6/15/2006

¿Es autobiográfico su libro, señor Sauma?

Por María Montero

Rodeo. Para comenzar, diré cuánto me costó y cómo tuve que luchar contra la tentación de hablar de Osvaldo Sauma antes que de su libro, y no porque no quisiera hacer esto último, sino porque en el terreno de la amistad, la literatura no tiene nada que hacer.
Para mí, hablar de Osvaldo es hacer autobiografía, peor aún: es hacer bibliografía. Osvaldo me conoce desde que tengo 12 años y, como a los 12 años uno sabe tan pocas cosas de sí mismo, supongo que Osvaldo supo de mí todo lo que yo desconocía y me enseñó a verlo a través de mis propias palabras. Aún hoy me resulta increíble que, en medio de mi ceguera adolescente, él haya visto a un interlocutor y no a una alumna: hasta donde me acuerdo, jamás le dije profe, solo Osvaldo. Aunque lo correcto sería decir que, mientras él me ha visto crecer yo lo he visto envejecer, estoy convencida de que esa progresión del tiempo es mera especulación: la edad es una premisa arrogante cuando es la literatura la que pone a dialogar a dos personas. Es por eso y no por otra cosa que en estos años, lo más importante no fue la poesía, sino toda su periferia, que son los amigos y es la vida. Hoy, que finalmente preferimos la realidad a la literatura, hemos dejado de leer el poema del viaje a Itaca de Cavafis porque vivimos en él. Solo espero que nuestro viaje a nuestra Itaca sea todavía más largo y que no lo apresuremos, pase lo que pase.

Al grano.

La palabra que habla por sí sola/
No me deja huir de vos/
Ni de estas páginas que te nombran/
Ni de todas las fisuras/
Que en el camino halló la desilusión/

Tras el primer poema, no faltara algún sensacionalista que empiece por molestar al poeta: ¿Es autobiográfico su libro, señor Sauma? Si, responderá el señor Sauma, quien trataba de pasar inadvertido detrás de su barba mientras ojeaba, emocionado, las primeras páginas de su más reciente poemario. Lo es, pero solo en aquellas partes en las que no hablo de mí mismo. El libro del adiós es, en gran medida, un libro de Osvaldo Sauma escrito por otro y, a la vez, un libro de otro escrito por Osvaldo Sauma. Y ya que tiene tantos autores, el libro también es muchos libros. Es imposible que el amor –y lo que sea que eso signifique– se diga en singular. Si “todos padecemos la limitación que supone ser una sola persona”, ¿no es la experiencia amorosa la más plural de todas las que podemos tener? Y si toda justificación es odiosa, por no decir tediosa, mas irrelevantes todavía, por insuficientes, resultan las palabras previas a la lectura de un libro cuyos objetivos explícitos son relatar el curso de un amor en particular, del deseo en general y de la soledad, en definitiva. Todos estos propósitos, antagónicos pero necesarios desde el punto de vista del autor, conviven conflictivamente en las tres partes del libro.

Los 33 epigramas para una amante difunta no son un canto ni una oda ni una elegía; en todo caso, son la evolución negativa de un réquiem; una forma inversa de rezar. Esta primera parte es una oración para que no descanse la memoria de la difunta sino para que se acuerde, porque las facturas amorosas de un poeta no tienen fecha de caducidad y nos recuerdan aquella célebre frase que dice que los amantes, algunas veces, están hechos el uno contra el otro. Estos 33 epigramas son la crónica mesurada de un apasionado fracaso.

Lo que perdí de vos/
me lo devuelve la melancolía/
pero su estancia/
no conduce a la desesperación/
tan solo deja entrever/ la futilidad de todo/
lo que tristemente nos tocó vivir.


Cansado del delito amoroso, la bronca sentimental y la deuda emocional, el autor recurre a la literatura antes de caer en la telenovela.

Nada nada nada es más sincero que el amor de un poeta que se enamora para siempre por enésima vez y por eso es fácil comprender –incluso para él mismo– que si empezó hablando de amor y de deseo es porque terminará hablando de sí mismo y que ese tránsito será el altísimo precio que pagará por mirarse en la mirada de otros; de otra. Porque después del amor, de la derrota del amor y de la contingencia del deseo, la única tarea importante es la del autorretrato.
Así llegamos a la segunda y tercera parte del libro, La memeoria del deseo y La mano que nos busca, estancias vitales e inevitables si uno, después de emplearse a fondo en la obsesión de un cuerpo, no recurre al suicidio o al matrimonio. Ambas secciones resguardan la intimidad perdida: la mirada desbordada de quien decide, como Gauguin, “pintar el Paraíso en el ojo de los hombres”.

Por qué iba yo a soterrarme/
En la herida de la ausencia/
(ni que fuese tonto)/
Por qué iba yo a privarme/
De las bendiciones de tu cuerpo/
Tantas y tantas veces deseado/

Si toda relación es su lenguaje, en las dos últimas partes del libro Osvaldo hace un trato mucho más profundo con su propia complejidad. Y si las relaciones amorosas insisten en sujetar su poesía, el conocimiento de su voz poética termina por liberarlo. El lenguaje está a salvo en el deseo –esa versión documental del amor– y en la soledad –su fuente más sincera–. Ya no importa la historia que se cuenta, sino la riqueza de sus interacciones. Todos los mundos vuelven a ser posibles, lejos de la tiranía de la circunstancia.

Vivo lo que me toca vivir/
No me pregunto por lo ya vivido/
Lo dejo crujir a espaldas del silencio/

El libro del adiós es el gesto de quien saluda el momento de su despedida, porque sólo perdemos lo que realmente amamos –aunque eso solo puede verlo quien ha vivido un poco– y porque nadie extraña lo extraño; lo lejano o aquello que nos resulta indiferente no nos exige un relato. El poeta hace su duelo sin fingir inocencia y escribe su despedida indagando su propia humanidad, que es otra forma de estar solo.

Termino con unos versos de un amigo común que sé que Osvaldo aprecia como suyos y que estoy segura que firmaría si el plagio no fuera un delito internacional:

No tengo nada que añadir a lo que está en mis poemas,
no me interesa el comentario, no me preocupa
(si alguno tengo) mi lugar en “la historia”.
Poesía no es signos negros en la página blanca.
Llamo poesía a ese lugar del encuentro
con la experiencia ajena.
El lector, la lectora harán (o no) el poema
que tan solo he esbozado.
No leemos a otros; nos leemos en ellos.
Me parece un milagro que alguien que desconozco
pueda verse en mi espejo (*).

(*) Versos de Carta a George Moore, de José Emilio Pacheco.

María Montero - 1970 - Poeta y periodista. Ha publicado In Dubia Tempora (2004), un proyecto multidisciplinario sobre objetos intervenidos en la cárcel. Su trabajo ha sido incluido en antologías locales y algunas internacionales. Tiene dos libros publicados, El juego conquistado (1985) y La mano suicida (2000).

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1 comentario:

emilia dijo...

habló la tercera persona de la trinidad.