8/03/2009

kung fu

por Luis Chaves

Ahora es un pasaje que da al patio. Ahora es cuarto de pilas y bodega, de un gancho atornillado en una vigueta de madera, cuelga una bicicleta colonizada por las arañas. Hay tarros de pintura, botellas de desinfectante, herramientas, esqueletos de armarios, piezas de estantes, recipientes vacíos. Es el territorio de lo incompleto, lo inservible, los fragmentos. Pero antes, en otra época, fue algo mejor, estuvo más arriba en la jerarquía arquitectónica. Durante mi infancia, de los cero a los 7 años, fue un zaguán que en un extremo daba al frente de la casa y que en el otro conectaba con la cocina que, a su vez, era el típico agregado levantado en el patio. En el zaguán había un juego de sala de vinil con relieve, una pizarra negra en la que yo practicaba el abecedario con tizas de color y una mesita ratona donde estaba el pequeño Toshiba, blanco y negro.

Lejos de la solemnidad de la sala y cerca del calor de la cocina, el zaguán fue zona de gran actividad. Lo evidencian las pocas fotos que quedan de ese período. Niños en ronda alrededor de una piñata hechiza (bolsa de papel kraft del mercado forrada con papel crepé), niños tirados en el piso luchando por los confites, el maní y los relojes de plástico. Ese que se quedó de pie, con el pañuelo en una mano y el palo de escoba en la otra, con carrera al lado, zapatos ortopédicos y tendencia a la obesidad, soy yo.

Es 1976. Es 1977. La fiesta terminó hace rato, se fueron ya los primos y vecinos, mamá cayó rendida en su cuarto. Estoy solo en el zaguán y llega ese momento mágico para un niño: noche, soledad y televisión. Es la hora de la serie que me tiene hipnotizado, Kung Fu. Enciendo el tele, me acuesto boca abajo a escasos diez centímetros de la pantalla y espero. Entonces empieza. El viento sopla en una tierra árida, el sol se hunde en la línea del horizonte, suena una flauta de bambú, rasguean unas cuerdas orientales, aparece la silueta de Kwai Chang Caine dejando su huellas en las dunas del desierto. Luego esa sinopsis introductoria en la que, en unos segundos, repasan la historia del protagonista: su llegada como huérfano al monasterio Shaolín, el proceso de entrenamiento y aprendizaje, el momento en que puede logra arrebatarle el guijarro a su maestro y que marca el final de su estadía con los monjes. Luego, al final de esa sinopsis y antes de entrar en el episodio, aquel pasaje que me impresionaba profundamente: 1. Kwai Chang Caine caminando sin dejar huella sobre el papel de arroz; 2. De pie frente a un caldero hirviente, colocando sus antebrazos en los costados del caldero, el derecho sobre la imagen del tigre, el izquierdo sobre la del dragón para luego levantar el caldero y tatuarse, sin gritos ni dramas, esos símbolos sagrados.

El argumento general de la serie era el siguiente: Kwai Chang Caine, huérfano de padre norteamericano y madre china, es criado en un monasterio Shaolín. En el primer episodio de la serie, el joven Caine ya es monje y su venerado y ciego Maestro Po muere a manos del sobrino del emperador. Caine, que presencia el crimen, entra en escena y mata con pies y manos al asesino. Huyendo de China, llega al oeste de los EE.UU. a buscar a su medio hermano, Danny Caine. Una vez ahí deambula de pueblo en pueblo, preguntando por su hermano y escapando de los caza-recompensas que quieren entregarlo a la justicia china. Es fácil entender la fascinación que despertaba esa historia en aquel niño que esperaba, una noche por semana, ver a aquel monje cuyos únicas herramientas para sobrevivir en un medio hostil eran su destreza en artes marciales y el poder interior de su filosofía de vida. En las tardes, yo iba al catecismo donde nos torturaban con una religión basada en el miedo y la culpa, y de noche escuchaba a Caine decir cosas como “no busco saber las respuestas, necesito entender las preguntas”.

El recurso del flashback era esencial para la serie. Se iban entrelazando los eventos de cada episodio con los recuerdos de Caine sobre su educación en el templo Shaolín. Obviamente yo quería ser ese Pequeño Saltamontes, educado por el maestro Po y el maestro Kan. Quería defenderme en la escuela con patadas de kung fu. Pero terminaba cada episodio y regresaba del oeste norteamericano del siglo XIX a Zapote, a la educación judeocristiana y el peso de los zapatos ortopédicos no facilitaba la flexibilidad requerida para las artes marciales.

Hace una semanas murió David Carradine, el actor que interpretó a Kwai Chang Caine, el héroe de mi infancia. Su muerte estuvo rodeada de la predecible maledicencia mediática. Sé también que en vida participó en algunas buenas películas y que trabajó con grandes directores. Nada de eso me interesa. Me importa que su muerte me devolvió a ese zona que llamamos pasado y que para mí es una más geográfico que temporal. Un lugar lejano, poco accesible y carente de atractivo turístico alguno. Un lugar del que tengo sensaciones incompletas, objetos a medio terminar, piezas sueltas. Y que ahora, rebobinando hasta ese zaguán donde miraba cautivado aquella serie cruzada por un hombre descalzo en el desierto, en eterno estado de introspección, entiendo que me atraía sobretodo, y sin saberlo entonces, el imán de aquel pathos devastador que atravesaba la historia del protagonista.

Sería ridículo decir que extraño a David Carradine. Pero tampoco extraño a Kwai Chang Caine, porque está en ese lugar del que tengo pocos buenos recuerdos. Más bien, ahora que pienso en ese personaje, en esa serie, en esa época, tengo la sensación de una despedida que se extiende, que no termina nunca. Los créditos del final de cada capítulo sobre la figura de Caine caminando de espaldas a la cámara, alejándose, descalzo, con los zapatos colgados del morral, cruzando el desierto.

(publicado en SoHo 32)

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