1/13/2006

De la manga

“No leo”. Así completa mi amigo Rocket el espacio de “libros preferidos” que (junto a “música preferida”, “películas preferidas”, etc.) es moneda común en todo cuestionario u hoja-de-perfil que se precie. En medio de tanto esfuerzo de la gente por aprovechar dichos espacios para definirse, no encontré hasta ahora respuesta más perspicaz que ésta. La asocié inmediatamente con la sentencia radioactiva de un poema de Martín Gambarotta: “mejor que saber dos idiomas es no saber ninguno” (Punctum, 1996). Es como la máxima de “menos es más” llevada a una etapa ulterior: “nada es más”.

Tengo una afección progresiva, irreversible y degenerativa (aunque sospecho que existe alguna redundancia en este conjunto de adjetivos). De un tiempo para acá, no sólo me es imposible terminar una novela, sino que las abandono cada vez más lejos del final. Hace cuatro años llegaba casi a las últimas páginas. Ahora, si se trata de una novela excepcional, leo hasta la mitad. Rocket diría que no es nada de qué preocuparse. Gambarotta, demoledor, preguntaría qué es una novela.

En la primera parte de Matadero 5, Kurt Vonnegut confiesa sufrir una enfermedad ocasional que se manifiesta solamente en altas horas de la noche, precipitada por la mezcla de alcohol y teléfono. Ebrio en la casa, llama a la operadora y pide el número de personas a las que no ha visto en años. Luego las llama. Leyendo su confesión me sorprendí de que alguien más cayera en ese hoyo negro de la sensiblería y perdiera todo sentido de urbanidad y amor propio. Si bien mi caso involucra variantes leves, alguna vez, en modo piloto-automático, recurrí a la libreta telefónica y el auricular. Un bochorno. Como no lo leí entero no sé qué otras cosas habría encontrado en este libro que pudiera relacionar con mi vida.

En fin, adelantaron la salida de esta columna y no había preparado nada. Quise escribir un texto que empezara con la cita “no leo” y terminara con “aquí el teléfono”. Quise después camuflar en el medio una metáfora de algo, una metáfora clandestina. No se me ocurrió ninguna. Luego intenté hablar de algo que por lo menos pareciera interesante, esos temas que esperan los lectores de suplementos culturales. Tampoco pude. De modo que conté lo que leyeron. No hay subtextos ni alegorías. Ni siquiera humor o sarcasmo. Es una columna plana, unidimensional.

Como ya no leo novelas completas dispongo de más tiempo libre. En este momento, por ejemplo, voy a apagar la computadora para entrar a esta noche fresca y clara del fin de setiembre. Voy a sentarme en el balcón para hacer una lista de las pocas cosas verdaderamente importantes. Si no se me ocurre nada supongo que por lo menos podré decir: aquí está la libreta, aquí el teléfono.


(columna publicada en el suplemento Áncora de La Nación, 01/10/05)

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