10/27/2008

soda el parque

por Luis Chaves

1. Cada tanto hay un bache de silencio. Como una pausa sincronizada del chillido demencial de los pericos del parque, los pitos de taxistas, los galillos de vendedores ambulantes. Entonces, si uno presta atención, si afina el oído, los escucha. Ese que suena ahora es el de Sabana-Cementerio reaccionando a la luz verde del semáforo en Avenida Segunda. Ese otro es el de San Rafael Arriba, compresionando antes de la parada en la esquina de avenida 6 y calle 2.

2. Estamos en la Soda El Parque, 50 al sur de la esquina suroeste del Parque Central. Estamos en calle 2, entre avenidas 4 y 6. Menos que el centro neurálgico de San José, este es el corazón. En el futuro lejano, con todo lo que logren desenterrar en esta zona precisa del planeta, armarán el esqueleto de un animal extinto al que llamaban clase media.

3. Junto a Chelles y La Chavelona, Soda El Parque forma la santísima trinidad de los restobares clásicos de la capital. Derribados por el efecto dominó de malas administraciones, movilidad social hacia abajo, éxodo de residentes del centro de San José, han ido desapareciendo otros integrantes de un club que tuvo su época de oro en los años 70 (La Perla, El Imán, la Soda Palace).

4. Francisco don Pancho Flores la abrió en 1962, en un pequeño local justo al frente del actual, al que se mudaron en 1968. En esa cuadra había una gasolinera y el Garaje Moderno, precursor de los taxis (“Pídame un carro en el Garaje Moderno”, se decía). En la esquina estaba el Tribunal Supremo de Elecciones. Entonces en el menú decía “café ¢0,35 / gallo de salchichón ¢0,75 / fresco de crema ¢0,75 / ensalada de frutas ¢1,25”.

5. Al frente está la academia de belleza Yunis, La Bobina (máquinas de coser y accesorios), la pastelería Genovesa, más allá el night club Flamingo (antiguo bar Jeanette). Cerca de la esquina hay carnicerías con pizarras donde se lee CADERAS DE POLLO, ½ GALLINA. Sobre los adoquines del bulevar (o paseo, como le deberíamos llamar en castellano correcto) los vendedores ambulantes, esos hijos abusados de la lógica de mercado, ofrecen desde culantro hasta fajas, discos o películas.

6. Con eco de mito, se ha dicho siempre que nuestra capital fue una de las primeras ciudades con electrificación en el mundo. Una cosa es cierta, San José debe ser la capital que más temprano apaga las luces. Pero está la Soda El Parque que desde 1973 abre las 24 horas o, lo que es lo mismo, no cierra.

7. La Soda El Parque tiene un ritmo vital orgánico, va cambiando con el paso de las horas, de forma natural. De día es un restaurante que el mismo Pancho Flores define como “de ambiente familiar”. De noche pasan a calentar motores los que van a terminar en otro sitio. Al filo de la madrugada, es como una pala gigante: recoge lo que va quedando de la noche josefina. Se juntan para el “gallito antes de dormir” los que, ya sea bajo protesta o cabizbajos y resignados, dan la noche por terminada.

8. En 1978 se transmitió la primera edición de Sensación Deportiva desde una de sus mesas. Hoy es el programa de mayor audiencia radiofónica en su segmento. Por allí han desfilado todos los personajes del periodismo deportivo criollo. Y sus amigos. Y los amigos de los amigos. Este año se colocó una placa conmemorativa por los 30 años de transmisión del programa. Muy cerca de donde empieza el espejo que recorre las paredes sur y oeste del local. Muy cerca de las letras que, en neón celeste, anuncian CEVICHE CHICHARRÓN Y CORVINA.

9. A la Soda El Parque llega gente de todo lado a probar el legendario sandwich Lápiz Especial o ese elíxir resucitador que es la sopa negra (se necesitan 40 paquetes de frijoles semanales para satisfacer la demanda).

10. Con 46 años de inaugurada, y con una periodo de oro en la bohemia y el pulso vital capitalino de los 70 y 80, por esta soda han pasado los integrantes de La Billo’s Caracas Boys (en lo que se dice que fue el primer concierto improvisado en Costa Rica), El Gran Combo, la Sonora Santanera, Gloria Trevi, Luisito Rey, Ray Tico. Lo mismo que políticos, cuando la gente todavía les creía, Carazo, Monge, Figueres, Calderón, Rodríguez, para nombrar algunos.

11. El local es amplio: mesas con manteles blancos protegidos por cuadrados de vidrio; rodeando las mesas, sillas estilo institución-pública-setentista; del lado de la ventana, un par de mesas altas en concreto y cerámica. En el baño de hombres, el secador de manos está empotrado a casi dos metros de altura. Es como una ducha de aire.

12. El frente no tiene pared o, mejor dicho, la pared es un ventanal que da al bulevar. Sentado en la soda se ve pasar esa muestra de trabajadores, estudiantes, desempleados, saprissistas, liguistas, creyentes, engañados, igualados, tímidos, esquivos que, convertidos en puntos y colocados en una estructura helicoidal, forman el mapa del genoma del tico. Entonces, en horas pico, la soda llena, la calle hormigueante, si uno mira bien se da cuenta de que los espejos de adentro son ventanas. Y el ventanal, un espejo.

(vuelve)

(pubicado en SoHo 26)

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9/01/2008

sparring

Por Luis Chaves
(viene)


Debajo de la cabeza de cartón piedra de Óscar Arias, está Henry El Oso Sáenz. Se mueve en un cuadrilátero caricaturizado. Debajo de la cabeza del contrincante, su archienemigo Ottón Solís, hay otro boxeador contratado para el comercial de televisión que financia el movimiento del Sí al TLC. En el comercial, como en el posterior resultado del histórico referéndum, Arias gana el combate. El Oso Sáenz, sin embargo, nos cuenta una anécdota poco conocida: en la filmación del spot publicitario, en uno de los ensayos, el monigote tripulado de Ottón Solís le pegó más fuerte de la cuenta y le abrió una ceja. Así que debajo de aquella cabezota orejona triunfadora, había un tipo sangrando. Un sparring.

Decir que Henry El Oso Sáenz es un sparring es decir solo una parte de la verdad. También es un boxeador. En Costa Rica, de hecho, no existen sparrings profesionales, no hay nadie que se dedique en exclusiva a ser esa persona con la que se entrena un boxeador para preparar un combate. Se trata infaliblemente de una de estas variantes: boxeadores jóvenes que quieren darse a conocer, o boxeadores activos o retirados que encuentran en el “guanteo”, ya sea una entrada extra, en el mejor de los casos, o una manera de mantenerse cerca del deporte que se les fue convirtiendo en modo de vida.

Henry Sáenz nació el 6 de febrero de 1975 en la provincia de León, Nicaragua, un territorio pródigo en peleadores de fama mundial. En un país en el que el boxeo es una especie de religión, tiene mayor mérito el hecho de que, desde temprana edad, el corpulento joven se hiciera su lugar en las filas de la selección de boxeo olímpico. Ya en 1995 ganaba la medalla de bronce en los 91 kilos (peso pesado) en el torneo centroamericano. Saltando hacia adelante en el tiempo, ahora, a sus 33 años, los números de El Oso están en 18 victorias (14 por nocaut), 7 derrotas (6 por nocaut) y un empate. Pero esas cifras hablan solamente de sus peleas oficiales, su faceta de boxeador, porque Henry Sáenz es parte de la regla y tiene que trabajar para vivir. Su trabajo fijo es en una tienda frente al hospital San Juan de Dios; cada tanto, sin embargo, salta la oportunidad de trabajar como sparring para otro boxeador. Ya veremos como el sustantivo “trabajo” le queda grande al oficio de sparring en nuestro país.

“Yo vine a Costa Rica, la primera vez, en el 95, con la selección olímpica. Después seguí viniendo interesado en encontrar trabajo. Después me trajeron para pelear con mi tocayo, Henry Porras. Así me fui quedando. Te estoy hablando de algo así como el año 98”. A lo largo de un par de entrevistas (una en el gimnasio Total Boxing, del excampeón intercontinental Humberto Aranda, y otra en el Gimnasio Número 2 de La Sabana, el lugar obligado por donde debe pasar todo boxeador tico que se precie), vamos a comprobar que Henry tiene una tendencia a errar las fechas. Pero ese atasco lo neutraliza notablemente el vocabulario preciso y eficaz, como jabs seguidos de recta al mentón, con que va relatando su experiencia en el mundo de los guantes.

El Oso Sáenz es bachiller y tiene un título de técnico medio en contabilidad. El apodo no es casualidad ni metáfora; salta a la vista que su división en el boxeo se encuentra en el peso completo. Tiene tres hijas (dos en Nicaragua y una aquí), parece más joven de lo que es y, de cerca, las cicatrices en las cejas y en la base de la nariz revelan su oficio.

Después de la primera entrevista, Henry se mete en el vestidor y sale enfundado en su ropa de entrenamiento, que consiste en un buzo, tenis especiales de media bota y una, digamos, camisa de plástico amarillo, “porque tengo que bajar de peso”. Inmediatamente empieza su rutina, esa serie de ejercicios que históricamente han hecho del boxeo el deporte cinematográfico por excelencia: salta la suiza hasta que la cuerda se vuelve invisible, le pega a la pera hasta que el repiqueteo se transforma en un mantra, le lanza golpes de todo tipo a un rival imaginario en esa coreografía que tiene el sugerente nombre de “hacer sombra”. Entonces El Oso Sáenz, que minutos atrás era apenas el boxeador que empezaba a introducirnos en los detalles del oficio del sparring, deja de ser un púgil individual y se transmuta en la imagen del boxeador, es decir, en todos los boxeadores.

El boxeo, bien lo dijo un escritor, es la zona roja del deporte. En estado de permanente sospecha, descalificado, desprestigiado, denostado e incluso, en diferentes épocas y lugares, censurado. Salvo casos excepcionales, las abultadísimas sumas de dinero que se mueven alrededor del pugilismo se quedan en manos de los patrocinadores, los promotores, los manejadores, los apostadores y todos los demás –ores, menos en quienes ponen el pecho, la cara y los puños. Es así desde hace tanto tiempo que parece una de las leyes de la termodinámica o un dogma de fe, como prefieran. Por eso no genera asombro alguno escuchar a El Oso cuando afirma que en Costa Rica, donde la precariedad de este deporte pasa por un lente amplificador, los sparrings raramente reciben paga por los servicios prestados.

“Aquí —dice mientras se sube las medias debajo del jeans— más bien se hace casi por amistad, todos nos conocemos. Uno lo ve como una ayuda al otro boxeador. En otro momento le va a tocar a uno alguien que le haga de sparring”.

Pero no siempre y no todo es gris en el planeta del sparring; felizmente el historial ayuda. Al desglosar el expediente deportivo de Sáenz, nos encontramos con un pugilista que se enfrentó a Mohamed Azzoui (excampeón de peso crucero) en Rusia, a Alexander Alexeev (excampeón de peso pesado) en Alemania (ambos el año pasado), a Fabrice Tiozzo (excampeón de peso crucero y semipesado) en Francia y a Thomas Ulrich (excampeón alemán de peso semipesado) en Alemania (los dos últimos en el 2006). Esos son puntos a su favor que han cristalizado en contratos como sparring en el extranjero; remunerado, como corresponde. Porque lo que en países como el nuestro es considerado todavía como una variante de favor, en otros lugares es un trabajo respetado. De hecho, larga es la lista de sparrings que entrenaron con campeones y que luego saltaron a la élite del boxeo mundial. Para nombrar a uno, Larry Holmes, excampeón mundial que inició como sparring contratado del más grande de todos los tiempos, su majestad Muhammad Ali.

Hace poco, respaldado por su currículum, a Sáenz lo contrataron como sparring de Andy Ruiz Jr., conocido como el Golden Destroyer (Destructor Dorado), un boxeador mexicano-norteamericano que ronda los 120 kilos (270 libras) y que con apenas 18 años estuvo a punto de clasificar para los Juegos Olímpicos de Pekín. Henry trabajó con el equipo de Ruiz en San Diego y en Tijuana por varias semanas, por un salario cercano a los 600 dólares semanales. “Un golpe de Andy debe ser lo más parecido a recibir un mazazo. Imaginate el derechazo de un tipo de casi 300 libras. Lo que uno hace cuando guantea con peleadores como Andy es tratar de sobrevivir en el ring”.

Antes de esta experiencia como sparring en San Diego y Tijuana, El Oso Sáenz ya había sido contratado para lo mismo en Alemania por el equipo de un boxeador croata. Allí le habían ofrecido inicialmente 500 dólares por semana más viáticos, pero finalmente, y esto él lo atribuye a su desempeño en el cuadrilátero, le pagaron 200 dólares adicionales por semana.

Henry Sáenz tiene buenos recuerdos de sus experiencias como sparring en países donde el pugilismo tiene estructuras más sólidas. “El trabajo de sparring en países desarrollados es muy profesional. Además del ‘guanteo’ tradicional, hay trabajos específicos. A veces dividen el ring en cuatro y hay que pelear los dos en un mismo cuadrante, cosas por el estilo”. Toda esta experiencia afuera, sin embargo, no lo aleja de su realidad, tiene muy claro que oportunidades así se dan esporádicamente, no son moneda común. “Mientras siga boxeando, es muy probable que haga de sparring para gente del medio nuestro, así es”.

Ya de por sí, por su naturaleza, el boxeo es un oficio jodido, para decirlo con elegancia. El del sparring es más o menos lo mismo, pero sin las luces ni el protagonismo que todo púgil busca. Es una labor en la sombra. Se trata de un trabajo anónimo, y en nuestro medio, además, todavía no es remunerado como se debe. Pero algo tiene el boxeo, ese algo que lo ha convertido en una cantera inagotable de la literatura, la fotografía y el cine; en espectáculo estético para muchos; esa aura misteriosa y magnética que atrae hasta a quienes lo definen como otra representación de la barbarie. Algo tiene que aunque sea de gratis, para ayudar a entrenar a un colega, los boxeadores siguen subiéndose al cuadrilátero, a ese cuadrado de las 12 cuerdas. Se suben a dar y a recibir en ese deporte ancestral que dependiendo desde donde se mire, es democrático o darwinista.

(vuelve)

(publicado en SoHo)


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8/25/2008

entierro austero (sigue)

Por Luis Chaves
(viene)

1. Este es un texto sobre la muerte. Quiero que empiece así: hoy también llovió o llueve o va a llover. Tenía que ser la crónica del funeral de una persona sencilla. Estaba implícito que terminara con esa frase negadora, evasiva y sentimental de que la muerte nos hace iguales. La muerte no iguala nada. En fin, esto no es lo que tenía que ser, salió otra cosa. Es un texto sobre la muerte y está lloviendo.

2. Atrás, abajo, va quedando San José. Estamos llegando al centro de San José de la Montaña. Ya dije que llovía, ahora califico la precipitación: llueve como por venganza. A través de la cortina de agua identificamos con dificultad el lugar que buscamos: la capilla de velación. No parece lo que es. Uno diría que es un garaje, o una bodega, o un almacén. A un lado limita con la cancha del pueblo, que sólo puede estar frente a la iglesia, y al otro con la soda Gabriel.

3. Con la misma violencia con que llovía, escampa. Hay un teléfono público cerca de la entrada; en este extremo, unas colegialas en uniforme se relevan el auricular; en el extremo que no vemos, hay alguien que las hace reír. En la escuela pública, cruzando la calle, los del 4ºB, o así, aprovechan la tregua del agua para armar una mejenga. Afuera de la capilla, contra la pared pintada de verde rural, ordenados como quien espera el bus, familiares y amigos del difunto.

4. Pedro A. murió esta misma mañana, a las 9. Tenía 77 años, 8 hijos, 2 hijas y cáncer. Esto me lo dice Juan Bautista, uno de los hijos, después de escuchar con suspicacia mi petición obscena de permiso para quedarme por ahí, al margen, para ver y escribir luego lo que vi. “Hoy murió otro, en Santa Lucía –me dice–, eso me contaron en la floristería”, y traduzco mentalmente ese comentario en “Haga lo que quiera y no me moleste más, no ve que este es un momento difícil”.

5. Lo que veo entonces es un volumen de neblina que se levanta de no sé dónde y avanza llenando los espacios vacíos. La niebla tiene ese atributo misterioso de desacelerar el tiempo. Pasa un bus, ladra un perro, un niño grita, alguien lo calla, todo en cámara lenta.

6. Son las 3:30 cuando la neblina se va como llegó. Unas 40 personas entran por grupos a la capilla pequeña y oscura donde las flores frescas dan más luz que los cirios. Juan Bautista vino de Sarapiquí, otros viven aquí, alguien viene en camino desde Guanacaste. Después de conocerlo es fácil identificar a sus hermanos. El gen vigoroso de ojos claros, cejas tupidas, pelo muy negro, complexión delgada y robusta parece ser la firma de Pedro A. que, cuando vivo, entre otras cosas, trabajó la tierra (así lo dice otro de sus hijos); y quien, muerto, está dentro del ataúd de madera barnizada que iluminan unas flores fosforescentes.

7. Minutos antes de las 4, hora de la misa, empieza el traslado. Una procesión cortísima de gente bien peinada, faldas adentro, faja, impecable. Garúa otra vez y hace frío pero los hombres con camisa llevan dos botones abiertos. Cuatro hermanos cargan el féretro sin hablar, impulsados más por los pensamientos que por los pies. Los otros caminan con las manos dentro de unos bolsillos que hoy parecen más profundos que nunca.

8. Nadie me necesita en la misa, así que aprovecho el momento para entrar a la soda Gabriel. Bancas de madera, mesas con superficie de formica, las paredes pintadas al aceite, en una el “fresco” de rigor que retrata una hamburguesa, unas papas fritas y un vaso de churchill, todo dentro del concepto del gigantismo. Me siento, pido un café y clavo la mirada en el tele donde pasan Dora la exploradora, en mute. Un televisor encendido y sin sonido es para nosotros lo que una fogata fue para los antiguos.

9. Calculo mal y llego a la iglesia cuando apenas va a comenzar el sermón. Llueve torrencialmente otra vez, con truenos. El perro, digamos que de la parroquia, llega al atrio y se sacude. Algunos participan de la misa desde aquí, desde la puerta. Un grupo de cuatro o cinco niños, es lo mismo, brinca y corre alrededor de la iglesia. Adentro, una alfombra roja se extiende entre las dos filas de bancas y el ataúd con los restos mortales de Pedro A., allá al frente, divide todo el lugar en simetría perfecta. El cura habla de la muerte y la resurrección de la carne, o de algo que va a desembocar en eso. Pero los niños siguen jugando y basta mirarlos para saber que la muerte no es esa caja de madera, ni ese ni ningún otro rito; la muerte pura y dura, el signo de pregunta de la especie, son esos niños que corren y se persiguen, el perro que entró de la lluvia, las luces que desde aquí, en este mismo instante, vemos encenderse una a una abajo en el valle, convirtiéndolo en un pastel de cumpleaños gigante. La muerte es todo lo que continúa sin Pedro.

10. El cementerio municipal está a más de dos kilómetros de distancia que implican, además, subir y bajar una colina. La caravana la encabeza el Chevrolet setentón de la funeraria local, la mitad de familiares y allegados lo sigue a pie, la otra se distribuye en unos pocos vehículos. Ronald, el fotógrafo, y yo, con la excusa de no perturbar un momento solemne, nos montamos en el cajón de un camión ganadero. Entre estañones y pichingas, racimos de guineos y cuerdas roídas, vemos pasar las casas de madera limpia orbitadas por todas esas aves que no vuelan, los potreros donde siempre hay una vaca echada y otra en pie (¿en patas?), la vegetación tupida, los árboles que crecen donde termina la frontera agrícola. Todo huele a verde, a flores, a boñiga. No hay aire, solo olores.

11. Como un ejercicio de humor mórbido conjunto del Ministerio de Obras Públicas y Transportes y la Municipalidad local, donde se acaba la calle empieza el cementerio. Como quien dijera: el final del camino o hasta aquí llegaste. El panteón es un plano inclinado, con tapias bajas de concreto que le dan forma rectangular, es un terreno robado a lo que si no es un bosque primario, parece. En medio de una naturaleza menos potente que amenazadora, hay que reconocer que las señales de colonización del hombre dan una sensación de seguridad. Las bóvedas blancas, las cruces de yeso, las lápidas sobre el pasto, que en otro lugar nos ponen la piel de gallina, aquí tranquilizan.

12. En la entrada del cementerio colocan el ataúd sobre una estructura metálica que es como un acordeón con rodines. El acordeón de Caronte, el bandoneón de la Más Fea. Abren la tapa para que, quienes quieran, se despidan por última vez del cuerpo inmóvil de Pedro A. Pasan en orden las hijas, los hijos y después los demás familiares y amigos. Los que no habían llorado aún, lo hacen ahora. Las mujeres no se reprimen, los hombres lloran para adentro, las lágrimas por la garganta. Este momento solemne y verdadero como pocos es un reflector cenital sobre Ronald y este servidor, que ahora parecemos más intrusos que nunca. Me consuela comprobar que él es más visible, tomando fotos con esa cámara ruidosa. En un intento más estúpido que inútil, me alejo de él para que no nos relacionen.

13. Cargan el féretro y lo llevan hasta una bóveda de escaso metro y medio. Lo meten en esa arquitectura que es como una casa pequeñísima, sin ventanas, sin luz y, muy pronto, sin ventilación. Lo que sigue es el sonido arenoso de una pala que mezcla cemento y agua, el golpe sordo de ladrillos con ladrillos. La música muda y vertiginosa de ese gran misterio que por siglos ha sido el metrónomo de todas las religiones y escuelas filosóficas.

14. Terminado el rito, empieza el éxodo. La gente se abraza y se despide en la entrada que ahora es salida. Una mujer respira el alcohol de un algodón, un niño dice “álceme, ma”, en un poste cercano, el farol municipal se enciende y se apaga, intermitentemente, como enviando un mensaje codificado a no sabemos quién ni sabemos dónde. Con Ronald, me monto en un pick-up al tope de desconocidos.

15. Poco más se puede agregar. Esto iba a ser una crónica pero salió otra cosa. Quiero que termine así: Desde la cima de la colina antes de llegar al centro del pueblo, las luces del Valle Central parecen un espejo del cielo despejado y punteado de estrellas. Dejó de llover, el canto de los grillos crece como otra forma de neblina.

(vuelve)

(publicado en SoHo)
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7/10/2008

vallejo vs betancourt

04 Julio.- El polémico escritor colombiano Fernando Vallejo considera "escandalosa" la atención que se presta a la liberación de Ingrid Betancourt, en comparación con el a su juicio escaso interés que despiertan otros rehenes de las FARC.

"Han sido secuestrados millares a lo largo de los años, ahora mismo varias centenas están sufriendo en poder de la FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), pero sólo se habla de ella", dijo Vallejo en declaraciones publicadas hoy por Folha de Sao Paulo.

El escritor, que participa en un encuentro literario en la ciudad brasileña de Paraty, opina además que la ex candidata presidencial colombiana, rescatada el pasado miércoles por el Ejército junto a otros 14 secuestrados, es "manipuladora", "bellaca" y "horrible", entre otros epítetos.

"Es escandaloso el espacio que están dando para la liberación de Ingrid Betancourt", añadió el polémico autor de "La Virgen de los sicarios" y "El despeñadero", que es uno de los participantes en la Sexta Fiesta Literaria Internacional de Paraty.

Vallejo, quien vive en México desde 1971 y se naturalizó ciudadano de ese país en 2007, calificó a Betancourt como una mujer ambiciosa y la acusó de provocar su propio secuestro en 2002 como una forma de promoción política.

"Ella y su asesora y compañera de aventuras Clara Rojas son los únicos políticos que actuaron para ser secuestrados", afirmó.

Betancourt y su jefa de campaña, Rojas, liberada por las FARC en enero pasado, fueron secuestradas en 2002 cuando entraron en una zona controlada por las FARC en San Vicente del Caguán (sur de Colombia).

En esa zona desmilitarizada se habían llevado a cabo las fracasadas negociaciones de paz entre el principal grupo guerrillero colombiano y el gobierno del entonces presidente Andrés Pastrana.

Vallejo, ganador del Premio Rómulo Gallegos en 2003, se declaró "indignado" con la consternación provocada dentro y fuera de Colombia por la situación de Betancourt, quien pasó más de seis años en poder de sus captores.

"Han sido secuestrados millares a lo largo de los años, ahora mismo varias centenas están sufriendo en poder de la FARC, pero sólo se habla de ella", se quejó.

También dijo que no sería extraño que la ex senadora se lance como candidata las elecciones presidenciales colombianas de 2010 y que en ese escenario ella tiene grandes posibilidades de ganar.

"El pueblo colombiano es tan ignorante que hasta puede elegirla. Pero ella es francesa, tiene doble ciudadanía. ¿Por qué escogió hacer política y competir por las elecciones en Colombia, por qué no compite en Francia contra Nicolás Sarkozy?" se preguntó.

Al mostrar su escepticismo acerca de la situación actual y el futuro de su país de origen, Vallejo afirmó que las FARC, junto con la Iglesia católica y el presidente Álvaro Uribe, son "la principal plaga de Colombia".

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la paz romana

por Fidel Castro

Los datos que utilizo fueron tomados fundamentalmente de las declaraciones del embajador de Estados Unidos en Colombia, William Brownfield, la prensa y la televisión de ese país, la prensa internacional y otras fuentes. Impresiona el derroche de tecnología y recursos económicos utilizados.

Mientras los altos jefes militares de Colombia se esmeraban en señalar que la operación de rescate de Ingrid Betancourt fue enteramente colombiana, las autoridades de Estados Unidos declaran que “fue el resultado de años de intensa cooperación militar entre los ejércitos de Colombia y Estados Unidos.”

“‛La verdad es que hemos logrado compaginarnos de una manera que pocas veces hemos logrado en Estados Unidos, excepto con nuestros viejos aliados, principalmente de la OTAN’, señaló Brownfield, refiriéndose a las relaciones con las fuerzas de seguridad colombianas, que han recibido más de 4 000 millones de dólares en asistencia militar desde el 2000.”
“…en varias ocasiones el gobierno de Estados Unidos tuvo que tomar decisiones en sus más altos niveles para la operación.

“Los satélites espías estadounidenses ayudaron a ubicar a los rehenes durante un período de un mes que comenzó el 31 de mayo y concluyó con el rescate del miércoles.”

“Los colombianos instalaron equipos de vigilancia de video, proporcionados por Estados Unidos, que pueden hacer acercamientos y tomas panorámicas operadas a control remoto a lo largo de ríos que son la única ruta de transporte a través de densas zonas selváticas, indicaron autoridades colombianas y estadounidenses.

“Aviones norteamericanos de reconocimiento interceptaron conversaciones por radio y teléfono satelital de los rebeldes y emplearon imágenes que pueden penetrar el follaje de la selva.”

“‛El desertor recibirá una suma considerable de los cerca de cien millones de dólares que el gobierno había ofrecido como recompensa’, declaró el Comandante General del ejército colombiano.”

El miércoles 1º de julio, la BBC de Londres publicó que César Mauricio Velásquez, secretario de prensa de la Casa de Nariño informó que delegados de Francia y Suiza se habían reunido con Alfonso Cano, jefe de las FARC.

Según BBC, este sería el primer contacto que el nuevo jefe aceptaba con delegados internacionales después de la muerte de Manuel Marulanda. La falsa información sobre la reunión de dos emisarios europeos con Cano había sido transmitida desde Bogotá.

El fallecido líder de las FARC nació el 12 de mayo de 1932, según el testimonio de su padre. Campesino liberal de origen pobre, partidario de Gaitán, inició su resistencia armada hace 60 años. Fue guerrillero antes que nosotros, como reacción ante las matanzas de campesinos perpetradas por la oligarquía.

El Partido Comunista ―donde ingresó más tarde―, como todos los de América Latina, estaba bajo la influencia del Partido Comunista de la URSS y no del de Cuba. Eran solidarios con nuestra Revolución pero no subordinados.

Fueron los narcotraficantes y no las FARC quienes desataron el terror en ese hermano país en sus pugnas por el mercado de Estados Unidos haciendo estallar no sólo potentes bombas, sino incluso camiones cargados de explosivos plásticos que destruyeron instalaciones, hirieron o mataron a incontables personas.

Nunca el Partido Comunista de Colombia se propuso conquistar el poder con las armas. La guerrilla era un frente de resistencia, no el instrumento fundamental de la conquista del poder revolucionario, como ocurrió en Cuba. En el año 1993, en la octava conferencia de las FARC, se decide romper con el Partido Comunista. Su jefe, Manuel Marulanda, asumió la dirección de las guerrillas de ese Partido, que siempre se distinguieron por un hermético sectarismo en la admisión de combatientes y los métodos férreos y compartimentados de mando.

Marulanda, de notable inteligencia natural y dotes de dirigente, no tuvo en cambio oportunidades de estudio cuando era adolescente. Se dice que pudo cursar sólo hasta el 5to grado. Concebía una larga y prolongada lucha, un punto de vista que yo no compartía. Nunca tuve posibilidad de intercambiar con él.

Las FARC alcanzaron considerable fuerza y llegaron a sobrepasar los 10 mil combatientes. Muchos nacieron durante la propia guerra y no conocían otra cosa. Otras organizaciones de izquierda rivalizaron con las FARC en la lucha. Ya entonces el territorio colombiano se había convertido en la más grande fuente de producción de cocaína del mundo. La violencia extrema, los secuestros, los impuestos y exigencias a los productores de drogas se generalizaron.
Las fuerzas paramilitares, armadas por la oligarquía, cuyos efectivos se nutrían del enorme caudal de hombres que prestaban servicios en las fuerzas armadas del país y eran desmovilizados cada año sin empleo asegurado, crearon en Colombia una situación tan compleja que sólo había una salida: la verdadera paz, aunque lejana y difícil como otras muchas metas de la humanidad. La opción que durante tres décadas Cuba ha defendido en esa nación.

Mientras los periodistas cubanos discuten en su VIII Congreso las nuevas tecnologías de la información, los principios y la ética de los comunicadores sociales, yo meditaba sobre los acontecimientos señalados.

Expresé con claridad nuestra posición en favor de la paz en Colombia, pero no estamos a favor de la intervención militar extranjera ni con la política de fuerza que Estados Unidos pretende imponer a toda costa y a cualquier precio a ese sufrido y laborioso pueblo.

Critiqué con energía y franqueza los métodos objetivamente crueles del secuestro y la retención de prisioneros en las condiciones de la selva. Pero no estoy sugiriendo a nadie que deponga las armas, si en los últimos 50 años los que lo hicieron no sobrevivieron a la paz. Si algo me atrevo a sugerir a los guerrilleros de las FARC es simplemente que declaren por cualquier vía a la Cruz Roja internacional la disposición de poner en libertad a los secuestrados y prisioneros que aún estén en su poder, sin condición alguna. No pretendo que se me escuche; cumplo el deber de expresar lo que pienso. Cualquier otra conducta serviría sólo para premiar la deslealtad y la traición.

Nunca apoyaré la paz romana que el imperio pretende imponer en América Latina.

Julio 5 de 2008
8 y 12 p.m.

qué fue de ronald lanzoni

por Luis Chaves (viene)
Este artículo comienza en el kilómetro 30. Los corredores de maratón saben muy bien de qué se trata, a este punto de la carrera se le conoce como “el muro”. Se dice que si uno logra superarlo, termina la carrera; si afloja para descansar un poco, allí se queda. Este artículo empieza, entonces, donde muchos bajan la cabeza, donde los que siguen lo hacen impulsados menos por los pies que por la mente.

Estamos en la sede de la Escuela Nacional de Policía, en Barrio Naciones Unidas (frente al Centro Comercial del Sur), afuera de las aulas, decenas de jóvenes, casi todos hombres, en actitud- recreo. Ronald Lanzoni aparece de pronto en la boca de un pasillo más largo que ancho, después de abrirse paso entre los muchachos que poco o nada deben saber de su expediente deportivo. Es de complexión delgada, de huesos pequeños, lo que llaman una persona menuda. Además, para quienes lo vimos siempre en indumentaria deportiva, vestido de civil parece más bajo.

Más allá, en una silla de barbería frente a un espejo desproporcionadamente pequeño, le pasan la cero a un nuevo recluta. En el otro extremo de un planché bajo techo, sentados en una mesa de comedor de familia promedio, empezamos por el final: ¿Cuándo se retiró del atletismo?

Lanzoni apechuga la pregunta, se ve que no tiene resuelto el tema. “Diría que después de la Maratón Internacional de 1996, poco después de esa carrera me operaron por primera vez la rodilla”. Esto lo dice en un volumen particularmente bajo, pausado, apenas perceptible, casi como si respondiera por telepatía. Se refiere a la II Maratón Internacional de Costa Rica, realizada en diciembre del 96, competencia a la que llegó por la sombra, lejos de la baraja de los favoritos. Pero esa tarde dominical enfriada por los vientos alisios, después de despegarse en los últimos 14 kilómetros de Miguel Ángel Vargas (CR) y Nelson Cabrial (Cuba), Ronald Lanzoni entraba de primero al Estadio Nacional, delante de 342 atletas, cerrando un recorrido de 42 kilómetros y registrando un tiempo de 2 horas 37 minutos y 30 segundos. El rey había vuelto. Pero para despedirse. No lo sabía mientras saludaba al público que lo vitoreaba desde las graderías del antiguo Estadio Nacional, pero esa molestia de la rodilla que lo venía acompañando desde días atrás, se iba a convertir en otra cosa y antes de que se terminara el año iba a someterse a la primera de las tres operaciones de cartílago de rodilla izquierda que suma hasta ahora (la última fue en noviembre del 2006).

Ese fue el principio del fin, un cartílago dañado que lo alejó no del deporte, porque Lanzoni no ha dejado de salir a correr y se le nota, sino de las competencias de alto rendimiento. Se acababa la carrera deportiva que había iniciado por rebote. Era 1976, había Olimpiadas en Montreal y Carlos Alvarado regresaba sin haber terminado la competencia de ciclismo, en las marquesinas internacionales se estrenaban Rocky y Taxi Driver, y aquí el Deportivo Saprissa también era campeón. Ronald Lanzoni, que había pasado su infancia en Barrio Cuba y empezaba la adolescencia en Hatillo, fue invitado a participar en una competencia de atletismo, deporte al que hasta entonces nunca le había prestado mayor atención. Aceptó, entrenó tres días y ganó el segundo lugar. Para fines de 1977 e inicios de 1978 ya se había alzado con el subcampeonato centroamericano de campo traviesa y era campeón juvenil nacional.

Nacido en 1959, nieto de un italiano que vino a trabajar en la construcción del ferrocarril, hijo de un josefino y una bagaceña que se reprodujeron 12 veces, Ronald Lanzoni tuvo el fenotipo y el carácter ideales para convertirse en un corredor de largas distancias. Tenía el physique du rol del corredor de fondo. Y llegó a dominar esa disciplina como pocos costarricenses lo han logrado hacer. Su época se traslapó con la de otro gran nombre del atletismo nacional, Rafael Ángel Pérez, y con él entrenó y compitió por muchos años. No existía aún en el país el calzado deportivo especializado, no había zapatillas descartables por kilometraje, nada de suelas de aire ni de gel, ni Gatorade, ni pulsímetros Polar, nada de pistas sintéticas para los entrenamientos. Hablamos más bien de asfalto, de cafetales y de las mismas tenis todo el año. Sume, por supuesto, 48 horas de jornada laboral por semana. Nos referimos, claro, a los primeros años de su vida de atleta de alto rendimiento, cuando se fue enrumbando hacia las distancias de medio fondo y fondo.

Esa molestia de la rodilla fue el principio del fin del atleta que por casi diez años corrió entre 40 y 45 kilómetros diarios (contando dos sesiones por día). Pero, entre otros, queda esto: Sexto lugar en los 5 mil metros del Mundial de Atletismo en Finlandia (1983), primer lugar en cinco ediciones de la media maratón San Juan (“la San Juan” como la conocen los deportistas), la participación en las olimpiadas de Los Ángeles 84 y Seúl 88, el cuarto lugar en la afamada media maratón de Coamo (Puerto Rico), primer lugar de seis ediciones seguidas (1979-1985) de la media maratón La Gloria (competencia que ganó en 10 oportunidades, ganando además la primera y la última edición), el Campeonato de 20 Km. de West Virginia (EE.UU.) en 1986. Y sus dos mayores logros como maratonista: el undécimo lugar en la maratón de Boston de 1984 (la llamada “maratón para maratonistas” en la que corren, previa clasificación, 22 mil atletas), y la medalla de plata en la maratón de los Juegos Panamericanos de Indianápolis en 1987. Esa fue la segunda medalla “panamericana” en la historia de Costa Rica y la primera individual. En 1951 la selección de futbol había ganado la medalla de plata en los Primeros Juegos Panamericanos en Buenos Aires al perder la final con el equipo argentino. Horas más tarde, ese mismo día, Silvia Poll ganaría el primer oro en panamericanos para el país.

Estamos todavía en la mesa de comedor, en la Escuela Nacional de Policía, lugar de trabajo Ronald Lanzoni. Aquí es el preparador físico de los jóvenes reclutas. Aquí trabaja desde hace 24 años. Entró en 1979 como guardia raso, “cuidaba embajadas, trabajé en caseta, ‘corriendo línea’ con compañero, luego los Carazo me ascendieron a preparador físico. Hace unos años saqué el título universitario en esta profesión”. Dice esto y lo pierdo. Es evidente que sigue allí sentado pero que su cabeza está en otro lugar. De pronto, retomando un tema que habíamos cubierto un rato atrás empieza a relatar un entrenamiento que hizo cuando se preparaba para una maratón. San José – San Ramón, 60 kilómetros. Lo cuenta y los ojos se le van haciendo profundos, parece que ven, no al entrevistador que tiene en frente, ni al nuevo recluta que se sienta en la silla de barbero más atrás, sino el asfalto que se hace líquido en el horizonte de la pista Bernardo Soto. Parece que de pronto está escuchando no los ruidos del transporte público de afuera, ni de la rasuradora del policía-peluquero, sino esos sonidos que llevan al umbral de la meditación al corredor de fondo: la respiración y los latidos del corazón. Un corredor de fondo que se precie no usa audífonos, no necesita música externa, toda carrera o entrenamiento de larga distancia se termina con la mente y la música que la alimenta viene de adentro, no de afuera. Después de “el muro”, todo lo necesario está dentro del fondista.

El mismo año que nació Lanzoni, 1959, un joven escritor inglés, Alan Sillitoe, fue aclamado por la crítica literaria por su primer libro. El título no podía ser más sugestivo, La soledad del corredor de fondo. Este libro poderosísimo, que se ha convertido en un clásico moderno, gira en torno a un protagonista desorientado que encuentra un centro para su vida dedicándose a las carreras de larga distancia. En un pasaje dice esto: “y entonces conocí la soledad que siente el corredor de fondo y me di cuenta que por lo que a mí se refiere esta sensación era lo único honrado y verdadero que hay en el mundo, y comprendí que nunca cambiaría, sin importar para nada lo que sentía en algunos momentos raros, y sin importar tampoco lo que me digan los demás”.

Hace ya rato que nos detuvimos para descansar. Ronald Lanzoni, en cambio, pasó el muro de los 30 kilómetros y sigue con su vida. Reconoce que extraña la época en que sus triunfos acaparaban las portadas de los suplementos deportivos, pero tampoco cuelga las tenis en el gancho de la auto-conmiseración. Todos los días va a su trabajo de preparador físico, pero todos los días, también, sale a correr porque retirarse del alto rendimiento no tiene nada que ver con abandonar una forma de vida. Dueño de las madrugadas, avanza cada kilómetro solo con sus pensamientos y, como si tuviera audífonos imaginarios, va escuchando esa música interna que impulsa a los corredores de fondo. Ahora la línea de meta, como la música, la lleva adentro.

(vuelve)

(publicado en SOHO 22)
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1/19/2008

josé emilio pacheco pone puntos

(tomado de letras libres, enero del 2008)

Ovidio en el IPOD

¿Qué lugar ocupa la poesía en la vida cotidiana? ¿Cómo le va ante competidores tan poderosos como el rock o el futbol? ¿Se transformará ante la masificación de los medios? José Emilio Pacheco analiza las múltiples paradojas de un género que, hoy día, es pura resistencia.

I

Hace poco se reunieron en el Zócalo de la capital veinte mil ajedrecistas. Si convocáramos a una reunión semejante de lectores de poesía acaso lograríamos juntar apenas mil. En cambio, un llamado a todas las personas que la escriben en México tal vez duplicaría o triplicaría la cantidad de quienes practican el ajedrez.

Es sólo una entre las muchas paradojas de la poesía. Nadie puede explicarnos cómo se sostiene una actividad en que la oferta sobrepasa por cien o por mil la demanda, ni cómo es posible una separación de esta naturaleza entre lectura y escritura.

Sin embargo la poesía florece en México de un modo que nadie se imagina. No hay estado, no existe ciudad en que no funcionen talleres de poesía, revistas y sobre todo libros, a menudo de gran calidad, que rara vez o nunca salen de su lugar de origen.


II

Celebro todas las formas electrónicas, escénicas o gráficas en que se difunde, pero aquí hablo de la poesía como de un arte íntimo, algo que se escribe en la soledad y se lee en el silencio para lograr así la comunicación más honda que pueda establecerse entre dos seres humanos. Leo, es decir, le doy a dos versos de Job mi voz interior, la que nadie podrá escuchar nunca,

Pues nosotros somos de ayer y nada sabemos

y nuestros días en la Tierra son como sombra.

En ese instante todo se actualiza y se vuelve real. El texto está hablando sólo para mí. No pienso que esas palabras me llegan desde el fondo de los milenios y mediante muchas traducciones de traducciones que desembocaron hacia 1600 en la versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera. Otra gran paradoja de la poesía es ser, como dijo George Orwell, un arte de familia que sólo pueden disfrutar y entender a cabalidad los hablantes nativos de una lengua, los únicos capaces de apreciar cada matiz de sonido y sentido. La tercera paradoja es constituir una expresión transnacional e interlingüística, diríamos hoy, en que la mayoría de nuestras lecturas son traducciones de otros idiomas, otras culturas, otras épocas a menudo muy remotas.


III

Hace cincuenta años, por los días finales de 1957, apareció Piedra de sol, el gran poema de Octavio Paz. Se preguntaba:

¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,
¿cuándo somos de veras lo que somos?,
[...]
nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie, todos somos
la vida –pan de sol para los otros,
los otros todos que nosotros somos [...]


Allí alcanzaba su punto más alto algo iniciado en el convento de Tlatelolco, durante el siglo XVI, cuando se fundió la poesía náhuatl con la tradición grecolatina y las novedades importadas de Italia para renovar la lírica española. Fernando de Alva Ixtlilxóchitl tradujo en liras como las de Garcilaso y fray Luis de León los poemas de Nezahualcóyotl y estableció una línea que dará a sor Juana, a los modernistas y los “Contemporáneos”. Todo eso culmina en Muerte sin fin (1939) y dieciocho años más tarde en Piedra de sol.

Pareció claro entonces que la poesía mexicana fue excelente, lástima que nadie se enorgulleciera de ella y no saliese casi nunca de las fronteras nacionales. En adelante sólo quedaban la oscuridad y el vacío. Después de 1957 nadie se interesaría por leerla, nadie se arriesgaría a escribirla, se creyó. El mundo moderno, la era posterior a Auschwitz e Hiroshima, ya la había convertido en una actividad anacrónica.


IV

Gabriel García Márquez y Carlos Monsiváis han insistido en que la poesía fue derrocada, perdió el sitio central que tuvo en nuestras sociedades y por lo tanto en nuestras vidas. No estoy seguro de esta afirmación. Hallo por todas partes datos contradictorios. De un lado está, por ejemplo, el fenómeno de masas que fue en 1919 el entierro apoteósico de Amado Nervo. Del otro, el hecho incontrovertible de que libros tan influyentes como Cantos de vida y esperanza (1905) de Rubén Darío no alcanzaron tiradas de más de quinientos ejemplares.

Puede ser que el libro era, como lo es hoy, la base pero no el medio esencial de difusión. Los periódicos reproducían poemas en sitios que poco a poco fue llenando la publicidad. A falta de discos, radio, televisión e internet, en las reuniones se tocaba el piano y se declamaba. En las ceremonias se leían poemas alusivos. En las escuelas se practicaba la declamación.

Aquí me declaro culpable de haber contribuido desde mi insignificancia a su destierro. Como todos, hice de mis ineptitudes mi dogma y mi doctrina. No tuve talento para declamar, por tanto la juzgué una actividad pomposa y cursi. Puede ser, pero lo cierto es que la declamación nos enseñaba a hablar y a pronunciar bien, daba el gusto por la lengua materna y el placer por su sentido rítmico y nos proporcionaba un vocabulario no tan restringido como el de nuestro “Basic Spanish”, las doscientas o trescientas palabras con que hoy todos nos comunicamos.


V

A fines de siglo la aparición de la computadora personal suscitó la esperanza: al fin nos libraríamos de la hojarasca que destruye los bosques y congestiona los archivos. Ahora vemos que la multiplicó al infinito. La otra gran ilusión fue ver en la pantalla escrita el sitio en que se reconciliarían Gutenberg y Edison.

Es cierto que hoy se escribe más que nunca, pero con toda honradez hay que preguntarse si el correo electrónico y el surgimiento democrático de un inmenso bloguetariado, en que las estrellas del blog se aprestan a sustituir a las estrellas del rock, han hecho que por la simple práctica intensiva mejoren nuestra prosa y nuestro sentido del idioma. Por otra parte, cada día es mayor el influjo del newspeak de los teléfonos celulares en la redacción de nuestros mensajes.

Otra pregunta es si de verdad el progreso mediático hizo desaparecer a los declamadores o nada más los actualizó. Por cada diez mil personas dispuestas a escuchar poemas acompañados por música y espectáculos, sólo hay veinte con la voluntad de comprar los libros donde se hallan los textos que tanto aplaudieron esa noche.

La poesía –tal vez haya que añadir desde ahora: la poesía escrita– quedó al margen de la vida cotidiana: una afición tan privada y minoritaria como el ajedrez. Sólo que el ajedrez tiene el respeto negado a la otra. Aunque también improductivo en el planeta que domina el mercado, el ajedrez se considera una actividad inteligente, no sentimental como hacer versos. Puedo decir “soy ajedrecista” y ser mirado con respeto. Si me atreviera a decir “soy poeta” provocaría risa.


VI

La vida toda no se explica sin el cambio incesante. Así, negar la necesidad histórica de la vanguardia es imposible. Pero no menos cierto es que la vanguardia segregó de la poesía al público. Una explicación probable es que la gente tardó ochocientos años en habituarse a la rima y de pronto la despojamos de ella. No existe rima en la poesía clásica y no apareció hasta 1200 en los himnos eclesiásticos de un latín ya contaminado por las lenguas vernáculas.

Como el verso mismo, la rima es en principio un recurso mnemotécnico que se usaba hasta en las cartillas y catecismos escolares. Al dejar de ser memorizable la poesía dejó de ser memorable. ¿Qué responderíamos ahora si alguien nos preguntara cuántos poemas nos sabemos de memoria? Esto es, cuántos poemas llevamos dentro de nosotros. No olvidemos que en otros idiomas se habla del corazón: uno se sabe poemas by heart, par coeur, esto es: íntimamente, por dentro.

Hoy el único poema que casi todos recuerdan y es por tanto el más popular de la lengua española resulta:

En este mundo traidor
Nada es verdad ni mentira.
Todo es según el color
Del cristal con que se mira.

Pero si preguntamos quién lo escribió ¿cuántos dirán que fue Ramón de Campoamor (1817-1901)? El verdadero triunfo de la poesía consiste en volverse anónima, disolverse en la vida. El poema se disgrega en versos sueltos y en frases. Una mínima fracción del público que ha devorado El código Da Vinci lee los libros de T.S. Eliot; no obstante, todos los días y en todos los medios de habla inglesa se cita “Abril es el mes más cruel” o “No podemos soportar un exceso de realidad”.


VII

Más paradojas y extrañezas: Nadie, se supone, lee poesía y, con todo, no hay nadie que en algún momento de su vida no haya escrito algunos versos. En cambio, muy pocas personas han hecho novelas o sinfonías o pinturas murales. Si pregunto a quienes me rodean la respuesta más previsible es: “No me interesa para nada. Desde que salí de la escuela jamás he vuelto a leer un poema. No tiene que ver con mi vida.”

Quien lo dice, o bien se conmueve con el Himno Nacional o pasa muchas horas de su vida conectado a audífonos que trasmiten desde su iPod, si no poesía en sentido estricto, al menos versos que se ciñen a la música. Esas letras sí son memorables y memorizables y se llevan by heart, par coeur toda la vida.

VIII

La poesía personal se llama “lírica” porque estaba hecha para cantarse o decirse con acompañamiento musical. En el Renacimiento letra y música se apartaron y la poesía, gracias al desarrollo de la imprenta, se convirtió en un género escrito, hecho para la entonces todavía reciente lectura en silencio.

Quizá el efecto de los instrumentos electrónicos que desplazaron a la poesía de su empleo familiar no ha sido abolirla sino regresarla a los orígenes musicales. Vuelvo a mi ejemplo audiovisual: A una lectura de poesía asisten, en el mejor caso, cien personas; a un concierto de rock, cien mil. De un libro de poemas se venden, durante varios años, si logra el milagro de permanecer en circulación, mil ejemplares. De un disco, aun en la época en que es posible “bajarlo” de internet, un millón de copias.

Internet ha multiplicado hasta el punto de volverlos inabarcables los sitios y los blogs dedicados a la poesía. Ahora quien tenga acceso a una computadora puede leer, y si lo desea imprimir, decenas de miles de poemas. También está en posibilidad de difundir –virtualmente al infinito– sus propios trabajos. La línea divisoria entre productor y consumidor se ha roto. Es un fenómeno tan relativamente nuevo que aún no podemos asimilarlo ni saber a ciencia cierta cuáles son sus beneficios y maleficios.


IX

Por lo pronto, la masificación no debe asustarnos. Siempre se ha escrito una cantidad inmensa de versos y de ellos menos del uno por ciento alcanza a sobrevivir un año o una década. Vivimos en el mundo de lo efímero, lo perecedero, lo desechable. Nos habituamos a asociar la poesía con los valores eternos. Horacio podía creer que sus poemas iban a ser más perdurables que el bronce y las pirámides; Ovidio supuso que lo seguirían leyendo por los siglos de los siglos. Su creencia estaba basada en que el imperio romano duraría miles de años y la lengua latina seguiría viva siempre en el mundo que el césar dominaba. Hoy sabemos que todo nace muerto o se deshace en el aire.

El césar y su imperio se vinieron abajo, pero tampoco se equivocaron estos poetas: gracias a las constantes traducciones los seguimos leyendo, aunque necesitemos de lo que George Steiner llamó “el aparato ortopédico de las notas al pie”. Además perdimos la noción de “cantidad”, indispensable para leer bien sus versos, y nadie sabe realmente cómo se pronunciaba el latín.
En los setenta llegamos a creer que los libros producidos entonces se desmoronarían físicamente antes de cumplir quince años y que para el siglo XXI versos tan claros como los que inician Piedra de sol:
un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
ya no podrían leerse sin asteriscos:

“*Sauce, árbol que crece a la orilla del agua.” “*Chopo, especie de álamo.” “*Álamo, árbol que en poco tiempo alcanza gran altura y proporciona una madera muy resistente al agua.” “*Surtidor, chorro de agua que brota hacia arriba de una fuente.” Hasta el momento nada de esto ha ocurrido.


X

Horacio y Ovidio nos conducen a otra paradoja y a otro ejemplo de la frontera movediza entre lo culto y lo popular. El hexámetro fue el metro por excelencia de la poesía latina. Los grandes poetas europeos y americanos han tratado en vano de reproducir en las lenguas modernas los seis pies métricos de que consta en el original. El resultado no es satisfactorio ni siquiera en maestros como Darío:

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,

carece de la flexibilidad y la naturalidad que el hexámetro tiene en manos de Ovidio y sus contemporáneos. Los herederos del hexámetro han sido los poetas populares.

Hace mil años Per Abbat, o quien haya escrito o transcrito el Cantar de Mío Cid, halló que en la naciente lengua castellana lo más aproximado al hexámetro clásico era un verso largo de dieciséis sílabas. El pueblo español lo partió en dos y nació nuestro octosílabo, el metro por excelencia de este idioma, a tal grado que, según Alfonso Reyes, para el oído popular no suena a poesía nada que exceda de ocho sílabas.

Cómo se asombrarían los poetas latinos y los gruperos de hoy al enterarse de que la más cercana perduración de los versos que sonaban en Roma son las letras de los narcocorridos, y también de que, cultos o populares, todos los versos octosilábicos españoles pueden cantarse perfectamente con la música de La llorona, La guantanamera o El jinete. Basta citar el monólogo de Segismundo en La vida es sueño que comienza:

Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo.

XI

El contraste más fuerte es el que existe hoy entre la poesía y el futbol. No tengo nada contra el futbol, todo lo contrario; pero no dejan de llamarme la atención los suplementos a color que le dedican a diario todos nuestros periódicos frente a las cada vez más menguadas páginas culturales. Y en ellas se reduce día con día el breve espacio que un tiempo tuvieron los poemas y los libros de poemas.

Sería abominable una dictadura ilustrada que impusiera por decreto el leer poesía. Más bien, muchos piensan que habría que prohibirla y perseguirla para hacerla deseable y disfrutarla. Ezra Pound habló de “El pensamiento de lo que Norteamérica sería/ Si los clásicos tuvieran más circulación”. Menos ambicioso que Pound, no dejo de pensar en lo que México sería si la gente supiera de poesía el uno por ciento de lo que sabe de futbol, su historia, sus técnicas, sus grandes figuras, su pasión, su misterio.

XII


Supongo que la capacidad de entender y disfrutar la poesía es como el don de hallar placer en la música clásica, algo que no todo el mundo tiene ni debe avergonzarse por no tener. Tal vez se trate de una capacidad innata en todas las personas que es sofocada muy pronto por la injusticia y por la falta de instrucción. La idea del ritmo está presente desde el primer día de la vida y el bebé se adormece a sí mismo con una canción sin palabras. Poco después descubre el idioma como materia poética y pregunta a sus padres cosas del estilo de “¿Por qué brilla la luna” o “¿Adónde van los días que pasan?”
A veces tiene la dicha de que le permitan apreciar en los versos más sencillos, como
A un panal de rica miel
Dos mil moscas acudieron,
Que por golosas murieron,
Presas de patas en él,
el hecho de que las palabras poseen otra utilidad distinta de la cotidiana. No sólo sirven para decir “Tengo hambre”, “Me quiero dormir”, “Dame agua”; también pueden jugar entre ellas mismas. Cantan en el ritmo y bailan en el encuentro mágico de la rima.


La poesía es la forma más exacta, concentrada y económica de decir las cosas. Así, algunos de los mejores poemas de la humanidad, los epigramas griegos y los haikús japoneses, caben perfectamente, como si estuvieran hechos para ellos, en un correo electrónico y hasta en un mensaje de texto, algo que no imaginaba Teognis al escribir hace veinticinco siglos:

Estupidez humana:
Te conmueven los muertos,
no la flor
de juventud que pasa.

O Kobayashi Issa cuando dice en el Japón del siglo XIII:

Te bañan cuando naces.
Te bañan cuando mueres.
Eso es todo.

La paradoja final de la poesía, que acaso explique su aislamiento, es ser mala conductora de la dicha y el placer, y en cambio receptáculo privilegiado de la negatividad del mundo. Sus topoi, o lugares comunes o temas privilegiados, son los mismos siempre en todas las lenguas, en todas las épocas, en todas las culturas: el dolor, la muerte, el paso del tiempo, lo efímero de nuestra experiencia de la vida. Y sin embargo, por obra y gracia del arte, el sufrimiento se transforma en un goce que sólo puede dar la poesía y gracias al verso se logra decir lo que nada más es posible expresar en un poema.

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