8/11/2009

joaquín rodríguez del paso


RADIOGRAFIA DE UN SABOTEADOR

Por Luis Chaves

1. Joaquín Rodríguez del Paso tiene veintiséis años y se pasea por los pasillos amplios de un supermercado neoyorquino. Avanza un tanto desorientado entre góndolas desproporcionadas; tubos fluorescentes gigantes; filas simétricas de latas, cajas, frascos y botellas. El inventario de la abundancia. Con las manos en los bolsillos, a puro tacto, cuenta las monedas de su presupuesto de estudiante tercermundista en el Pratt Institute mientras clava la mirada en el anaquel de enlatados Green Giant. No se imagina en este momento que aquellas latas de arvejas, espárragos y maíz dulce, colocadas en orden de tamaño, serán, 20 años más tarde, materia prima para uno de sus trabajos pictóricos más incisivos: la serie Americana.

2. Trasladado de México (lugar en el que nació) a Tibás, Joaquín Rodríguez del Paso llegó a las Bellas Artes por el camino largo. Magnetizado desde niño por el dibujo, en la secundaria eligió la puerta vocacional de dibujo técnico. El siguiente paso fue la carrera de arquitectura en la UACA y de ahí el salto a la especialidad de cerámica en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Costa Rica. La cerámica, considerada siempre como la prima tonta de la escultura, le significó una beca en el Pratt Institute en Nueva York a fines de la década de los 80. Allá se puso serio y abandonó esa especialidad de tan mala prensa por el diseño industrial, una carrera.

3. En Americana, una serie de pinturas de formato grande (lienzos de 2 x 2,5 m) Rodríguez del Paso ha venido trabajando desde hace más de tres años. El título no es gratuito, Americana es el término usado en los Estados Unidos para referirse al conjunto de ciertos artefactos e íconos emblemáticos de esa cultura, la norteamericana: el pastel de manzana, Superman, el béisbol, el arte de Norman Rockwell, el jazz, el Viejo Oeste. Ahora, consecuente con lo que ha sido un común denominador en su obra, el término se utiliza con otra vuelta de tuerca, con un ruido turbador. Los cuadros de la serie, en lugar de representar los fetiches de la cultura estadounidense, giran alrededor de los tópicos de nuestra cultura. El exotismo, la idea de lo latino, la naturaleza virgen, la caricatura del nativo.

4. JRP vuelve a Costa Rica desde Nueva York y ya trae incorporado el cromosoma de la duda. En poco tiempo se convierte en uno de los pioneros del grupo de artistas plásticos que adoptó ese giro que desprendió al arte contemporáneo del anterior y que no fue otra cosa que traer estructuras de pensamiento de la filosofía a las artes plásticas. El espejo hegeliano en la acera de enfrente del arte, para decirlo de algún modo. Ya desde la administración Monge, en la década del 80, Rodríguez del Paso trabajaba lo que Virginia Pérez Ratton llamó los “bodegones políticos” en los que la preocupación estética era tan importante como el insight socio-político. Desde ese periodo se veía el germen de su mecanismo intelectual, aparecían los temas que se fueron convirtiendo en ejes de su obra: el centro versus la periferia, la construcción de la identidad cultural, la marginalidad, los conceptos de otredad y exotismo. Caso único en Costa Rica, por lo menos hasta donde conocemos, creó un alter-ego que se ocupaba de la reflexión teórica, de la argumentación crítica: John Nadador.

5. Algunos títulos de la serie Americana: “The Pure Life”, “Waiter Web”, “It’s a Wonderful World”. Los ticos que aparecen en la serie son meseros, putas, campesinos, cocodrilos. Todos ellos, clichés, aparecen bajo la mirada del la imagen también caricaturizada del “extranjero”.

6. Hasta acá nada parece nuevo. El camino del arte del subdesarrollo está pavimentado con la autoconmiseración de quienes se sienten víctimas. El giro fundamental, la vuelta de tuerca excepcional de JRP es que se corre del púlpito del artista llorón, del lugar común del pobrecito y se inscribe, se incluye en el arco de la sospecha. No es el dedo acusador, no es el arte sentencioso, dueño de la verdad, es justamente todo lo contrario: cuál es la línea que separa, en este caso por lo menos, a la víctima y al victimario. Americana dice algo como “soy juez y parte de lo que juzgo”. Hay sí, un bombardeo mediático, hay sí una expansión cultural, hay un aparato de reproducción de “valores” también ignominioso (el concepto de ganador-perdedor por nombrar uno). Pero JRP no deja de hacerse preguntas del tipo ¿dónde estoy yo como latinoamericano privilegiado (y esto plantea otro tema ineludible: los artistas no son precisamente hijos de las clases carenciadas que muchos pretenden representar)? ¿Con qué autoridad puedo señalar la cultura que critico? ¿Estoy fuera del campo gravitacional de esa cultura?

7. El nuevo banano de Costa Rica es ese paquete esterilizado y empacado al vacío que se vende en el extranjero bajo el nombre de “paraíso natural”. El país pasó de la venta de postres a la de mano de obra. Un repaso sobre las obras que componen el conjunto Americana dice cosas así. Pero también dice esto no es una denuncia social desde la posición del artista mesías, esto no es una “pasada de juicio” contra entes externos. Estas obras preguntan hasta qué punto hemos asumido como reales los clichés sobre nosotros mismos. Afirman, con un dominio magistral del binomio crítica-autocrítica, “esto es una serie de trabajos que orbitan la dialéctica del amor y el odio, el miedo y la admiración, la sumisión y la rebeldía”. No es, pues, un veredicto tranquilizador. Americana es una prueba de ácido en la propia piel, un verdadicidio, un sabotaje contra la buena conciencia.

(publicado en artmedia 18)

(página de JRP)

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8/07/2009

un poema de javier payeras (guatemala)

¿te acordás de astroboy?
¿te acordás del alacrán enorme que vimos en aquel muelle a la orilla del lago?
¿te acordás de las pastillas de menta marca diana?
¿te acordás del cine lido?
¿te acordás de la ternura sofocante y de las cervezas en aquella calle de granada?
¿te acordás de la cena que me hiciste para consolarme cuando pensé que lo había perdido todo?
¿te acordás del vino y de la grama húmeda cuando te leí “the howl” en una pésima traducción española?
¿te acordás de ese libro?
¿te acordás de kulchur?
¿te acordás de aquella canción de the smiths que escuchamos en el carro frente a un bar henchido de dientes?
¿te acordás de las prostitutas viejas que lloraron conmigo al verme tan intoxicado?
¿te acordás de los ricitos?
¿te acordás de la cerveza que nos tomamos cuando perdí aquel concurso de novela?
¿te acordás de panajachel en el año 98 cuando todo importaba poco?
¿te acordás aquel libro que empasté con cajas viejas?
¿te acordás de las horribles ferias del libro donde nos reíamos de los escritores y luego nos acabábamos todas las ganancias en cantinas del centro?
¿te acordás de mi amor por paul celan?
¿te acordás de las fiestas funk en aquella galería de la zona 9?
¿te acordás del bullwinkle de peluche que colgamos en la lámpara?
¿te acordás de la borrachera que nos pusimos cuando nació mi hijo?
¿te acordás de la película de estuardo prado que nunca terminamos?
¿te acordás de las borrascosas noches en la bodeguita del centro?
¿te acordás que detestábamos la nueva trova?
¿te acordás de esas largas charlas sobre el mundo cuando caminábamos por el centro hasta que llegábamos a la parada de tu bus?
¿te acordás de los dibujos de las sillas?
¿te acordás del jesús de chocolate?
¿te acordás de aquellos poemas de rodrigo lira que representamos?
¿te acordás de los discos que compramos con dinero de la gaveta de tu papá?
¿te acordás del poema que inventamos cuando ibas a irte a francia a buscar tu camino?
¿te acordás de aquella borrachera en el bar belice en quetzaltenango?
¿te acordas de primus?
¿te acordás de las noches en ese karaoke de la zona 4?
¿te acordás de aquella cena de poetas que arruinamos con chistes vulgares en tabasco?
¿te acordás del cortázar que leímos durante nuestro primer largo desempleo?
¿te acordás de hazy shade of winter de bangles?
¿te acordás cuando que murió syd barret y lo cantamos a todo pulmón en aquel bar de san josé?
¿te acordás del nombre del replicante en blade runner?
¿te acordás de aquella noche en el parque de antigua donde conocimos a diógenes?
¿te acordás que masticábamos alprazolam como si fueran pastillas vick?
¿te acordás de la lluvia detrás de los vidrios en aquella bodega donde trabajábamos y creíamos que el mundo se había muerto para nosotros?
¿te acordás de ese disco de queen que tiene una portada negra?
¿te acordás de astroboy... de verdad, aún te acordás de eso?

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8/03/2009

kung fu

por Luis Chaves

Ahora es un pasaje que da al patio. Ahora es cuarto de pilas y bodega, de un gancho atornillado en una vigueta de madera, cuelga una bicicleta colonizada por las arañas. Hay tarros de pintura, botellas de desinfectante, herramientas, esqueletos de armarios, piezas de estantes, recipientes vacíos. Es el territorio de lo incompleto, lo inservible, los fragmentos. Pero antes, en otra época, fue algo mejor, estuvo más arriba en la jerarquía arquitectónica. Durante mi infancia, de los cero a los 7 años, fue un zaguán que en un extremo daba al frente de la casa y que en el otro conectaba con la cocina que, a su vez, era el típico agregado levantado en el patio. En el zaguán había un juego de sala de vinil con relieve, una pizarra negra en la que yo practicaba el abecedario con tizas de color y una mesita ratona donde estaba el pequeño Toshiba, blanco y negro.

Lejos de la solemnidad de la sala y cerca del calor de la cocina, el zaguán fue zona de gran actividad. Lo evidencian las pocas fotos que quedan de ese período. Niños en ronda alrededor de una piñata hechiza (bolsa de papel kraft del mercado forrada con papel crepé), niños tirados en el piso luchando por los confites, el maní y los relojes de plástico. Ese que se quedó de pie, con el pañuelo en una mano y el palo de escoba en la otra, con carrera al lado, zapatos ortopédicos y tendencia a la obesidad, soy yo.

Es 1976. Es 1977. La fiesta terminó hace rato, se fueron ya los primos y vecinos, mamá cayó rendida en su cuarto. Estoy solo en el zaguán y llega ese momento mágico para un niño: noche, soledad y televisión. Es la hora de la serie que me tiene hipnotizado, Kung Fu. Enciendo el tele, me acuesto boca abajo a escasos diez centímetros de la pantalla y espero. Entonces empieza. El viento sopla en una tierra árida, el sol se hunde en la línea del horizonte, suena una flauta de bambú, rasguean unas cuerdas orientales, aparece la silueta de Kwai Chang Caine dejando su huellas en las dunas del desierto. Luego esa sinopsis introductoria en la que, en unos segundos, repasan la historia del protagonista: su llegada como huérfano al monasterio Shaolín, el proceso de entrenamiento y aprendizaje, el momento en que puede logra arrebatarle el guijarro a su maestro y que marca el final de su estadía con los monjes. Luego, al final de esa sinopsis y antes de entrar en el episodio, aquel pasaje que me impresionaba profundamente: 1. Kwai Chang Caine caminando sin dejar huella sobre el papel de arroz; 2. De pie frente a un caldero hirviente, colocando sus antebrazos en los costados del caldero, el derecho sobre la imagen del tigre, el izquierdo sobre la del dragón para luego levantar el caldero y tatuarse, sin gritos ni dramas, esos símbolos sagrados.

El argumento general de la serie era el siguiente: Kwai Chang Caine, huérfano de padre norteamericano y madre china, es criado en un monasterio Shaolín. En el primer episodio de la serie, el joven Caine ya es monje y su venerado y ciego Maestro Po muere a manos del sobrino del emperador. Caine, que presencia el crimen, entra en escena y mata con pies y manos al asesino. Huyendo de China, llega al oeste de los EE.UU. a buscar a su medio hermano, Danny Caine. Una vez ahí deambula de pueblo en pueblo, preguntando por su hermano y escapando de los caza-recompensas que quieren entregarlo a la justicia china. Es fácil entender la fascinación que despertaba esa historia en aquel niño que esperaba, una noche por semana, ver a aquel monje cuyos únicas herramientas para sobrevivir en un medio hostil eran su destreza en artes marciales y el poder interior de su filosofía de vida. En las tardes, yo iba al catecismo donde nos torturaban con una religión basada en el miedo y la culpa, y de noche escuchaba a Caine decir cosas como “no busco saber las respuestas, necesito entender las preguntas”.

El recurso del flashback era esencial para la serie. Se iban entrelazando los eventos de cada episodio con los recuerdos de Caine sobre su educación en el templo Shaolín. Obviamente yo quería ser ese Pequeño Saltamontes, educado por el maestro Po y el maestro Kan. Quería defenderme en la escuela con patadas de kung fu. Pero terminaba cada episodio y regresaba del oeste norteamericano del siglo XIX a Zapote, a la educación judeocristiana y el peso de los zapatos ortopédicos no facilitaba la flexibilidad requerida para las artes marciales.

Hace una semanas murió David Carradine, el actor que interpretó a Kwai Chang Caine, el héroe de mi infancia. Su muerte estuvo rodeada de la predecible maledicencia mediática. Sé también que en vida participó en algunas buenas películas y que trabajó con grandes directores. Nada de eso me interesa. Me importa que su muerte me devolvió a ese zona que llamamos pasado y que para mí es una más geográfico que temporal. Un lugar lejano, poco accesible y carente de atractivo turístico alguno. Un lugar del que tengo sensaciones incompletas, objetos a medio terminar, piezas sueltas. Y que ahora, rebobinando hasta ese zaguán donde miraba cautivado aquella serie cruzada por un hombre descalzo en el desierto, en eterno estado de introspección, entiendo que me atraía sobretodo, y sin saberlo entonces, el imán de aquel pathos devastador que atravesaba la historia del protagonista.

Sería ridículo decir que extraño a David Carradine. Pero tampoco extraño a Kwai Chang Caine, porque está en ese lugar del que tengo pocos buenos recuerdos. Más bien, ahora que pienso en ese personaje, en esa serie, en esa época, tengo la sensación de una despedida que se extiende, que no termina nunca. Los créditos del final de cada capítulo sobre la figura de Caine caminando de espaldas a la cámara, alejándose, descalzo, con los zapatos colgados del morral, cruzando el desierto.

(publicado en SoHo 32)

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