo electrónico. Les comenté un poco y cité esa frase genial con que termina el poema Daydreaming: “Voy camino a Cabo Engaño / Y lo que quiero es dinero”. Tres guardaron silencio. La otra, mi querida NoLeoOtraCosaQueElSigloDeOroEspañol respondió algo tipo la-poesía-no-es-soplar-y-hacer-botellas.

Poco se concluye de lo anterior. O por lo menos nada relevante. Supongo que algo se cumple si uno lee, en piyamas y en el cuarto que luego se convertirá en la oficina de redacción de una revista bonsái, los poemas de otro que, como cuenta él mismo, dejó su país para irse al D.F. “porque tiene metro”. Nacido en Santo Domingo en el 71, autor de Cuartel Babilonia y Fin de Carnaval, dos pilares en la poesía dominicana contemporánea. Homero Pumarol: no es para detenerse en su nombre que de no ser falso, parece. Nombre con la cadencia de sus poemas largos que nada le deben envidiar al ritmo de quién él mismo llama “Nuestro Señor Altísimo, Su Majestad Héctor Lavoe”. De los más breves destaco más bien la construcción sincopada, cocainómana, sin vaselina: el sensei Homero haciendo katas por el malecón, tirando mawashi geris al aire, rompiendo ladrillos con la frente.

Quizás sea cierto que la poesía no es soplar y hacer botellas, pero Homero hace de las suyas bombas molotov. Costa Brava revisited: “Tu sombra se hace cada vez más delgada, / la luz de los faroles me cierra los ojos. / Las casas del barrio son pura fachada, / un mundo plano, sin misterio. / Pensar que tú jugabas debajo de esos faroles. / ¿No es como que te escupan la cara? / Cangrejos retroceden por la calle. / El ruido de sus patas contra el pavimento / hace pequeña mi tristeza.”

Leída en conjunto, su poesía da la impresión de una bachata incendiaria, una comparsa asesina que se abre paso en el metro con partes iguales de humor, sal para las heridas y agua para la fiesta de los winners. Ahí está la Web para quien quiera buscar sus textos y dejarlos abrirse lugar como mejor saben, a “patá y trompá”.

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1/27/2006

La prima ballerina del Apocalipsis

(publicado el 29/02/04 aquí)

El esnobísimo sello Taschen acaba de publicar un libro de más de 30 kilos, más de 3 mil páginas, más de 200 ensayos y artículos. Sus dimensiones son medio metro por medio metro. Su precio: 3 mil euros. El libro más grande de la historia. Y no es, como muchos quisieran, un tributo a alguna gloria de la literatura universal o, peor aún, de alguna religión universal. Su título, GOAT: Greatest Of All Times. Se trata de un homenaje a Muhammed Alí, considerado el mejor peso pesado de todos los tiempos. El libro fue encuadernado por la imprenta del Vaticano, encargada de las ediciones más fastuosas de la Biblia y el Corán. Otra victoria para el boxeador, que este año celebra su cumpleaños número 60.

George Foreman, su contrincante en Zaire, en 1974, en la que fue quizás la pelea más hermosa documentada por la televisión, llegó a afirmar que el boxeo es el deporte al que aspiran los demás deportes. Es la competencia en su estado perfecto. Uno contra uno, sin balones, sin tiliches. El boxeo es padre y madre de las demás mutaciones de la competencia entre humanos.

Y Alí, bautizado Cassius Marcellus Clay antes de convertirse al islamismo, es el boxeador más completo que haya subido a un cuadrilátero. Con sus 80 kilos, se movía con la gracia y poesía de una bailarina, una prima ballerina apocalíptica lanzando sus golpes teledirigidos, eficaces. Fueron puños invisibles para sus rivales. Pero también fue un boxeador inigualable fuera del ring. El más bocón, el más irónico, el más lúcido, el más atractivo de los púgiles. Son famosas sus ruedas de prensa, contestando en rima: un pregonero de los jabs, un payador del uppercut, un trovador del movimiento de piernas. Fue el primer rapero público. Coherente con su defensa por los derechos civiles de los negros, se negó a ir a la guerra de Vietnam. Eso le costó los mejores años de su vida de pugilista, cuando la Corte le prohibió pelear y le despojó de sus títulos.

Luego regresó por su cetro, a la edad en que el boxeador prudente cuelga los guantes. Volvió, protagonizó el match más memorable de la historia y recuperó el título contra todos los pronósticos, noqueando a Foreman, el gigante que cayó en el octavo episodio fulminado por el uno-dos más lírico que jamás haya conectado púgil alguno. El escritor Norman Mailer, que vio la pelea desde el ringside, cuenta que cuando Foreman iba hacia la lona Alí estuvo a punto de rematarlo con un tercer golpe pero detuvo el puño, como quien no quiso estropear la plasticidad del momento.

Luego vinieron peleas menores, una derrota y la ulterior recuperación del cetro de campeón de los pesos pesados (Alí es el único boxeador que recuperó tres veces la corona). Después llegó el retiro, el honoris causa de Harvard, el siempre inocuo título de Embajador de la Paz de la ONU y el mal de Parkinson, ese rival que lo esperaba desde su nacimiento, allá, escondido en su cumpleaños cuarenta. Como lo espera ahora la muerte con sus guantes de acero, aguardando la campana del último round. Será mejor que la muerte empiece a entrenar.

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1/16/2006

Panamá Al Brown

Mi nombre es Alfonso Teófilo Brown, pero el mundo me conoció como Panamá Al Brown. Nací en Colón en 1902 y ahora, cincuenta años después, sé que se termina mi tiempo. Fui el primer latinoamericano en ganar un título mundial de boxeo. En mi carrera de púgil gané 123 peleas y, aunque perdí 10, nunca besé la lona. Fui el peso gallo con los brazos más largos de la historia. Más que brazos, tuve rifles.

Me llamo Panamá Al Brown. A los veinte años crucé el mar hasta Nueva York. En el viaje, adormecido por el leve bamboleo del buque, soñé con cinco caballos que cruzaban al galope frente a mí. Al pasar me miraron de perfil, como miran los caballos a los hombres. Luego, sus sonidos y figuras se desvanecieron detrás de una nube de polvo.

Abandoné Nueva York con destino a París. En Francia mi gorra a cuadros, mi traje beige claro y mis zapatos blancos siempre causaban sensación. Allí conocí la fama, la ostentación, la alta sociedad. También la traición y la derrota. Intoxicado por el agua que me daba en la esquina mi propio entrenador, perdí el título ante el español Baltasar Sangchilli. Llegué a odiar el boxeo y empecé a ganarme la vida como artista. En bares exclusivos cantaba y tocaba el piano, para después terminar mi presentación saltando suiza e intercambiando golpes con un retador invisible.

Así hasta conocer a Jean Cocteau: francés, escritor y homosexual por partes iguales. Para algunos fue amistad, para otros romance. Lo cierto es que me convenció de volver al cuadrilátero y vengar aquella perfidia. Motivado y acompañado, recuperé mi forma, mi velocidad y mi gracia. Vencí a Sangchilli, recuperé el título, gané una fortuna y de Cocteau, meses más tarde, me quedé con su silueta desapareciendo en una habitación enrarecida por el humo del opio. De dicho periodo me quedé también con esta pregunta ¿qué es peor: la traición o la venganza?

Tanto como el boxeo, amé el lujo, el juego y la vida nocturna. Mientras pude y hasta donde fue posible, viví ambas vidas: el deporte y los excesos. Un día estalló la guerra y perdí lo que me quedaba de dinero, de amigos, de optimismo. Fatigado, confundido y en la ruina, crucé de nuevo el mar de regreso a Nueva York. De este viaje no recuerdo ningún sueño.

Padecí sífilis, fui opiómano, ludópata, músico, bailarín, marica y el mejor boxeador de peso gallo de mi época. Es el año 1952 y espero la muerte en una pensión sucia y maloliente en la ciudad que nunca duerme. Adentro de mi cabeza hay dos boxeadores microscópicos, uno es bueno, el otro es malo. Ya se sabe quién va a ganar. Me llamaron Panamá Al Brown. Una vez soñé con caballos.

(publicado en el suplemento Áncora, La Nación, 09/01/05)

1/13/2006

De la manga

“No leo”. Así completa mi amigo Rocket el espacio de “libros preferidos” que (junto a “música preferida”, “películas preferidas”, etc.) es moneda común en todo cuestionario u hoja-de-perfil que se precie. En medio de tanto esfuerzo de la gente por aprovechar dichos espacios para definirse, no encontré hasta ahora respuesta más perspicaz que ésta. La asocié inmediatamente con la sentencia radioactiva de un poema de Martín Gambarotta: “mejor que saber dos idiomas es no saber ninguno” (Punctum, 1996). Es como la máxima de “menos es más” llevada a una etapa ulterior: “nada es más”.

Tengo una afección progresiva, irreversible y degenerativa (aunque sospecho que existe alguna redundancia en este conjunto de adjetivos). De un tiempo para acá, no sólo me es imposible terminar una novela, sino que las abandono cada vez más lejos del final. Hace cuatro años llegaba casi a las últimas páginas. Ahora, si se trata de una novela excepcional, leo hasta la mitad. Rocket diría que no es nada de qué preocuparse. Gambarotta, demoledor, preguntaría qué es una novela.

En la primera parte de Matadero 5, Kurt Vonnegut confiesa sufrir una enfermedad ocasional que se manifiesta solamente en altas horas de la noche, precipitada por la mezcla de alcohol y teléfono. Ebrio en la casa, llama a la operadora y pide el número de personas a las que no ha visto en años. Luego las llama. Leyendo su confesión me sorprendí de que alguien más cayera en ese hoyo negro de la sensiblería y perdiera todo sentido de urbanidad y amor propio. Si bien mi caso involucra variantes leves, alguna vez, en modo piloto-automático, recurrí a la libreta telefónica y el auricular. Un bochorno. Como no lo leí entero no sé qué otras cosas habría encontrado en este libro que pudiera relacionar con mi vida.

En fin, adelantaron la salida de esta columna y no había preparado nada. Quise escribir un texto que empezara con la cita “no leo” y terminara con “aquí el teléfono”. Quise después camuflar en el medio una metáfora de algo, una metáfora clandestina. No se me ocurrió ninguna. Luego intenté hablar de algo que por lo menos pareciera interesante, esos temas que esperan los lectores de suplementos culturales. Tampoco pude. De modo que conté lo que leyeron. No hay subtextos ni alegorías. Ni siquiera humor o sarcasmo. Es una columna plana, unidimensional.

Como ya no leo novelas completas dispongo de más tiempo libre. En este momento, por ejemplo, voy a apagar la computadora para entrar a esta noche fresca y clara del fin de setiembre. Voy a sentarme en el balcón para hacer una lista de las pocas cosas verdaderamente importantes. Si no se me ocurre nada supongo que por lo menos podré decir: aquí está la libreta, aquí el teléfono.


(columna publicada en el suplemento Áncora de La Nación, 01/10/05)

Viaje de ida: una lectura del libro "Zapping" de César Maurel (Perro Azul, 2005)

Hay momentos para sentarse a escribir y hay momentos para tomar decisiones. Con Zapping, Maurel hace ambas cosas a la vez. Este libro es simultáneamente una despedida y una inauguración. Cada texto es un paso en esa dirección que se aleja de todo lo que queda atrás. En otras palabras, es un libro que se mueve. Maurel echa un último vistazo a la habitación a la que no va entrar nunca más. Cierra la puerta. Se va.

Sin escudos, ni discursos oblicuos, expuesto. Una honestidad feroz que lo deja inerme en mitad del descampado. No se refugia en el sarcasmo, ni en artificios literarios, ni –mucho menos– en el modo de decir que se reconoce como “poético”. El poemario se ancla decididamente en un lenguaje vertical que es la distancia más corta entre el sentimiento y la razón. Estos poemas no buscan la luz, caminan del lado de la sombra. Es, precisamente, ese bajo perfil, esa ausencia de pretensión, la que los fortalece.

No es un dato menor el hecho de que Maurel, francés, escriba poesía directamente en español. Considerando la temática de Zapping, es evidente que es el castellano el lenguaje del autor para los afectos (“escribirte es para traducirme ante tu corte”). Ya decía Borges que traducir es un acto más civilizado que escribir, aquí, pues, hay una traducción a la tercera potencia. La dicción sincopada, el ritmo jadeante de quien escribe en otra lengua asimilando sus modismos y cadencia, es de pronto más auténtica que la de quienes lo hacen de manera consciente para parecer “locales”. Tampoco se puede obviar que César es pintor y asiduo lector de cómics: a lo largo del libro se sienten las texturas del color y las narraciones fragmentadas en viñetas que remiten a artistas como Hugo Pratt o Guido Crepax.

Conforme se avanza en el libro, después de ese gran primer poema donde los amantes entregan sus votos al agua oscura (chapeau!) el lector es testigo de un repaso de Maurel por el siempre sinuoso camino de los afectos, pero en este caso, a diferencia de la convención del poeta que tiende al lamento y a la autoconmiseración, César parece decirse, primero a él mismo y luego al lector, que la única dirección posible es hacia adelante.

(texto publicado en el suplemento Áncora de La Nación el 13/11/05)

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Algunos poemas de Zapping


CARIBE EXPRESS

En el muelle
hemos entregado nuestros votos
al agua oscura.

Antes de reemprender el viaje,
nos cambiamos la ropa
en un parqueo
con el mismo frenesí de los amantes
que van a lanzarse desnudos sobre una cama.


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EL AEDO

Cuando salga del ahogo
tomaré caminos sin regreso.
Las naves que salvé del fuego
fueron quemadas por otros.

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MAUREL

Así somos nosotros:
mitad hombre, mitad bestia.
Hermanos extraviados del paraíso familiar.
Hermanos en tribu de difusas fronteras,
cuyos códigos son señas de la sangre,
memoria de animales, que sueñan con ser humanos,
elegidos de un panteón ajeno,
de reglas ocultas hasta nuestro fin.
Escrutamos el legado que ya marcó el nuestro.
¿Qué dejaremos a los que aún ignoran llevar nuestra marca?
Cada hermano ocultará la herencia, complicará los rastros.
La estirpe, sola, decidirá nuestro valor.