9/01/2008

sparring

Por Luis Chaves
(viene)


Debajo de la cabeza de cartón piedra de Óscar Arias, está Henry El Oso Sáenz. Se mueve en un cuadrilátero caricaturizado. Debajo de la cabeza del contrincante, su archienemigo Ottón Solís, hay otro boxeador contratado para el comercial de televisión que financia el movimiento del Sí al TLC. En el comercial, como en el posterior resultado del histórico referéndum, Arias gana el combate. El Oso Sáenz, sin embargo, nos cuenta una anécdota poco conocida: en la filmación del spot publicitario, en uno de los ensayos, el monigote tripulado de Ottón Solís le pegó más fuerte de la cuenta y le abrió una ceja. Así que debajo de aquella cabezota orejona triunfadora, había un tipo sangrando. Un sparring.

Decir que Henry El Oso Sáenz es un sparring es decir solo una parte de la verdad. También es un boxeador. En Costa Rica, de hecho, no existen sparrings profesionales, no hay nadie que se dedique en exclusiva a ser esa persona con la que se entrena un boxeador para preparar un combate. Se trata infaliblemente de una de estas variantes: boxeadores jóvenes que quieren darse a conocer, o boxeadores activos o retirados que encuentran en el “guanteo”, ya sea una entrada extra, en el mejor de los casos, o una manera de mantenerse cerca del deporte que se les fue convirtiendo en modo de vida.

Henry Sáenz nació el 6 de febrero de 1975 en la provincia de León, Nicaragua, un territorio pródigo en peleadores de fama mundial. En un país en el que el boxeo es una especie de religión, tiene mayor mérito el hecho de que, desde temprana edad, el corpulento joven se hiciera su lugar en las filas de la selección de boxeo olímpico. Ya en 1995 ganaba la medalla de bronce en los 91 kilos (peso pesado) en el torneo centroamericano. Saltando hacia adelante en el tiempo, ahora, a sus 33 años, los números de El Oso están en 18 victorias (14 por nocaut), 7 derrotas (6 por nocaut) y un empate. Pero esas cifras hablan solamente de sus peleas oficiales, su faceta de boxeador, porque Henry Sáenz es parte de la regla y tiene que trabajar para vivir. Su trabajo fijo es en una tienda frente al hospital San Juan de Dios; cada tanto, sin embargo, salta la oportunidad de trabajar como sparring para otro boxeador. Ya veremos como el sustantivo “trabajo” le queda grande al oficio de sparring en nuestro país.

“Yo vine a Costa Rica, la primera vez, en el 95, con la selección olímpica. Después seguí viniendo interesado en encontrar trabajo. Después me trajeron para pelear con mi tocayo, Henry Porras. Así me fui quedando. Te estoy hablando de algo así como el año 98”. A lo largo de un par de entrevistas (una en el gimnasio Total Boxing, del excampeón intercontinental Humberto Aranda, y otra en el Gimnasio Número 2 de La Sabana, el lugar obligado por donde debe pasar todo boxeador tico que se precie), vamos a comprobar que Henry tiene una tendencia a errar las fechas. Pero ese atasco lo neutraliza notablemente el vocabulario preciso y eficaz, como jabs seguidos de recta al mentón, con que va relatando su experiencia en el mundo de los guantes.

El Oso Sáenz es bachiller y tiene un título de técnico medio en contabilidad. El apodo no es casualidad ni metáfora; salta a la vista que su división en el boxeo se encuentra en el peso completo. Tiene tres hijas (dos en Nicaragua y una aquí), parece más joven de lo que es y, de cerca, las cicatrices en las cejas y en la base de la nariz revelan su oficio.

Después de la primera entrevista, Henry se mete en el vestidor y sale enfundado en su ropa de entrenamiento, que consiste en un buzo, tenis especiales de media bota y una, digamos, camisa de plástico amarillo, “porque tengo que bajar de peso”. Inmediatamente empieza su rutina, esa serie de ejercicios que históricamente han hecho del boxeo el deporte cinematográfico por excelencia: salta la suiza hasta que la cuerda se vuelve invisible, le pega a la pera hasta que el repiqueteo se transforma en un mantra, le lanza golpes de todo tipo a un rival imaginario en esa coreografía que tiene el sugerente nombre de “hacer sombra”. Entonces El Oso Sáenz, que minutos atrás era apenas el boxeador que empezaba a introducirnos en los detalles del oficio del sparring, deja de ser un púgil individual y se transmuta en la imagen del boxeador, es decir, en todos los boxeadores.

El boxeo, bien lo dijo un escritor, es la zona roja del deporte. En estado de permanente sospecha, descalificado, desprestigiado, denostado e incluso, en diferentes épocas y lugares, censurado. Salvo casos excepcionales, las abultadísimas sumas de dinero que se mueven alrededor del pugilismo se quedan en manos de los patrocinadores, los promotores, los manejadores, los apostadores y todos los demás –ores, menos en quienes ponen el pecho, la cara y los puños. Es así desde hace tanto tiempo que parece una de las leyes de la termodinámica o un dogma de fe, como prefieran. Por eso no genera asombro alguno escuchar a El Oso cuando afirma que en Costa Rica, donde la precariedad de este deporte pasa por un lente amplificador, los sparrings raramente reciben paga por los servicios prestados.

“Aquí —dice mientras se sube las medias debajo del jeans— más bien se hace casi por amistad, todos nos conocemos. Uno lo ve como una ayuda al otro boxeador. En otro momento le va a tocar a uno alguien que le haga de sparring”.

Pero no siempre y no todo es gris en el planeta del sparring; felizmente el historial ayuda. Al desglosar el expediente deportivo de Sáenz, nos encontramos con un pugilista que se enfrentó a Mohamed Azzoui (excampeón de peso crucero) en Rusia, a Alexander Alexeev (excampeón de peso pesado) en Alemania (ambos el año pasado), a Fabrice Tiozzo (excampeón de peso crucero y semipesado) en Francia y a Thomas Ulrich (excampeón alemán de peso semipesado) en Alemania (los dos últimos en el 2006). Esos son puntos a su favor que han cristalizado en contratos como sparring en el extranjero; remunerado, como corresponde. Porque lo que en países como el nuestro es considerado todavía como una variante de favor, en otros lugares es un trabajo respetado. De hecho, larga es la lista de sparrings que entrenaron con campeones y que luego saltaron a la élite del boxeo mundial. Para nombrar a uno, Larry Holmes, excampeón mundial que inició como sparring contratado del más grande de todos los tiempos, su majestad Muhammad Ali.

Hace poco, respaldado por su currículum, a Sáenz lo contrataron como sparring de Andy Ruiz Jr., conocido como el Golden Destroyer (Destructor Dorado), un boxeador mexicano-norteamericano que ronda los 120 kilos (270 libras) y que con apenas 18 años estuvo a punto de clasificar para los Juegos Olímpicos de Pekín. Henry trabajó con el equipo de Ruiz en San Diego y en Tijuana por varias semanas, por un salario cercano a los 600 dólares semanales. “Un golpe de Andy debe ser lo más parecido a recibir un mazazo. Imaginate el derechazo de un tipo de casi 300 libras. Lo que uno hace cuando guantea con peleadores como Andy es tratar de sobrevivir en el ring”.

Antes de esta experiencia como sparring en San Diego y Tijuana, El Oso Sáenz ya había sido contratado para lo mismo en Alemania por el equipo de un boxeador croata. Allí le habían ofrecido inicialmente 500 dólares por semana más viáticos, pero finalmente, y esto él lo atribuye a su desempeño en el cuadrilátero, le pagaron 200 dólares adicionales por semana.

Henry Sáenz tiene buenos recuerdos de sus experiencias como sparring en países donde el pugilismo tiene estructuras más sólidas. “El trabajo de sparring en países desarrollados es muy profesional. Además del ‘guanteo’ tradicional, hay trabajos específicos. A veces dividen el ring en cuatro y hay que pelear los dos en un mismo cuadrante, cosas por el estilo”. Toda esta experiencia afuera, sin embargo, no lo aleja de su realidad, tiene muy claro que oportunidades así se dan esporádicamente, no son moneda común. “Mientras siga boxeando, es muy probable que haga de sparring para gente del medio nuestro, así es”.

Ya de por sí, por su naturaleza, el boxeo es un oficio jodido, para decirlo con elegancia. El del sparring es más o menos lo mismo, pero sin las luces ni el protagonismo que todo púgil busca. Es una labor en la sombra. Se trata de un trabajo anónimo, y en nuestro medio, además, todavía no es remunerado como se debe. Pero algo tiene el boxeo, ese algo que lo ha convertido en una cantera inagotable de la literatura, la fotografía y el cine; en espectáculo estético para muchos; esa aura misteriosa y magnética que atrae hasta a quienes lo definen como otra representación de la barbarie. Algo tiene que aunque sea de gratis, para ayudar a entrenar a un colega, los boxeadores siguen subiéndose al cuadrilátero, a ese cuadrado de las 12 cuerdas. Se suben a dar y a recibir en ese deporte ancestral que dependiendo desde donde se mire, es democrático o darwinista.

(vuelve)

(publicado en SoHo)


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2 comentarios:

Falsa Lesbiana, Tortillera Resentida dijo...

deberiamos encontrarnos ahi en guate
no crees

Puta y Kilombera dijo...

empece kick boxing amigo borracho!
les echo de menos
saludos a las chicas