8/25/2008

entierro austero (sigue)

Por Luis Chaves
(viene)

1. Este es un texto sobre la muerte. Quiero que empiece así: hoy también llovió o llueve o va a llover. Tenía que ser la crónica del funeral de una persona sencilla. Estaba implícito que terminara con esa frase negadora, evasiva y sentimental de que la muerte nos hace iguales. La muerte no iguala nada. En fin, esto no es lo que tenía que ser, salió otra cosa. Es un texto sobre la muerte y está lloviendo.

2. Atrás, abajo, va quedando San José. Estamos llegando al centro de San José de la Montaña. Ya dije que llovía, ahora califico la precipitación: llueve como por venganza. A través de la cortina de agua identificamos con dificultad el lugar que buscamos: la capilla de velación. No parece lo que es. Uno diría que es un garaje, o una bodega, o un almacén. A un lado limita con la cancha del pueblo, que sólo puede estar frente a la iglesia, y al otro con la soda Gabriel.

3. Con la misma violencia con que llovía, escampa. Hay un teléfono público cerca de la entrada; en este extremo, unas colegialas en uniforme se relevan el auricular; en el extremo que no vemos, hay alguien que las hace reír. En la escuela pública, cruzando la calle, los del 4ºB, o así, aprovechan la tregua del agua para armar una mejenga. Afuera de la capilla, contra la pared pintada de verde rural, ordenados como quien espera el bus, familiares y amigos del difunto.

4. Pedro A. murió esta misma mañana, a las 9. Tenía 77 años, 8 hijos, 2 hijas y cáncer. Esto me lo dice Juan Bautista, uno de los hijos, después de escuchar con suspicacia mi petición obscena de permiso para quedarme por ahí, al margen, para ver y escribir luego lo que vi. “Hoy murió otro, en Santa Lucía –me dice–, eso me contaron en la floristería”, y traduzco mentalmente ese comentario en “Haga lo que quiera y no me moleste más, no ve que este es un momento difícil”.

5. Lo que veo entonces es un volumen de neblina que se levanta de no sé dónde y avanza llenando los espacios vacíos. La niebla tiene ese atributo misterioso de desacelerar el tiempo. Pasa un bus, ladra un perro, un niño grita, alguien lo calla, todo en cámara lenta.

6. Son las 3:30 cuando la neblina se va como llegó. Unas 40 personas entran por grupos a la capilla pequeña y oscura donde las flores frescas dan más luz que los cirios. Juan Bautista vino de Sarapiquí, otros viven aquí, alguien viene en camino desde Guanacaste. Después de conocerlo es fácil identificar a sus hermanos. El gen vigoroso de ojos claros, cejas tupidas, pelo muy negro, complexión delgada y robusta parece ser la firma de Pedro A. que, cuando vivo, entre otras cosas, trabajó la tierra (así lo dice otro de sus hijos); y quien, muerto, está dentro del ataúd de madera barnizada que iluminan unas flores fosforescentes.

7. Minutos antes de las 4, hora de la misa, empieza el traslado. Una procesión cortísima de gente bien peinada, faldas adentro, faja, impecable. Garúa otra vez y hace frío pero los hombres con camisa llevan dos botones abiertos. Cuatro hermanos cargan el féretro sin hablar, impulsados más por los pensamientos que por los pies. Los otros caminan con las manos dentro de unos bolsillos que hoy parecen más profundos que nunca.

8. Nadie me necesita en la misa, así que aprovecho el momento para entrar a la soda Gabriel. Bancas de madera, mesas con superficie de formica, las paredes pintadas al aceite, en una el “fresco” de rigor que retrata una hamburguesa, unas papas fritas y un vaso de churchill, todo dentro del concepto del gigantismo. Me siento, pido un café y clavo la mirada en el tele donde pasan Dora la exploradora, en mute. Un televisor encendido y sin sonido es para nosotros lo que una fogata fue para los antiguos.

9. Calculo mal y llego a la iglesia cuando apenas va a comenzar el sermón. Llueve torrencialmente otra vez, con truenos. El perro, digamos que de la parroquia, llega al atrio y se sacude. Algunos participan de la misa desde aquí, desde la puerta. Un grupo de cuatro o cinco niños, es lo mismo, brinca y corre alrededor de la iglesia. Adentro, una alfombra roja se extiende entre las dos filas de bancas y el ataúd con los restos mortales de Pedro A., allá al frente, divide todo el lugar en simetría perfecta. El cura habla de la muerte y la resurrección de la carne, o de algo que va a desembocar en eso. Pero los niños siguen jugando y basta mirarlos para saber que la muerte no es esa caja de madera, ni ese ni ningún otro rito; la muerte pura y dura, el signo de pregunta de la especie, son esos niños que corren y se persiguen, el perro que entró de la lluvia, las luces que desde aquí, en este mismo instante, vemos encenderse una a una abajo en el valle, convirtiéndolo en un pastel de cumpleaños gigante. La muerte es todo lo que continúa sin Pedro.

10. El cementerio municipal está a más de dos kilómetros de distancia que implican, además, subir y bajar una colina. La caravana la encabeza el Chevrolet setentón de la funeraria local, la mitad de familiares y allegados lo sigue a pie, la otra se distribuye en unos pocos vehículos. Ronald, el fotógrafo, y yo, con la excusa de no perturbar un momento solemne, nos montamos en el cajón de un camión ganadero. Entre estañones y pichingas, racimos de guineos y cuerdas roídas, vemos pasar las casas de madera limpia orbitadas por todas esas aves que no vuelan, los potreros donde siempre hay una vaca echada y otra en pie (¿en patas?), la vegetación tupida, los árboles que crecen donde termina la frontera agrícola. Todo huele a verde, a flores, a boñiga. No hay aire, solo olores.

11. Como un ejercicio de humor mórbido conjunto del Ministerio de Obras Públicas y Transportes y la Municipalidad local, donde se acaba la calle empieza el cementerio. Como quien dijera: el final del camino o hasta aquí llegaste. El panteón es un plano inclinado, con tapias bajas de concreto que le dan forma rectangular, es un terreno robado a lo que si no es un bosque primario, parece. En medio de una naturaleza menos potente que amenazadora, hay que reconocer que las señales de colonización del hombre dan una sensación de seguridad. Las bóvedas blancas, las cruces de yeso, las lápidas sobre el pasto, que en otro lugar nos ponen la piel de gallina, aquí tranquilizan.

12. En la entrada del cementerio colocan el ataúd sobre una estructura metálica que es como un acordeón con rodines. El acordeón de Caronte, el bandoneón de la Más Fea. Abren la tapa para que, quienes quieran, se despidan por última vez del cuerpo inmóvil de Pedro A. Pasan en orden las hijas, los hijos y después los demás familiares y amigos. Los que no habían llorado aún, lo hacen ahora. Las mujeres no se reprimen, los hombres lloran para adentro, las lágrimas por la garganta. Este momento solemne y verdadero como pocos es un reflector cenital sobre Ronald y este servidor, que ahora parecemos más intrusos que nunca. Me consuela comprobar que él es más visible, tomando fotos con esa cámara ruidosa. En un intento más estúpido que inútil, me alejo de él para que no nos relacionen.

13. Cargan el féretro y lo llevan hasta una bóveda de escaso metro y medio. Lo meten en esa arquitectura que es como una casa pequeñísima, sin ventanas, sin luz y, muy pronto, sin ventilación. Lo que sigue es el sonido arenoso de una pala que mezcla cemento y agua, el golpe sordo de ladrillos con ladrillos. La música muda y vertiginosa de ese gran misterio que por siglos ha sido el metrónomo de todas las religiones y escuelas filosóficas.

14. Terminado el rito, empieza el éxodo. La gente se abraza y se despide en la entrada que ahora es salida. Una mujer respira el alcohol de un algodón, un niño dice “álceme, ma”, en un poste cercano, el farol municipal se enciende y se apaga, intermitentemente, como enviando un mensaje codificado a no sabemos quién ni sabemos dónde. Con Ronald, me monto en un pick-up al tope de desconocidos.

15. Poco más se puede agregar. Esto iba a ser una crónica pero salió otra cosa. Quiero que termine así: Desde la cima de la colina antes de llegar al centro del pueblo, las luces del Valle Central parecen un espejo del cielo despejado y punteado de estrellas. Dejó de llover, el canto de los grillos crece como otra forma de neblina.

(vuelve)

(publicado en SoHo)
--

9 comentarios:

kurubeta dijo...

Chaves, he visto un libro tuyo en la fermosa edición cartonera fashioned de Dulcinea catadora de Sao Paulo, felicitaciones, papel reciclado puréte y tinta a full d eun negro mefistoféliko!!!

tetrabrik dijo...

te envidio pues yo todavía no he visto esa edición!

EmmaPeel dijo...

Me encantó
Saludos

tetrabrik dijo...

gracias por pasar, emma peel. :)

Ignacio Guevara dijo...

Leyéndote recuerdo, reanimo fantasmas y desenpolvo mis archivos.

maluigi dijo...

esselente..desde muy lejos, veo como un fanatasma como van y vienen la neblina, los aguaceros, la natura, los grillos..y buenisimas algunas frases descriptivas lapidarias..llueve como por venganza, los bolsillos mas profundos..el verde rural, la irremediable iglesia, soda cancha de futbol..el fresco, la tele como fogata...disfrute mucho la cronica..saludos sinceros

tetrabrik dijo...

gracias !

Alberto Calvo dijo...

Bonito que la muerte fuese como la describís. El tránsito inequívoco de la cotidianidad.

Texto frontal, sincero, de los que disfruto.

Saludos cordiales.

tetrabrik dijo...

saludos, alberto.