3/14/2006

Topografía de la mente (tribulaciones vanas de un pequeño burgués wanna-be)

(publicado aquí el 12/02/05)

1. No puedo creer que todavía programen esta canción. Cuando de niño la escuchaba no conocía el idioma. Me gustaría poder recordar qué era lo que entendía porque entonces, más que palabras, eran sonidos que sin embargo algún significado tenían para mí. Era el radio Sanyo de la empleada, eso sí lo recuerdo clarísimo; el radio que tenía una calcomanía del Club Rotario en la rejilla del parlante. Vaya uno a saber cómo llegó a manos de Concepción. No el radio, la calcomanía. Misteriosos son los caminos del proselitismo reaccionario. Del grupo que la cantaba después, ya mayor, supe que se llamaba Lynyrd Skynyrd, un grupo norteamericano subestándar. Cada vez que oigo la canción tengo un primer plano del radio de “Conce”, ella pasando entre el artefacto y yo: para allá con escoba, para acá con baldes de plástico, para allá rascándose las nalgas por dentro de la enagua de diolén, para acá recogiéndose el pelo y así permitiéndome ver aquel inusitado –pero ya concupiscente– espectáculo del vello en sus axilas. Enterarme mucho tiempo después de que se trataba de una suerte de himno al estilo de vida sureño gringo, no hizo más que tender un puente simbólicamente revelador entre esa banda de racistas y el logo de los Rotarios.

2. De la infancia sobreviven pocos recuerdos claros y todos comparten más o menos los mismos elementos: estoy de pie, mirando las cosas y las personas desde mi estatura de cien centímetros; la gente viste como en los videos retro de MTV; abajo, al nivel del suelo, están mis zapatos ortopédicos; siempre hay un televisor encendido, si se llega a ver es el pequeño Toshiba blanco y negro separado del rústico taburete por un mantel de macramé; mi madre es un satélite orbitando mi radio de acción y es también una silueta silenciosa que parece siempre estar a la espera de malas noticias; lo que sucede no tiene nada de dramático, ni de ridículo, como mucho tiene una atmósfera intransitiva, como si se tratara de los recuerdos de otra persona. Más que personas, recuerdo objetos: botellas de leche en la puerta de la casa, una escoba que me superaba en altura, los azulejos amarillos del baño con oscuras formaciones de hongos donde yo identificaba formas conocidas, los calzones de la empleada hurgados a escondidas, una reproducción de la Santísima Trinidad cruzada en diagonal por la quebradura del vidrio que la cubría, la bacinilla metálica bajo la cama en la que mi abuela dejó al cáncer terminar su trabajo, el teléfono de disco con la etiqueta donde algún funcionario marcó a mano y con lapicero azul el 25-62-25, un perro de peluche que padeció mis primeras erecciones conscientes. Eso y algunas cosas más, no muchas.

3. Pero todo esto se ubica en esa zona que llamamos pasado y que para mí es más geográfica que temporal. Un lugar lejano, poco accesible y carente de atractivo turístico alguno. Lo que importa es hoy, que dediqué la mañana a labores de aseo doméstico. Que miré por horas ese parque en el que no se sabe si faltan pájaros o si sobran niños. Lo que importa es ahora. Una canción idiota. La casa limpia. La mente en blanco. El corazón en neutro.

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1 comentario:

Ignacio Guevara dijo...

Mae me hacés reír con ganas y en paleta.