11/09/2009

treintidós hectáreas (sigue)

A las 19 horas del viernes 7 de agosto, un jurado de lujo, presidido por el Premio Magón Rafael A. Felo García, empezaba a leer el fallo del Concurso Arquitectónico para el Plan Maestro del Parque Metropolitano La Libertad. Una hora después, los jóvenes arquitectos de sanjosereves fueron el objetivo de las entrevistas, las cámaras, los micrófonos. A donde fueran, los seguía la electricidad.


UN ÁTICO + UNA IDEA + UN DISCO + UNA MILPA + OTROS ELEMENTOS QUE COMBINADOS DESEMBOCAN EN UNA PUERTA GRANDE

1. Desde la ventana de la oficina se ve una milpa. No estamos en las afueras de ninguna cabecera de cantón, estamos en pleno San Pedro, en los linderos del barrio La Granja. En el mail, las señales de Diego fueron “desde la esquina de la plaza Roosevelt (bajando hacia la pulpería La Casita) 300 metros... vas a ver un edificio esquinero grande...está ‘forrado’ en cobre y tiene ventanas grandes anaranjadas... son las oficinas de van der Laat y Jiménez”. La milpa, productiva y rodeada por láminas de zinc sólo, no se adivina a nivel del suelo, se puede ver desde la altura. Como desde los ventanales norte de este edificio en donde sanjosereves acampa temporalmente desde hace más de un año.

2. Todo empezó en abril del 2007, en el ático de una casa en Moravia. Diego van der Laat volvía de Londres de terminar sus estudios en la Architectural Association School of Architecture. Marisol Rímolo se graduaba de la Universidad del Diseño en San José. Aunque, quizás, todo empezó entre 1999 y el año 2000 cuando Diego, que está dividido entre el cine y la arquitectura, realizó un cortometraje con imágenes de San José y lo musicalizó con parte del disco Revés/Yo soy de Café Tacuba. Lo cierto es que la idea se materializó con un pabellón en el show-house de Su Casa en vivo del 2006. Sin embargo, en un medio pequeño, dominado por estudios y firmas de reconocida trayectoria, y en el ámbito de un sector golpeado por una crisis global, no ha sido fácil abrirse campo. Aún así, en estos tres años sanjosereves ha venido trabajando en voz baja, sin estruendos, proyectos pequeños en los que, en un futuro, los historiadores de la arquitectura señalarán los rasgos esenciales, la gramática discreta y la sintaxis precisa del lenguaje de sanjosereves.

3. Antes del premio, ya había llamado la atención de publicaciones como 1000x Architecture in the Americas y la prestigiosa revista catalana 44 Young Architects. Además, en el 2008 fue uno de los estudios de arquitectos invitados a exponer en la Bienal de Arquitectura en Londres.

4. Al equipo se sumó este año la arquitecta Ana Patricia Arias, graduada también de la Universidad del Diseño, institución que al cerrar las puertas este 2009 crea, involuntariamente, un pequeño grupo de arquitectos que a la manera de un club exclusivo o de una logia masónica llevarán en su trabajo algo parecido a un sello de agua. Ana Patricia participó desde el inicio en la propuesta de sanjosereves para el concurso del Parque La Libertad. El miembro más nuevo es Víctor Monge, jefe del departamento unipersonal de dibujo.

5. Interrumpida la entrevista por una llamada telefónica, da tiempo para bucear entre los papeles del escritorio el número de la 44 Young Architects y copiar un pasaje del artículo dedicado a sanjosereves en el que se autodefinen: “si bien es cierto que la oficina ha trabajado en diversos proyectos, en este momento nos enfrentamos a la sana imposibilidad de definir nuestra metodología de trabajo”. La duda como punto de llegada, la incertidumbre como declaración de principios.


UN LLAMADO A CONCURSO + UN SEUDÓNIMO DICE MÁS QUE MUCHOS NOMBRES + EL MUÑECO DE DESAMPARADOS + 32 HECTÁREAS + RAMAS DE ALGO QUE HUELE A ANÍS

7. El 16 de febrero de este año, la Fundación Parque La Libertad, creada para “coadyuvar al Ministerio de Cultura y Juventud en el desarrollo del proyecto” lanzó el Concurso Arquitectónico para el Plan Maestro del Parque Metropolitano La Libertad. Al certamen se inscribieron 50 empresas nacionales, finalmente fueron 20 las que presentaron proyectos; de esas, 5 fueron las finalistas elegidas por el jurado.

8. El francés Georges Perec (1936-1982) es uno de los escritores más representativos de la literatura del siglo XX. Fue parte de movimientos renovadores de las letras francesas como el Oulipo (del que fueron parte Italo Calvino y Marcel Duchamp, entre otros) y el de la nouvelle roman o nueva novela (que incluye a Marguerite Duras y Alain Robbe-Grillet). Su novela emblemática, La vida: manual de uso (1978), tiene un antecedente en lo que parece su cantera estilística y filosófica, Especies de espacios (1974). A partir de este libro se ha dicho que Perec funda un urbanismo subjetivo, una arquitectura literaria, una geografía de la memoria. Traducido al vuelo, “pasamos de un espacio a otro sin ocuparnos de medir, de tomar en cuenta esos lapsos del espacio. El problema no está en inventar el espacio, sino en cuestionarlo, en hacerle preguntas, en saber leerlo; porque eso a lo que llamamos cotidianidad no es evidencia, sino más bien opacidad: una forma de ceguera, un tipo de anestesia”.

9. Georges Perec fue el seudónimo de la propuesta de sanjoserves. Los otros finalistas usaron: Gran Hermano, Flexia, Claro del bosque y ABC.

10. Visitamos el terreno del futuro parque con Diego, Marisol y Ana Patricia. Algo quedó muy claro de camino al lugar, si uno no es de la zona, hay que preguntar cada kilómetro. Otra cosa queda igual de clara, El Muñeco, así con mayúsculas, es una modalidad de estatua, antropomórfica, a escala natural, a nivel del suelo y punto de referencia capital en Desamparados. La dirección vigente es de El Muñeco tanto para allá, tanto para el otro lado. Inútil anotarlo, imposible recordarlo.

11. Las 32 hectáreas del proyecto están en el punto donde coinciden las comunidades de Patarrá, Fátima, Linda Vista y Río Azul. A partir de la primera visita de Diego, Marisol y Ana Patricia al terreno, empezó a gestarse la idea central de la que sería la propuesta de sanjosereves: no querían que el concepto de libertad fuera representado por un edificio o un monumento, sino que se concretara propiciando la apropiación del terreno por parte de las comunidades vecinas.

12. Afinaron el oído de la intuición, no pasaron por alto ni lo grande ni lo pequeño. Escucharon el sonido químico del río Damas que cruza la propiedad, se pararon debajo del arco de las tres altísimas naves que dejó la antigua fábrica, vieron los caños y canales de cemento que cruzan el terreno como el esqueleto de un pueblo abandonado. De cuclillas, cortaron ramas de esas hierbas que se habían apoderado nuevamente de lo que les pertenecía, dormilonas, santalucía, mirtos y una planta que huele a anís. El parque limita con la colina habitada de Linda Vista, un caserío atravesado por la columna vertebral de unas gradas empinadas. Si uno –dice Marisol– se para en el límite del parque y estira el brazo, puede chorrear café en la casa de alguien.

13. Si fue ese el punto de partida, el proyecto no podía terminar en otra cosa que en un ejercicio de respeto por el lugar, por lo que hubo, por las jornadas de quienes trabajaron en la industria que antes se levantó allí, por las familias, los grupos de jóvenes, los visitantes solitarios que van a usar el parque. Entonces es cuando la arquitectura da un paso al lado, abandona la tentación de protagonismo y apuesta por ser un vehículo y no un destino.

14. Ellos lo presentan mejor en la intención general: “nuestro proyecto intenta dejar de lado el simbolismo y las metáforas que en muchos casos generan superficialidades formales y tiene en cuenta que uno de los mayores enemigos de una arquitectura sostenible y sustentable es la estética ecológica sin fundamentos. De esta manera, se busca la simplicidad conceptual por medio de una arquitectura sencilla que nace de las posibles conexiones peatonales entre las comunidades vecinas y que es construida con materiales nacionales, buscando el equilibrio con los recursos y condiciones locales”.

15. Lo dice también el acta del jurado: “La propuesta elegida toma la acertada decisión de descubrir la idea como alma de un lugar que lo reconsidera con una mínima manipulación de este, revelando sus valores ambientales y alojando los usos exigidos fundamentalmente en las estructuras existentes, evitando la tentadora inclusión de artefactos ajenos al lugar y a su tiempo”.

16. El día de la visita, mientras nos llevan de uno de las cascarones de la antigua fábrica a otro, cruzamos el terreno y bordeamos el estanque artificial que será reutilizado y Diego señala un pequeño bosque de pinos que recomiendan sustituir por especies endémicas. Salta inmediatamente a la pregunta, “¿estos pinos tienen más de cien años de crecer en el país, hasta cuándo serán considerados inmigrantes?”

17. Marisol (26 años), Ana Patricia (25) y Diego (29) presentaron, como lo pedían las bases del concurso, las láminas y la memoria descriptiva de la propuesta en bolsas negras plásticas, selladas y con la etiqueta donde se leía Georges Perec. Era la cantidad mínima posible de láminas, una propuesta muy sencilla, magra, en voz baja. Era una lectura cuidadosa del espacio. Una forma de pensar la arquitectura como algo que ocurre lejos de las pasarelas, de los cenitales, lejos del ruido. Más bien algo que se fortalece en la mesura. Algo cercano al silencio. A la fotosíntesis.


(una versión editada en SuCasa51)

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9/17/2009

el 75 y el 194

Mauricio Ordóñez, que fue parte del staff central de la legendaria revista Kasandra, pide puerta.

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9/11/2009

no más religión constitucional

Jorge Jiménez saca los chacos contra los curitas.

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8/11/2009

joaquín rodríguez del paso


RADIOGRAFIA DE UN SABOTEADOR

Por Luis Chaves

1. Joaquín Rodríguez del Paso tiene veintiséis años y se pasea por los pasillos amplios de un supermercado neoyorquino. Avanza un tanto desorientado entre góndolas desproporcionadas; tubos fluorescentes gigantes; filas simétricas de latas, cajas, frascos y botellas. El inventario de la abundancia. Con las manos en los bolsillos, a puro tacto, cuenta las monedas de su presupuesto de estudiante tercermundista en el Pratt Institute mientras clava la mirada en el anaquel de enlatados Green Giant. No se imagina en este momento que aquellas latas de arvejas, espárragos y maíz dulce, colocadas en orden de tamaño, serán, 20 años más tarde, materia prima para uno de sus trabajos pictóricos más incisivos: la serie Americana.

2. Trasladado de México (lugar en el que nació) a Tibás, Joaquín Rodríguez del Paso llegó a las Bellas Artes por el camino largo. Magnetizado desde niño por el dibujo, en la secundaria eligió la puerta vocacional de dibujo técnico. El siguiente paso fue la carrera de arquitectura en la UACA y de ahí el salto a la especialidad de cerámica en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Costa Rica. La cerámica, considerada siempre como la prima tonta de la escultura, le significó una beca en el Pratt Institute en Nueva York a fines de la década de los 80. Allá se puso serio y abandonó esa especialidad de tan mala prensa por el diseño industrial, una carrera.

3. En Americana, una serie de pinturas de formato grande (lienzos de 2 x 2,5 m) Rodríguez del Paso ha venido trabajando desde hace más de tres años. El título no es gratuito, Americana es el término usado en los Estados Unidos para referirse al conjunto de ciertos artefactos e íconos emblemáticos de esa cultura, la norteamericana: el pastel de manzana, Superman, el béisbol, el arte de Norman Rockwell, el jazz, el Viejo Oeste. Ahora, consecuente con lo que ha sido un común denominador en su obra, el término se utiliza con otra vuelta de tuerca, con un ruido turbador. Los cuadros de la serie, en lugar de representar los fetiches de la cultura estadounidense, giran alrededor de los tópicos de nuestra cultura. El exotismo, la idea de lo latino, la naturaleza virgen, la caricatura del nativo.

4. JRP vuelve a Costa Rica desde Nueva York y ya trae incorporado el cromosoma de la duda. En poco tiempo se convierte en uno de los pioneros del grupo de artistas plásticos que adoptó ese giro que desprendió al arte contemporáneo del anterior y que no fue otra cosa que traer estructuras de pensamiento de la filosofía a las artes plásticas. El espejo hegeliano en la acera de enfrente del arte, para decirlo de algún modo. Ya desde la administración Monge, en la década del 80, Rodríguez del Paso trabajaba lo que Virginia Pérez Ratton llamó los “bodegones políticos” en los que la preocupación estética era tan importante como el insight socio-político. Desde ese periodo se veía el germen de su mecanismo intelectual, aparecían los temas que se fueron convirtiendo en ejes de su obra: el centro versus la periferia, la construcción de la identidad cultural, la marginalidad, los conceptos de otredad y exotismo. Caso único en Costa Rica, por lo menos hasta donde conocemos, creó un alter-ego que se ocupaba de la reflexión teórica, de la argumentación crítica: John Nadador.

5. Algunos títulos de la serie Americana: “The Pure Life”, “Waiter Web”, “It’s a Wonderful World”. Los ticos que aparecen en la serie son meseros, putas, campesinos, cocodrilos. Todos ellos, clichés, aparecen bajo la mirada del la imagen también caricaturizada del “extranjero”.

6. Hasta acá nada parece nuevo. El camino del arte del subdesarrollo está pavimentado con la autoconmiseración de quienes se sienten víctimas. El giro fundamental, la vuelta de tuerca excepcional de JRP es que se corre del púlpito del artista llorón, del lugar común del pobrecito y se inscribe, se incluye en el arco de la sospecha. No es el dedo acusador, no es el arte sentencioso, dueño de la verdad, es justamente todo lo contrario: cuál es la línea que separa, en este caso por lo menos, a la víctima y al victimario. Americana dice algo como “soy juez y parte de lo que juzgo”. Hay sí, un bombardeo mediático, hay sí una expansión cultural, hay un aparato de reproducción de “valores” también ignominioso (el concepto de ganador-perdedor por nombrar uno). Pero JRP no deja de hacerse preguntas del tipo ¿dónde estoy yo como latinoamericano privilegiado (y esto plantea otro tema ineludible: los artistas no son precisamente hijos de las clases carenciadas que muchos pretenden representar)? ¿Con qué autoridad puedo señalar la cultura que critico? ¿Estoy fuera del campo gravitacional de esa cultura?

7. El nuevo banano de Costa Rica es ese paquete esterilizado y empacado al vacío que se vende en el extranjero bajo el nombre de “paraíso natural”. El país pasó de la venta de postres a la de mano de obra. Un repaso sobre las obras que componen el conjunto Americana dice cosas así. Pero también dice esto no es una denuncia social desde la posición del artista mesías, esto no es una “pasada de juicio” contra entes externos. Estas obras preguntan hasta qué punto hemos asumido como reales los clichés sobre nosotros mismos. Afirman, con un dominio magistral del binomio crítica-autocrítica, “esto es una serie de trabajos que orbitan la dialéctica del amor y el odio, el miedo y la admiración, la sumisión y la rebeldía”. No es, pues, un veredicto tranquilizador. Americana es una prueba de ácido en la propia piel, un verdadicidio, un sabotaje contra la buena conciencia.

(publicado en artmedia 18)

(página de JRP)

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8/07/2009

un poema de javier payeras (guatemala)

¿te acordás de astroboy?
¿te acordás del alacrán enorme que vimos en aquel muelle a la orilla del lago?
¿te acordás de las pastillas de menta marca diana?
¿te acordás del cine lido?
¿te acordás de la ternura sofocante y de las cervezas en aquella calle de granada?
¿te acordás de la cena que me hiciste para consolarme cuando pensé que lo había perdido todo?
¿te acordás del vino y de la grama húmeda cuando te leí “the howl” en una pésima traducción española?
¿te acordás de ese libro?
¿te acordás de kulchur?
¿te acordás de aquella canción de the smiths que escuchamos en el carro frente a un bar henchido de dientes?
¿te acordás de las prostitutas viejas que lloraron conmigo al verme tan intoxicado?
¿te acordás de los ricitos?
¿te acordás de la cerveza que nos tomamos cuando perdí aquel concurso de novela?
¿te acordás de panajachel en el año 98 cuando todo importaba poco?
¿te acordás aquel libro que empasté con cajas viejas?
¿te acordás de las horribles ferias del libro donde nos reíamos de los escritores y luego nos acabábamos todas las ganancias en cantinas del centro?
¿te acordás de mi amor por paul celan?
¿te acordás de las fiestas funk en aquella galería de la zona 9?
¿te acordás del bullwinkle de peluche que colgamos en la lámpara?
¿te acordás de la borrachera que nos pusimos cuando nació mi hijo?
¿te acordás de la película de estuardo prado que nunca terminamos?
¿te acordás de las borrascosas noches en la bodeguita del centro?
¿te acordás que detestábamos la nueva trova?
¿te acordás de esas largas charlas sobre el mundo cuando caminábamos por el centro hasta que llegábamos a la parada de tu bus?
¿te acordás de los dibujos de las sillas?
¿te acordás del jesús de chocolate?
¿te acordás de aquellos poemas de rodrigo lira que representamos?
¿te acordás de los discos que compramos con dinero de la gaveta de tu papá?
¿te acordás del poema que inventamos cuando ibas a irte a francia a buscar tu camino?
¿te acordás de aquella borrachera en el bar belice en quetzaltenango?
¿te acordas de primus?
¿te acordás de las noches en ese karaoke de la zona 4?
¿te acordás de aquella cena de poetas que arruinamos con chistes vulgares en tabasco?
¿te acordás del cortázar que leímos durante nuestro primer largo desempleo?
¿te acordás de hazy shade of winter de bangles?
¿te acordás cuando que murió syd barret y lo cantamos a todo pulmón en aquel bar de san josé?
¿te acordás del nombre del replicante en blade runner?
¿te acordás de aquella noche en el parque de antigua donde conocimos a diógenes?
¿te acordás que masticábamos alprazolam como si fueran pastillas vick?
¿te acordás de la lluvia detrás de los vidrios en aquella bodega donde trabajábamos y creíamos que el mundo se había muerto para nosotros?
¿te acordás de ese disco de queen que tiene una portada negra?
¿te acordás de astroboy... de verdad, aún te acordás de eso?

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8/03/2009

kung fu

por Luis Chaves

Ahora es un pasaje que da al patio. Ahora es cuarto de pilas y bodega, de un gancho atornillado en una vigueta de madera, cuelga una bicicleta colonizada por las arañas. Hay tarros de pintura, botellas de desinfectante, herramientas, esqueletos de armarios, piezas de estantes, recipientes vacíos. Es el territorio de lo incompleto, lo inservible, los fragmentos. Pero antes, en otra época, fue algo mejor, estuvo más arriba en la jerarquía arquitectónica. Durante mi infancia, de los cero a los 7 años, fue un zaguán que en un extremo daba al frente de la casa y que en el otro conectaba con la cocina que, a su vez, era el típico agregado levantado en el patio. En el zaguán había un juego de sala de vinil con relieve, una pizarra negra en la que yo practicaba el abecedario con tizas de color y una mesita ratona donde estaba el pequeño Toshiba, blanco y negro.

Lejos de la solemnidad de la sala y cerca del calor de la cocina, el zaguán fue zona de gran actividad. Lo evidencian las pocas fotos que quedan de ese período. Niños en ronda alrededor de una piñata hechiza (bolsa de papel kraft del mercado forrada con papel crepé), niños tirados en el piso luchando por los confites, el maní y los relojes de plástico. Ese que se quedó de pie, con el pañuelo en una mano y el palo de escoba en la otra, con carrera al lado, zapatos ortopédicos y tendencia a la obesidad, soy yo.

Es 1976. Es 1977. La fiesta terminó hace rato, se fueron ya los primos y vecinos, mamá cayó rendida en su cuarto. Estoy solo en el zaguán y llega ese momento mágico para un niño: noche, soledad y televisión. Es la hora de la serie que me tiene hipnotizado, Kung Fu. Enciendo el tele, me acuesto boca abajo a escasos diez centímetros de la pantalla y espero. Entonces empieza. El viento sopla en una tierra árida, el sol se hunde en la línea del horizonte, suena una flauta de bambú, rasguean unas cuerdas orientales, aparece la silueta de Kwai Chang Caine dejando su huellas en las dunas del desierto. Luego esa sinopsis introductoria en la que, en unos segundos, repasan la historia del protagonista: su llegada como huérfano al monasterio Shaolín, el proceso de entrenamiento y aprendizaje, el momento en que puede logra arrebatarle el guijarro a su maestro y que marca el final de su estadía con los monjes. Luego, al final de esa sinopsis y antes de entrar en el episodio, aquel pasaje que me impresionaba profundamente: 1. Kwai Chang Caine caminando sin dejar huella sobre el papel de arroz; 2. De pie frente a un caldero hirviente, colocando sus antebrazos en los costados del caldero, el derecho sobre la imagen del tigre, el izquierdo sobre la del dragón para luego levantar el caldero y tatuarse, sin gritos ni dramas, esos símbolos sagrados.

El argumento general de la serie era el siguiente: Kwai Chang Caine, huérfano de padre norteamericano y madre china, es criado en un monasterio Shaolín. En el primer episodio de la serie, el joven Caine ya es monje y su venerado y ciego Maestro Po muere a manos del sobrino del emperador. Caine, que presencia el crimen, entra en escena y mata con pies y manos al asesino. Huyendo de China, llega al oeste de los EE.UU. a buscar a su medio hermano, Danny Caine. Una vez ahí deambula de pueblo en pueblo, preguntando por su hermano y escapando de los caza-recompensas que quieren entregarlo a la justicia china. Es fácil entender la fascinación que despertaba esa historia en aquel niño que esperaba, una noche por semana, ver a aquel monje cuyos únicas herramientas para sobrevivir en un medio hostil eran su destreza en artes marciales y el poder interior de su filosofía de vida. En las tardes, yo iba al catecismo donde nos torturaban con una religión basada en el miedo y la culpa, y de noche escuchaba a Caine decir cosas como “no busco saber las respuestas, necesito entender las preguntas”.

El recurso del flashback era esencial para la serie. Se iban entrelazando los eventos de cada episodio con los recuerdos de Caine sobre su educación en el templo Shaolín. Obviamente yo quería ser ese Pequeño Saltamontes, educado por el maestro Po y el maestro Kan. Quería defenderme en la escuela con patadas de kung fu. Pero terminaba cada episodio y regresaba del oeste norteamericano del siglo XIX a Zapote, a la educación judeocristiana y el peso de los zapatos ortopédicos no facilitaba la flexibilidad requerida para las artes marciales.

Hace una semanas murió David Carradine, el actor que interpretó a Kwai Chang Caine, el héroe de mi infancia. Su muerte estuvo rodeada de la predecible maledicencia mediática. Sé también que en vida participó en algunas buenas películas y que trabajó con grandes directores. Nada de eso me interesa. Me importa que su muerte me devolvió a ese zona que llamamos pasado y que para mí es una más geográfico que temporal. Un lugar lejano, poco accesible y carente de atractivo turístico alguno. Un lugar del que tengo sensaciones incompletas, objetos a medio terminar, piezas sueltas. Y que ahora, rebobinando hasta ese zaguán donde miraba cautivado aquella serie cruzada por un hombre descalzo en el desierto, en eterno estado de introspección, entiendo que me atraía sobretodo, y sin saberlo entonces, el imán de aquel pathos devastador que atravesaba la historia del protagonista.

Sería ridículo decir que extraño a David Carradine. Pero tampoco extraño a Kwai Chang Caine, porque está en ese lugar del que tengo pocos buenos recuerdos. Más bien, ahora que pienso en ese personaje, en esa serie, en esa época, tengo la sensación de una despedida que se extiende, que no termina nunca. Los créditos del final de cada capítulo sobre la figura de Caine caminando de espaldas a la cámara, alejándose, descalzo, con los zapatos colgados del morral, cruzando el desierto.

(publicado en SoHo 32)

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7/28/2009

5/20/2009

paradojas del trabajo

por Tatiana Lobo

El primero de mayo me quedé en casa. Me molesta ver a los necios que desde las aceras gritan “vagos, vayan a trabajar” No, no fui, pero supe que la policía detuvo a unos jóvenes anarquistas y los golpeó salvajemente. ¿Por qué la policía se ensañó con un pequeño grupo, ignorando a la masa sindical y sus dirigentes? ¿Significa que para el gobierno Arias resulta más peligroso un muchacho con un tarro de pintura que todos los sindicatos juntos? Pero esto será analizado más adelante. Lo que me ocupa de manera inmediata son las paradojas del trabajo.

Es un desatino “celebrar” el Día del Trabajo. En épocas anteriores a la industrialización, el trabajo era algo tan despreciable que precisamente por eso se inventó la esclavitud, que luego la modernidad llamó “trabajo asalariado”. Antes, griegos, romanos, caballeros feudales, etc. eran todo deportes, dados, justas y buen vivir. Hasta que el capitalismo, al ver que así no iba a para ningún lado, le pidió ayuda a la reforma protestante. Entonces, Calvino santificó el trabajo, decretó abstinencia, y la idea se propagó por todo el mundo cristiano. Y llegó al Vaticano pese a que la Biblia en ningún momento dice que el trabajo es santo, al contrario, dice que el trabajo es un castigo. Y tan es así que la palabra trabajo viene del latín, tripalium, un instrumento de tortura parecido al cepo.

El trabajo es un cepo. Eso lo sabemos todos y todas. Paul Lafargue descubrió las maliciosas maniobras que hacen del trabajo un instrumento de dominación, advirtió la extraña locura que genera, y propuso darle vuelta a la tortilla para luchar por el derecho al ocio. Claro, se ganó la enemistad del capitalismo que ve en el ocio un sabotaje a la plusvalía. Y de paso también la antipatía del comunismo que ve en el ocio un sabotaje a la producción. Lafargue, con su libro, El derecho a la pereza, no quedó bien con nadie. Supongo que lo tienen doblemente prohibido en China, donde se practican los dos sistemas a la vez. Los cubanos lo leen de soslayo, pero lo leen. Y es que Lafargue nació en Cuba.

Amar el ocio no es privativo de las Antillas, como vulgarmente se cree. Por defender el ocio murieron los mártires de Chicago, en 1889. Querían reducir la jornada laboral, trabajar menos, tener más tiempo libre. Después, para controlar la insubordinación del ocio, la burguesía determinó que la vagancia es mala porque no produce nada que se pueda vender. Los muchachos anarquistas que apaleó la policía por pintar las paredes del Museo Nacional, el último primero de mayo, son malos porque son “vagos”. Y son vagos porque los graffiti no tienen valor de mercado, habría que venderlos con todo y tapia. Y si esto llegara a suceder el escritorio de Rocío Fernández quedaría expuesto a la curiosidad peatonal, por eso está tan molesta. Por su parte, los sindicalistas son buenos mientras trabajan, si hacen huelga pasan a vagos. Según esta lógica, irrebatible a mi modo de ver, técnicamente la policía comete vagancia puesto que sus palizas no tienen valor ni de uso ni de cambio: es de conocimiento público que la oferta de palizas ahuyenta la demanda. Es más, como los policías son empleados del estado, las palizas las financian los mismos que las consumen. De donde se concluye que la policía es una “burbuja” de la cual es mejor deshacerse a tiempo, antes de que se produzca un efecto dominó de imprevisibles consecuencias. .

La adicción al trabajo es la religión del sacrificio. Pero no se crea que el alma de las y los trabajadores alcanza la gloria eterna. No. Es la industria farmacéutica la que accede a la eternidad. Funciona así: para aumentar la productividad se exige un hiperactivismo que desemboca en estrés que produce insomnio que se trata con narcóticos que producen depresiones que deben ser aliviadas con antidepresivos que bajan el rendimiento que obliga a la ingesta de anfetaminas para mantener el hiperactivismo que aumenta la productividad. Al llegar aquí, la victima, hecha un puré de psicotrópicos, es despedida por incapaz. Lo que para nada le importa a la industria farmacéutica porque hay un millón de futuras víctimas peleándose por ocupar el lugar de la anterior.

Es tan fuerte la locura por el trabajo, que ni el mismo poder que la desata escapa a su demencia. Quienes gobiernan el mundo, apresados en su propio tripalium, son narcodependientes necesitados de cocaína o heroína. Si sus maletines ejecutivos fuesen investigados en cada reunión de la OMC, en los foros económicos, o cumbres presidenciales, constataríamos lo que ya sospechamos, que el planeta está en manos de individuos con estado de conciencia alterada.

¡Y así no se puede trabajar!


(vía Juan Hernández, librero)

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2/10/2009

helio vs ley de tránsito

TRANSFERENCIAS DE PODER Y CULTURA POLÍTICA

POR HELIO GALLARDO

El monto de las multas, la enajenación del vehículo aunque el conductor ebrio no haya, por azar, causado daño material alguno, su asociación ligera con el ‘peor’ de los criminales (en un país de impunes, en especial de cuello blanco), la chapucera composición jurídica de la ley, el eventual castigo a peatones cuyo delito es no tener auto ni veredas para transitar, el ‘desvelo’ por niños no extendido a taxis ni autobuses públicos son, aunque polémicas, tibias debilidades de la “nueva” Ley del Tránsito aprobada por la Asamblea Legislativa desde finales del año pasado.

Más “hot” es su unilateralidad. Ni Estado ni empresa privada, en sus órdenes respectivos, asumen deuda penal o civil alguna por el tránsito de personas o cosas. La responsabilidad política, a diferencia del unicornio azul famoso, no se pierde porque, a lo que parece, nunca ha existido. Pero este punto caluroso, no lo es tanto como su supuesto y uno de sus alcances prácticos. El supuesto, que los desafíos sociales pueden resolverse unilateralmente con legislación dura. El candente efecto, la transferencia de poder a una policía del tránsito “a la tica”.

‘A la tica” quiere decir insuficiente en número, con salarios y condiciones de trabajo impropias, despreciada por poderosos (y, si es posible, por los otros) y no preparada de manera alguna para desempeñar su nuevo papel. Ni éste ni la transferencia de poder fueron solicitados por esta policía. Se le conceden graciosa e irresponsablemente por norma legal.

No es cuestión de personas. Los policías del tránsito participan de la cultura política básica y generalizada del país. No vienen de otro planeta. En lo que aquí interesa, rasgo de esta cultura es su baja institucionalización y su muy rolliza personalización. Digamos, una recepcionista del ICE no se siente primariamente funcionaria del ICE, sino que sigue siendo Magnolia Pérez. El presidente no se ve como el más alto funcionario público sino como Óscar El Grande o El Plañidero. Y así.

No existe mayor lío en otorgar capacidades y fueros a policías del tránsito. Pero en Costa Rica se los transfiere (sin preparación; no es factible darla) al “oficial” Hordalio ‘Macho’ Saldívar, no a un policía. Macho Saldívar puede ahora vigilar, amenazar, acosar, expropiar, enviar a la cárcel, quitar licencias por años (en Costa Rica equivale a pena de muerte y fortalecerá el mercado de falsificaciones) porque la ley torna socialmente a papás, mamás, conductores y peatones ‘de a pie’ en pre-criminales u ofensores. Para ejercer esta furia batmánica no está preparada ni la Sala Cuarta. Macho también puede no ver nada nunca.

Por aquí entra la descomposición contenida en la ley. Coimas, chantajes, “mordidas”, “vigilancias”, negligencias son parte y efecto menores de un desorden básico. Ya se ve. Durante El Chinamo (antes Navidad) la policía cercó a ebrios para exhibirlos. Algún oficial se quejó de que “insistían en seguir tomando” sin enfatizar “y conducir”. No se supo de detenidos por “piques”. Se esfumaron. En un país clientelista y con baja institucionalización, “la policía” sabe a quien caerle y a quien no. Así uno sigue de Macho Hordalio. Y todos, por ley, contentos y disfuncionando.

2/04/2009

gelman terrier

Con datos, sigue de cerca a Obama y al gobierno israelí.

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