8/21/2006

Afuera del agua

(a partir de Abajo del Agua de S. LLach)

El Pacífico visto desde la Interamericana, de noche, detrás de la ventanilla de un bus repleto de desconocidos, rumbo a Dominical. En eso pienso. Es una imagen sin duda ordinaria pero que no me abandona. Una imagen arbitraria, que regresa cada tanto, igual que esas olas que adivino deshaciéndose en la arena, devolviendo ramas, caracoles, una chancleta, corchos, tetrabriks vacíos, como boyas de la decadencia encallando de nuevo en el continente. El mar visto de noche, cuando es invisible y habla en ese lenguaje oscuro y poderoso, para que sepamos que está ahí, donde los ojos no sirven. El mar de noche, más profundo y temible que de día. El mar de las canciones simples, los ahogados y los peces.

Más atrás en el tiempo, la misma noche, el mismo mar, la misma arena en la que sentados, sin hablar, hundíamos los pies hasta los tobillos, hipnotizados por el fuego y el baile de las pavesas que se elevaban hasta desaparecer en el aire con chasquidos mudos. Alguien, alejándose, escuchaba en la radio noticias de un mundo que parecía suspenderse a millones de años luz de aquel lugar, de aquel momento. Otros, acercándose y cruzando detrás de nuestras espaldas, extendían una conversación que bien podría haber sido nuestra. Y también, sí, el ladrido en cadena de los perros, las luces de las casas apagándose una a una.

¿Por qué una noche cualquiera en un sueño aparece en vestido de baño la exnovia de cuarto año del colegio de quien no tenemos noticias desde la graduación? ¿Por qué de pronto, digamos un jueves, enfrascado en tareas cotidianas, uno daría el pulgar derecho por volver a la mañana del 1º de enero en que se amaneció en la banca de un parquecito deprimente de playa Dominical, frente a un mar nada amistoso, averiado, sin plata para el bus de regreso, rodeado de los cuerpos todavía tendidos de subnormales con quienes la noche anterior, abrazados y a los gritos, se juró amistad eterna? El mar no nos lo explica. Ni le importa.

La orilla del mar contaminado por la fauna de las vacaciones, el fondo del mar moviéndose al ritmo imperceptible del combustible fósil. Pescadores, mar adentro, meando desde cubierta. Cetáceos menores y gaviotas escoltando a los barcos de hombres solos.

Los que cierran los ojos para hacer promesas falsas frente al mar. Los que no los cierran. Los que creen que basta mojarse los pies en el mar para conocer sus profundidades. Los que construyen castillos de arena, los que se dejan enterrar en ella. Los que, eructando, lanzan botellas al mar, sin mensajes. Los que intuyen que el mar no es más que un montón de agua.

En el álbum familiar, el espacio vacío, rectangular, de la foto perdida del niño con tendencia a la obesidad, sólo en la playa, de pie frente al Pacífico, una mañana limpia del 74. Aquella en la que, en ángulo recto, su figura y su sombra leve sobre la arena formaban un reloj de sol. El mar como una golosina.


(publicado el 03/12/05)
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5 comentarios:

capitan nimio dijo...

Así, a la distancia, los buses, el calor, los días de la hospitalidad renga, todo se vuelve una anécdota cálida. Y el Pacífico es un recuerdo donde me gustaría estar. Un gran abrazo.

tetrabrik dijo...

lo mismo, lo mismo, nimio. habría que probar de nuevo algún día esa visita al subdesarrollo del centro, esta vez sin embriones en formación. abrazo.

paula dijo...

veMe gusta Luis. Lo mejor de la adolescencia es dormir de a muchos. es la playa.

(lo de la sombra reloj---- me quedé)

tetrabrik dijo...

sí, paula. la adolescencia es la playa.

Anónimo dijo...

seguí posteando lo escrito en áncora. esto es un deleite y nos ahorra accesar ese suplemento estéril..