1/16/2006

Panamá Al Brown

Mi nombre es Alfonso Teófilo Brown, pero el mundo me conoció como Panamá Al Brown. Nací en Colón en 1902 y ahora, cincuenta años después, sé que se termina mi tiempo. Fui el primer latinoamericano en ganar un título mundial de boxeo. En mi carrera de púgil gané 123 peleas y, aunque perdí 10, nunca besé la lona. Fui el peso gallo con los brazos más largos de la historia. Más que brazos, tuve rifles.

Me llamo Panamá Al Brown. A los veinte años crucé el mar hasta Nueva York. En el viaje, adormecido por el leve bamboleo del buque, soñé con cinco caballos que cruzaban al galope frente a mí. Al pasar me miraron de perfil, como miran los caballos a los hombres. Luego, sus sonidos y figuras se desvanecieron detrás de una nube de polvo.

Abandoné Nueva York con destino a París. En Francia mi gorra a cuadros, mi traje beige claro y mis zapatos blancos siempre causaban sensación. Allí conocí la fama, la ostentación, la alta sociedad. También la traición y la derrota. Intoxicado por el agua que me daba en la esquina mi propio entrenador, perdí el título ante el español Baltasar Sangchilli. Llegué a odiar el boxeo y empecé a ganarme la vida como artista. En bares exclusivos cantaba y tocaba el piano, para después terminar mi presentación saltando suiza e intercambiando golpes con un retador invisible.

Así hasta conocer a Jean Cocteau: francés, escritor y homosexual por partes iguales. Para algunos fue amistad, para otros romance. Lo cierto es que me convenció de volver al cuadrilátero y vengar aquella perfidia. Motivado y acompañado, recuperé mi forma, mi velocidad y mi gracia. Vencí a Sangchilli, recuperé el título, gané una fortuna y de Cocteau, meses más tarde, me quedé con su silueta desapareciendo en una habitación enrarecida por el humo del opio. De dicho periodo me quedé también con esta pregunta ¿qué es peor: la traición o la venganza?

Tanto como el boxeo, amé el lujo, el juego y la vida nocturna. Mientras pude y hasta donde fue posible, viví ambas vidas: el deporte y los excesos. Un día estalló la guerra y perdí lo que me quedaba de dinero, de amigos, de optimismo. Fatigado, confundido y en la ruina, crucé de nuevo el mar de regreso a Nueva York. De este viaje no recuerdo ningún sueño.

Padecí sífilis, fui opiómano, ludópata, músico, bailarín, marica y el mejor boxeador de peso gallo de mi época. Es el año 1952 y espero la muerte en una pensión sucia y maloliente en la ciudad que nunca duerme. Adentro de mi cabeza hay dos boxeadores microscópicos, uno es bueno, el otro es malo. Ya se sabe quién va a ganar. Me llamaron Panamá Al Brown. Una vez soñé con caballos.

(publicado en el suplemento Áncora, La Nación, 09/01/05)

3 comentarios:

Guasuncho dijo...

genio.

Anónimo dijo...

este sí está buenísimo

Anónimo dijo...

Interesante artículo. Me interesa conversar con el escritor del mismo. Queremos publicar un artículo sobre Panama Al Brown en Panamá, y necesitamos más información.
Mi correo es: alex.medela@mundano.com.pa

Agradezco que escriba pronto.