8/29/2006

leche vaquera, otra vez (sigue)

(viene)

Ahora sé que todo lo que puedo decir al respecto no tiene nada que ver con el concierto en cuestión. O probablemente sí, pero desde un lugar marginal, oblicuo. Sé que puedo contar que conocí a Bruno Porter, su primer grupo, atraído por los afiches con que promocionaban los chivos. Aquella gráfica trash en los 90, en un país en el que los entendidos de la música se arrodillaban ante Sting y Fito Páez, me parecía una buena señal. Los fui a ver a La Maga, y comprobé que aquella propuesta gráfica era parte de su apuesta musical. Unos extraterrestres en el escenario de un rock nacional que cuando no era elemental era subestándar. No era rock melódico, no era rock cuadrado -géneros que además me gustan-, era otra cosa. Me alucinó la oferta, si se quiere, pretenciosa que no pedía disculpas en un entorno en el que, confundiendo mediocridad con humildad, ser autoafirmado es sinónimo de pedantería.

Pasó el tiempo, Bruno eventualmente desapareció pero mi relación con Pauly, Montagné, Tuco y Beto (ese integrante desde la barrera) se mantuvo. Para mí, que terminé escribiendo porque no pude hacer música y que encuentro más poesía en ese género que en gran parte de la literatura, siempre fue muy claro que mi objetivo era algún día escribir en poesía lo que ellos hacían en canciones.

La noche del concierto del nuevo proyecto de Pauly, sentí eso que me pasa con la música con la que conecto y que en mi caso –si bien no discrimino géneros- ocurre con poca frecuencia, algo estaba sucediendo, algo que, una vez más, me demostraba que la música es un fenómeno mayor. Podría fingir elegancia y mentir explicándolo con el lenguaje esclerótico del crítico de rock. Pero sería falso y malagradecido. Prefiero decirlo desde mis limitaciones. Todos llevamos música en la cabeza, como un iPod invisible. Nosotros de música que hemos escuchado, Pauly de música que vamos a escuchar.

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8/24/2006

antonin artaud, adelantado (sigue)

(viene de)

Es por sobre todo una cuestión de conciencia. La ley sobre estupefacientes pone en manos del inspector-usurpador de la salud pública el derecho de disponer del dolor de los hombres; en una pretensión singular de la medicina moderna querer imponer sus reglas a la conciencia de cada uno. Todos los balidos oficiales de la ley no tienen poder de acción frente a este hecho de conciencia; a saber, que más aún que de la muerte, yo soy el dueño de mi dolor físico, o también de la vacuidad mental que pueda honestamente soportar.

Lucidez o no lucidez, hay una lucidez que ninguna enfermedad me arrebatará jamás, es aquella que me dicta el sentimiento de mi vida física. Y si yo he perdido mi lucidez la medicina no tiene otra cosa que hacer sino darme las sustancias que me permitan recobrar el uso de esta lucidez. Señores dictadores de la escuela farmacéutica de Francia ustedes son unos pedantes roñosos: hay una cosa que debieran considerar mejor; el opio es esta imprescriptible e imperiosa sustancia que permite retornar a la vida de su alma a aquellos que han tenido la desgracia de haberla perdido. Hay un mal contra el cual el opio es soberano y este mal se llama Angustia, en su forma mental, médica, psicológica o farmacéutica, o como Uds. quieran.

La Angustia que hace a los locos.
La Angustia que hace a los suicidas.
La Angustia que hace a los condenados.
La Angustia que la medicina no conoce.
La Angustia que vuestro doctor no entiende.
La Angustia que quita la vida.
La Angustia que corta el cordón umbilical de la vida.

Por vuestra ley inicua ustedes ponen en manos de personas en las que no tengo confianza alguna, castrados en medicina, farmacéuticos de porquería, jueces fraudulentos, doctores, parteras, inspectores doctorales, el derecho a disponer de mi angustia, de una angustia que es en mí tan aguda como las agujas de todas las brújulas del infierno. Temblores del cuerpo o del alma, no existe sismógrafo humano que permita a quien me mire, llegar a una evaluación de mi dolor más precisa, que aquella, fulminante, de mi espíritu.

Toda la azarosa ciencia de los hombres no es superior al conocimiento inmediato que puedo tener de mi ser. Soy el único juez de lo que está en mí. Vuelvan a sus buhardillas, médicos parásitos, y tú también Legislador Moutonier, que no es por amor a los hombres que deliras; es por tradición de imbecilidad. Tu ignorancia de aquello que es un hombre sólo es comparable a tu estupidez pretendiendo limitarlo. Deseo que tu ley recaiga sobre tu padre, sobre tu madre, sobre tu mujer y tus hijos, y toda tu posteridad. Y mientras tanto, soporto tu ley.

Antonin Artaud

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8/21/2006

Afuera del agua

(a partir de Abajo del Agua de S. LLach)

El Pacífico visto desde la Interamericana, de noche, detrás de la ventanilla de un bus repleto de desconocidos, rumbo a Dominical. En eso pienso. Es una imagen sin duda ordinaria pero que no me abandona. Una imagen arbitraria, que regresa cada tanto, igual que esas olas que adivino deshaciéndose en la arena, devolviendo ramas, caracoles, una chancleta, corchos, tetrabriks vacíos, como boyas de la decadencia encallando de nuevo en el continente. El mar visto de noche, cuando es invisible y habla en ese lenguaje oscuro y poderoso, para que sepamos que está ahí, donde los ojos no sirven. El mar de noche, más profundo y temible que de día. El mar de las canciones simples, los ahogados y los peces.

Más atrás en el tiempo, la misma noche, el mismo mar, la misma arena en la que sentados, sin hablar, hundíamos los pies hasta los tobillos, hipnotizados por el fuego y el baile de las pavesas que se elevaban hasta desaparecer en el aire con chasquidos mudos. Alguien, alejándose, escuchaba en la radio noticias de un mundo que parecía suspenderse a millones de años luz de aquel lugar, de aquel momento. Otros, acercándose y cruzando detrás de nuestras espaldas, extendían una conversación que bien podría haber sido nuestra. Y también, sí, el ladrido en cadena de los perros, las luces de las casas apagándose una a una.

¿Por qué una noche cualquiera en un sueño aparece en vestido de baño la exnovia de cuarto año del colegio de quien no tenemos noticias desde la graduación? ¿Por qué de pronto, digamos un jueves, enfrascado en tareas cotidianas, uno daría el pulgar derecho por volver a la mañana del 1º de enero en que se amaneció en la banca de un parquecito deprimente de playa Dominical, frente a un mar nada amistoso, averiado, sin plata para el bus de regreso, rodeado de los cuerpos todavía tendidos de subnormales con quienes la noche anterior, abrazados y a los gritos, se juró amistad eterna? El mar no nos lo explica. Ni le importa.

La orilla del mar contaminado por la fauna de las vacaciones, el fondo del mar moviéndose al ritmo imperceptible del combustible fósil. Pescadores, mar adentro, meando desde cubierta. Cetáceos menores y gaviotas escoltando a los barcos de hombres solos.

Los que cierran los ojos para hacer promesas falsas frente al mar. Los que no los cierran. Los que creen que basta mojarse los pies en el mar para conocer sus profundidades. Los que construyen castillos de arena, los que se dejan enterrar en ella. Los que, eructando, lanzan botellas al mar, sin mensajes. Los que intuyen que el mar no es más que un montón de agua.

En el álbum familiar, el espacio vacío, rectangular, de la foto perdida del niño con tendencia a la obesidad, sólo en la playa, de pie frente al Pacífico, una mañana limpia del 74. Aquella en la que, en ángulo recto, su figura y su sombra leve sobre la arena formaban un reloj de sol. El mar como una golosina.


(publicado el 03/12/05)
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8/08/2006

G.W., el pueblo está con tú

Con Tavo Fallas filmamos, mentalmente, un documental sobre Gerardo Wenceslao Villalobos. Falta lo más fácil, hacerlo. No fue difícil convencer a Tavo de acompañarme en el proyecto; tanto él como yo asociamos a G.W. con esa fase de la infancia en la que uno desarrolla el sentido de pertenencia a una comunidad, a -si se quiere- un país. G.W. tiene que ver con el recuerdo de nuestros padres, tal vez por las patillas que entonces se estilaban en los hombres adultos. En mi caso, además, porque mi padre fue delegado del TSE en las elecciones del 78.

Independientemente de eso, ahora, por un interés retrospectivo, con Tavo rescatamos el valor de un personaje que, fuera de sus delirios políticos, fundó un instituto politécnico donde se formaron periodistas de radio, mecanógrafos, los primeros "hoteleros". Un hombre cuyo partido ostentaba no solo el descaro de su nombre, Partido Rebeldía Nacional, sino que ondeaba una bandera blanca estampada con un punto negro: un pirata abstracto. Un ciudadano que peleó con aquel ídolo de la lucha libre, Martín Karadajián; cuyo eslógan fue el genial "G.W., el pueblo está con tú"; que pintó puentes con su propaganda, anticipando los contemporáneos grafittis hoy monopolizados por los estrategas de la Ultra y la Doce y por poetas cursis a quienes tendrían que amputarles las manos. G.W., subido en un árbol disparándole a la casa de Vesco, con la bandera nacional amarrada al cuello: la capa de un superhéroe de cómics, un superhéroe sin poderes, pobre y trastornado. Como un antecesor criollo de Andy Kaufman, cuenta el mito, apareció su hermano en un programa de televisión, venido de Honduras a apoyar su candidatura: era el mismo G.W. debajo de una peluca.

El proselitismo patriotero y puritano, disculpen la redundancia, se empeña en meternos hasta por donde no se puede a personajes tipo la Poll y al mega-aburrido del astronauta ese que, de tan inmaculado, más parece un Escrivá de Balaguer con casco de motociclista. Figuras sin contradicción, debilidad, esquizofrenia, derrota; es decir, sin humanidad.

¿Qué habría pasado si, hipotéticamente, hubiera ganado las elecciones? No mucho; habría engrosado las filas de charlatanes e impedidos mentales que nos gobiernan desde hace rato. Lo mejor de todo es que no podía ganar, que su misión era otra y era para consigo mismo, para con el costarricense común, no para con esa entelequia que los almidonados y los cínicos llaman patria.

Ignoro si algún día lleguemos a concretar el mencionado documental. Quizás sea conveniente que no, porque ya está filmado en nuestra mente, porque ya creo todos los mitos que rodean a este border, porque me río de los editoriales que lo acusaban de vergüenza nacional, de loco, de insolente.

Hay una foto suya con camiseta de luchador, los brazos flexionados y tensos, halterofílico, con esa sonrisa burlona de quienes no son felices y saben por qué. Pocas fotografías de una persona tienen la cara de un país.


publicado el 18 de enero del 2004 aquí

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