10/13/2006

Festival privado (sigue)

viene

En orden cronológico: Operación Dragón, Rocky III y El Karate Kid.

En plan confesional, tengo que decir que El Karate Kid es la mejor de las tres. Es fácil convencer al espectador de que Bruce Lee o Silvester Stallone representan al héroe cuyo modus vivendi y operandi se guía por el muy pragmático eslogan “un directo a la nariz resuelve más que mil palabras”. Pero que en una peli el protagonista insulso, debilucho y tontón se convierta en el heredero de la técnica del puño limpio para resolver las cosas, es una genialidad.

Está de más aclarar que a los 15 años, solo en una sala de cine herediana, en tanda de cuatro, me vi proyectado en el semi oligofrénico de Daniel Larusso (el protagonista interpretado por Ralph Macchio). Se supone que eso es lo que pasa en el cine. En mi caso, se supone bien. ¿Cuántas veces, a escondidas en mi habitación, habré practicado la imbatible patada de la grulla con la que Daniel despeluca, en el último minuto, a un contrincante a todas luces más dotado que él? ¿Cuántas veces habré soñado, dormido y despierto, que se la propinaba a algún archienemigo, a un enemigo ordinario o un simple desconocido que tuviera la mala suerte de cruzarse en mi camino un mal día? Ni qué decir del Sr. Miyagi. ¿Qué adolescente que se respete no sueña con tener un maestro como el que encarna Noriyuki “Pat” Morita? Me aprendí de memoria la frase con que el inmigrante japonés le enseña la mentada técnica de la grulla a Larusso: “if do right, no can defense”, que traducido al vuelo sería algo como “si hacer bien, no puede defensa”. Tome pa’ que lleve.

En otra ocasión, si la crítica me lo permite, repasaré las siguientes escenas de los otros dos filmes: 1) Bruce Lee, topless, dándole sopa de muñeca a un ejército de cintas negras que lo abordan en grupos sucesivos de tres o cuatro; 2) Rocky Balboa, contra todos los pronósticos, como corresponde, volteando una pelea que perdía frente al temible Clubber Lang (Mr. T, mejor conocido después por su impecable personificación de Mario Baracus en Los Magníficos).

No pierdo la esperanza, siempre hay candidatos para propinar la patada de la grulla. Mientras tanto, hay que volver a la realidad, esa mala película.

(publicado en octubre del 2004 aquí)

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10/01/2006

El olor de uniformes rojiamarillos lavados y secados al sol (sigue)

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Tengo eso y una tarde dominical del 2003 en que, después de convencerlo, fuimos con papá a ver Herediano vs. Cartaginés.

Así: al estadio a pie, porque es el preámbulo a la liturgia del fútbol. Frente a nosotros, cumpliendo su trayectoria celeste, el sol -diría el gran Gambarotta- sin adjetivos. En silencio, de Santa Lucía al Eladio, papá, mi hermano y yo, seguidos en el asfalto por nuestras sombras que tampoco hablaban. Cuanto más cerca del estadio, más grupos de futboleros. Unos sin signos externos, otros enfundados en los colores del equipo que, como linaje venido a menos, se alejó de sus glorias pasadas hasta convertirse en un club segundón.

Estamos en la boletería. Ahora hacemos fila para ingresar. El estadio y la iglesia son los únicos lugares a los que no se puede entrar en carro, todavía. Pasamos a la gradería de sombra, que a esta hora se trueca en la de sol. Como el estadio es pequeño y los heredianos somos pocos, encontramos a Marcos, hermano de mi padre, y nos sentamos con él. Cuatro hermanos Chaves, dos generaciones. No sabe que ya pasó su temporada, ni le importa, a la bandada de pericos que cruza el cielo bajo el que irrumpe en la cancha el tin florense: el uniforme radiante, casi podemos sentir el olor a limpio, avanzan al ritmo de los cantos, atraviesan el humo de las bombetas como si salieran de una nube. ¿De dónde tanta alegría? ¿Y por qué se contagia?

El partido en vivo y en familia, rodeados del negro-malparido-árbitro-hijueputa y demás sutilezas edificantes de la tribuna. Ya es historia que se abombó la red cartaga en seis ocasiones. Fue una de esas tardes en que todo le salió bien a los jugadores. De haber tenido excavadoras, sacan petróleo del Eladio. En noventa minutos abracé a mi padre y a mi hermano lo que me hubiera llevado tres años (contando uno cada Navidad y cumpleaños).

Esto lo escribo lunes y en tres días el Herediano será campeón o subcampeón, que es peor que descender a segunda. Estoy a miles de kilómetros del Rosabal Cordero, del parque de Heredia, de la casa en la que mamá, ese domingo, esperó que volvieran del estadio los hombres imperfectos de su vida y ellos le narraron felices el partido y sólo ella supo que hablaban de otra cosa.


publicado aquí
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