10/31/2010

uno de kenzaburo

La literatura, un viaje sin rumbo fijo

por Kenzaburo Oé

El otro día en el Instituto Cervantes de Tokio sostuve un diálogo abierto con el escritor español Javier Cercas. Su novela Soldados de Salamina me pareció una obra maestra.

Durante la Guerra Civil española, un comando del Ejército republicano, acorralado en Cataluña, se dispone a fusilar a un oficial fascista que se encuentra recluido bajo custodia, pero un joven soldado, por cuenta propia, decide liberarlo. La novela sigue los respectivos destinos del soldado y del oficial fascista. Se sabe que la noche anterior al suceso, el soldado se entretenía bailando un pasodoble.

Los franquistas obtienen una victoria avasalladora, el joven soldado se integra en el exilio a una tropa multinacional del Ejército francés y recorre el continente africano. Los soldados anónimos de la pequeña y precaria unidad terminan venciendo mediante una serie de tácticas de guerrilla al batallón alemán que tenía todas las de ganar. Se salva así la civilización francesa, y el soldado, aunque lesionado, sobrevive las sucesivas campañas.

Muchos años después, convertido en un veterano, recuerda con nostalgia el baile del pasodoble, elemento que enlaza el relato con el pasado remoto.

Cuando preparaba el diálogo con Cercas y revisaba en mi estudio los libros sobre la Guerra Civil española, me encontré de pronto con La misión de la literatura, el libro de Georges Duhamel traducido por Kazuo Watanabe, y la edición original en francés de Deux Patrons. Hay ahí dos patrones, es decir, dos maestros: Erasmo y Cervantes, a quienes el autor consideró como los salvadores de la civilización. Con ambos libros en mis manos, me trasladé 50 años atrás hasta verme en una cafetería subterránea, ubicada en el campus de la Universidad de Tokio.

A pesar de que había ingresado en la universidad con el deseo de profundizar en el estudio del humanismo, del que se ocupan con todo detalle los libros del profesor Kazuo Watanabe, durante mi carrera académica no fui capaz de entender sus lecciones. Lo único que logré hacer fue conseguir en librerías de viejo los títulos que el profesor Watanabe había publicado antes y después de la guerra, y leerlos a solas. Desilusionado con mis estudios, comencé a probar suerte en la creación literaria.

Una semana después de que uno de mis cuentos apareciera en el número especial de un periódico de la universidad con

motivo del festival estudiantil de mayo, el profesor Watanabe, que se encontraba en la cafetería, me detuvo cuando pasé a su lado y me habló así:

-Oye, he leído ese cuento tuyo en el cual un estudiante mata a un perro. ¿Es que piensas convertirte en narrador?

La pregunta me desconcertó y no atinaba a responder. Un amigo que me acompañaba se adelantó a contestar rescatándome de aquella embarazosa situación:

-Qué va, profesor, este solo se empeña en leer lo que usted ha escrito sobre el humanismo. A ver, ahí traes uno de sus libros, ¿verdad?

Le mostré al profesor La misión de la literatura y, al tomar el libro entre sus manos, me preguntó qué me parecía.

Le respondí que solo había terminado de leer la primera parte y el epílogo a cargo del traductor. El profesor abrió el libro y me pareció que se fijaba en las partes que yo había subrayado.

"No se debe permitir el derramamiento de sangre por causa de conflictos religiosos: a partir de esta firme convicción, Erasmo siguió un camino tortuoso, mientras que Cervantes llevó una vida trágica al aferrarse a la misma creencia en una época en que era inconcebible demostrar que una personalidad armoniosa y una razón suficiente eran superiores a la locura y la perversión. (...) Ni Erasmo ni Cervantes fueron guerreros heroicos sino tan solo soldados anónimos".

Para evitar que el profesor leyera mis notas al margen del libro, me apresuré a decir:

-Ahora creo entender no solo por qué el autor escribió esta obra al año siguiente del comienzo de la Guerra Civil española sino también por qué usted la tradujo un año antes de que Japón entrara en guerra.

El profesor Watanabe me concedió la razón:

-Georges Duhamel lanzó con palabras contundentes un grito de alerta ante la expansión del fascismo en Europa, pero ¿no te parece que el epílogo que escribí es bastante timorato ante la censura y a los demás temas que trata el libro? Te recomiendo, más bien, que leas con atención la segunda parte, si es que quieres seguir escribiendo novelas.

Emocionado, corrí escaleras arriba hacia la salida de la biblioteca y me tumbé en la hierba a leer el capítulo sobre Cervantes. Ahí encontré una exhortación que Duhamel dirigía a los jóvenes que aspiraban a formar parte del mundo literario:

"Entonces, joven, vive la vida ante todo. Bebe abundante leche de la ubre de la vida para nutrir tus futuras creaciones. ¿Dices que quieres escribir buenas novelas? Hazme caso entonces y embárcate en algún puerto. Recorre el mundo ganándote el sustento con modestas ocupaciones, y soporta la pobreza. No te apresures a tomar la pluma. Sométete al dolor y al sufrimiento. Aprende con las miles de personas que encuentres a tu paso. Y cuando te doy estos consejos, quiero decir que jamás trates de esquivar la angustia que te ocasionen los demás o las adversidades que tengas que experimentar para hacerlos felices. (...) ¿Quieres escribir buenas novelas? ¡Óyeme bien, entonces! Antes que nada, trata de olvidar ese deseo. Emprende un viaje sin pensar en un rumbo fijo. Agudiza la vista, el oído, el olfato y el apetito. Espera con el corazón abierto. Tal como hizo...".

Cervantes, por supuesto. Durante su estadía en Japón, ya en la posguerra, Duhamel le obsequió al profesor Watanabe la edición de lujo del libro original, ilustrada con más de 20 dibujos. Un año antes de morir, el profesor Watanabe me dejó como herencia esa edición. A lo mejor guardaba algún remordimiento desde aquel entonces, cuando se enteró, a través del amigo que me acompañaba, que me había deprimido profundamente al leer esa segunda parte. Pero, en realidad, yo también sabía que aquella había sido para mí una extraordinaria lección.


Tomado hoy de El País

Traducción de Ryukichi Terao, con colaboración de Ednodio Quintero para el Instituto Cervantes.

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10/04/2010

red de pardillos

por Javier Marías

Pocas son las personas que no desean dejar huellas de su paso por el mundo, o que aspiran a limitarlas lo más posible, aunque alguna que otra he conocido. No eran individuos retraídos ni misantrópicos; al contrario, solían ser simpáticos y cordiales, como si mostrarse huraños o esquivos fuera ya una manera de llamar la atención, lo último que deseaban. Cuando es un personaje público el que opta por retirarse, lo tiene particularmente difícil porque parte de una contradicción en los términos. Ha sido el caso del escritor Salinger, muerto hace un año o menos. Tras alcanzar fama universal con sus cuatro libros publicados entre 1951 y 1963, sobre todo con el primero, la novela absurdamente titulada en español El guardián entre el centeno, no sólo decidió no dar nada más a la imprenta (salvo un largo relato en una revista, creo que en 1965), sino que exigió que las múltiples reediciones de sus obras aparecieran sin un solo dato biográfico ni comentario alguno en las solapas o en la contracubierta. Como es bien sabido, no concedió entrevistas, no se dejó fotografiar, y la única imagen de tiempos recientes que ha visto la luz lo retrata iracundo y amenazante, precisamente porque se trató de una foto tomada a traición o robada. La paradoja estribó en que, cuanto más se ocultaba Salinger y más duraba su apartamiento, más curiosidad atraía sobre sí mismo, más lo acosaban periodistas, fans y espontáneos, más crecía su leyenda y más irritante resultaba su actitud para la mayor parte del mundo, que justamente en esta época intenta dejar tantas huellas como sea posible, aunque a nadie le importen ni las tenga en cuenta.

Lo más preocupante de este afán generalizado por estirar el cuello y estar presente, por gozar de cualquier grado de fama (así sea limitada y efímera), por exhibirse e informar al resto de los propios pasos, actividades, opiniones y gustos, es que quienes lo padecen, abren perfiles en Facebook o alimentan Twitter con sus notitas por fuerza triviales, parecen haber perdido enteramente cierto instinto de conservación que a lo largo de siglos ha hecho saber a la gente que no convenía dar demasiada información acerca de sí misma y que hacerlo entrañaba peligro, porque cuanto uno revela puede acabar utilizándose en su contra; puede deformarse y tergiversarse, ser objeto de burlas y chanzas (y no de admiración, como se pretende), ser aprovechado por sus superiores, sus empleadores, la policía, la a veces abusiva Hacienda, el Estado. Hace poco se descubrió que en Alemania había empresas que fisgaban en Facebook y en otras redes sociales para decidir la contratación o el despido de alguien. Los propios interesados, que deberían mantener en privado u ocultas algunas características de su personalidad, sus creencias, sus simpatías políticas, sus opiniones, aficiones o “vicios”, estaban aireándolas, tal vez con la idea ingenua de que sólo sus amistades tendrían acceso a su perfil internético, cuando ya nadie ignora que en la Red no hay discreción ni secretismo posibles, y que ni siguiera la CIA o el Pentágono se resisten a las intrusiones de un hábil hacker.

El Gobierno alemán se erigió en defensor de la “intimidad” –irónico llamarla así a estas alturas– de los usuarios, y prohibió a las empresas esta práctica, o por lo menos valerse de los datos así obtenidos para extender o cancelar contratos de trabajo. Otra ingenuidad: esas empresas seguirán consultando Facebook y sus equivalentes, sólo que fingirán no haberlo hecho y jamás aducirán motivos “sospechosos” para emplear o despedir a nadie, sino que se inventarán cualesquiera otros, de modo que no puedan ser acusadas de discriminar a alguien por ser homosexual, o ateo, por fumar tabaco o porros o participar en orgías o posar desnudo o detestar a tal o cual partido político, cosas todas ellas que los inocentes exhibicionistas habrán confesado en Internet alegremente, y sin que nadie les preguntara. Cuanto acaso habrían negado o callado de ser interrogados por un juez o por la policía, o por sus propios padres si se trata de adolescentes, lo cascan gratis para que todo el mundo se entere, sólo por vanidad y para que se les haga caso. Hay incluso quienes cuelgan noticias utilísimas para ladrones: “Estoy desayunando en el aeropuerto de Río, y nos esperan dos semanas de maravillosas playas”. Los cacos ya saben que disponen de ese tiempo para entrar en un piso vacío y desvalijarlo con parsimonia.

Para quienes contamos cierta edad, una de las escasísimas ventajas de haber vivido años bajo una dictadura es que aprendimos muy pronto el riesgo de que se supiera mucho de nosotros, y a no dejar algunos rastros. Hoy vivimos en un régimen supuestamente democrático, pero demasiada gente no se ha percatado aún de que nuestras actuales democracias se asemejan cada vez más a los Estados totalitarios, que se meten en todo y lo controlan y averiguan y espían todo, y no vacilan en aprovecharse de ello y en utilizarlo, eso sí, con más o menos disimulo e hipocresía. La célebre fórmula Miranda, que hemos visto recitar centenares de veces en las películas americanas cuando se detiene a alguien (“Tiene derecho a guardar silencio. Cualquier cosa que diga podrá ser utilizada ante un tribunal en contra suya”), acabará por carecer de sentido si los ciudadanos siguen proclamando a los cuatro vientos todo lo habido y por haber sobre sus personas, costumbres y actividades, espontáneamente y de antemano, como verdaderos pardillos.

(tomado de aquí)

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9/22/2010

la música de la poesía - t.s. eliot (fragmentos)

Donde mejor se expresan la emoción y el sentimiento, pues, es en la lengua común del pueblo; es decir, en la lengua común a todas las clases: le estructura, el ritmo, el sonido, los modismos de una lengua expresan la personalidad del pueblo que la habla. Cuando digo que la expresión de la emoción y el sentimiento conciernen más a la poesía que a la prosa, no quiero decir que la poesía no necesite contenido o significado intelectual, o que la gran poesía no contenga más de ese significado que la poesía menor. Pero desarrollar esta investigación me apartaría de mi cometido inmediato. Daré por sentado que un pueblo encuentra la expresión consciente de sus sentimientos más hondos más en la poesía de su propio idioma que en otras artes o en la poesía de idiomas ajenos. Esto no significa, por supuesto, que la verdadera poesía se limite a sentimientos que todos pueden reconocer y entender; no hemos de limitar la poesía a la poesía popular. Basta con que, en un pueblo homogéneo, los sentimientos de los más refinados y complejos tengan con los de los más toscos y simples algo en común que no tienen con gentes de so mismo nivel que hablan otro idioma. Y, cuando una civilización es saludable, el gran poeta tendrá algo que decirles a sus compatriotas de todos los niveles de instrucción.

Podemos decir que sólo indirectamente el deber del poeta, como poeta, es para con su pueblo; su deber directo es para con su lengua: consiste primero en preservarla, y segundo en extenderla y mejorarla. Al expresar lo que sienten otros también cambia el sentimiento, porque lo vuelve más consciente; permite que las personas se apropien de lo que sentían, y por lo tanto les enseña algo sobre sí mismas. Pero no es que sólo sea más consciente que los demás; también es individualmente distinto, de la gente y de los otros poetas, y puede dar a sus lectores la posibilidad de compartir sentimientos que no hayan experimentado nunca. En ello radica la diferencia entre el escritor meramente excéntrico o loco y el poeta genuino. Tal vez aquél tenga sentimientos únicos, pero imposibles de compartir y por lo tanto inútiles; éste descubre nuevas variaciones de la sensibilidad de las que pueden apropiarse otros. Y expresándolas desarrolla y enriquece el idioma en que habla.

(...)

El tipo de poesía que se hace está determinado, cada tanto, por la influencia de una u otra literatura contemporánea en lengua extranjera; o por circunstancias que hacen más a fin un período de nuestro pasado que otro; o por aquello en lo cual se insiste dentro de la educación. Pero hay una ley natural más poderosa que estas corrientes cambiantes, o que las influencias llegadas de fuera o de la historia: y es que la poesía no debe apartarse demasiado de la lengua corriente que empleamos y oímos a diario. Se apoye en el acento o en la sílaba, sea o no rimada, formal o libre, la poesía no puede permitirse una pérdida de contacto con la lengua cambiante del trato común.

(...)

Desde luego que ninguna poesía reproduce jamás exactamente el lenguaje que habla y oye el poeta; pero tiene que estar en tal relación con el habla de su tiempo como para que el oyente o lector pueda decir “así hablaría yo si pudiera hacer poesía”. Esa es la razón por la cual la mejor poesía contemporánea puede darnos una sensación de animación y una sensación de plenitud diferente de cualquier sentimiento provocado por la poesía del pasado, aún cuando ésta fuera poesía más grande.


(Pasajes de conferencia en Universidad de Glasgow, 1942)


vuelve a tetrabrik

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5/17/2010

mi hija y yo

(viene de)

por Luis Chaves


1. Noche del veintisiete de julio del 2005. En la sala de parto, los facultativos se encargan de cerrar la incisión quirúrgica que minutos antes le hicieron a su madre. En bata verde de hospital, cargo en brazos a la niña que, al otro lado del vidrio que nos separa, todos vinieron a recibir. Mis padres, mi hermano, mi cuñada y un par de amigos, casi invisibles entre la multitudinaria y entusiasta familia materna sorprendida del desconcierto y fascinación con que, confundiéndome porque no me conocen, ese enfermero contempla a la criatura.

2. Tengo algunas fotos de la noche que nació. En todas aparezco enfundado en la bata verde de hospital sosteniendo en brazos al reflejo del flash en la ventana.

3. Pasan ocho meses, viene a dormir a mi casa por primera vez. La Ley de Murphy es axiomática y al vómito que empieza en la noche se le suma la fiebre del día siguiente. Hay una explicación freudiana para lo que yo, derrotado, resuelvo llamando a su madre.

4. Las cosas casi nunca son lo que parecen. Los fragmentos anteriores los escribí hoy, muchos días después de los que siguen. Semanas atrás digité el título para quedarme inmóvil debajo de él. Volví cada 24 horas sólo para reincidir en el fracaso.

5. Horizontal en el sofá, veo un documental sobre Bob Dylan. Ariana, mi hija, duerme profundamente en la habitación de al lado. Tiene un año y cuatro meses de edad. Por más de tres horas, lo que dura el programa, nada me distrae, sumergido completamente en la narración. Me queda grabado el pasaje donde Dylan cuenta que de niño se muda con sus padres a una casa en la que encuentra, en el sótano, una guitarra. Dice que allí empieza su relación con la música. La música que luego él cambiaría para siempre. Lo que me captura, sin embargo, es la idea de esa persona que vende la casa y deja su guitarra. Me intriga el desconocido que se lleva todo menos su instrumento. Por mucho, esa historia lateral me parece más interesante que la del mismo Dylan. A todo esto, Ariana sigue dormida en su cuarto a oscuras, respirando con la pulsión secreta de la naturaleza, pequeñita, bocabajo, analfabeta. Las vigas del cielo raso crujen, el motor de la refri se activa como un metrónomo, los vecinos se sientan con sus hijos a cenar, termina el documental de Dylan.

6. Hemos aprendido a bañarnos juntos, las palabras que aún no conoce son el idioma con el que nos comunicamos. En nuestro primer viaje al Caribe nos revolcaron con violencia las olas de un mar nada amistoso, fuimos presa fácil de las purrujas, nos sentamos en hormigueros feroces. En su elementalidad, algunas veces me ha negado un gesto de cariño, generando así depresiones de las que solamente me libró el clonazepán. He comprobado, con evidencia, que a madre e hija las une una fuerza portentosa, descomunal. Es poco tiempo, pero suficiente para saber que nada puedo enseñarle que no sea un defecto mío que quiero corregir.

7. Muchas veces la veo jugar en el patio, descubriendo el mundo bajo el árbol de cas, iluminada intermitentemente por el sol de la tarde que se cuela entre las ramas. Entonces, imposible evitarlo, suena dentro de mi cabeza O baby, de Siouxsie and the Banshees.

8. Desde los ocho meses, ya lo dije, Ariana se queda, días alternos, a dormir en mi casa. Hasta hace poco esta escena se repitió sin variaciones: cada media hora me despierto, camino hasta su cuarto y me detengo al lado de su cuna, en medias y calzoncillos, la alumbro con una linterna para asegurarme de que está viva, para comprobar que respira. Un haz de luz que recorre su biología de escasos meses en busca de señales de vida.

9. En ese viaje al Caribe atravesábamos el Braulio Carrillo a velocidad crucero. Por la ventana del carro, mirábamos pasar las hojas gigantes de esas plantas cuyos nombres desconocíamos los dos.

10. A la categoría de familia disfuncional, como la vecindad de El Chavo, pertenecemos el grupo de amigos que cada fin de semana nos juntamos en plan paseo-con-hijos. El domingo pasado, ante la falta de ideas, fuimos a un restaurante, digamos, “dominical”. Familias nucleares, zona verde con columpios y carruseles, menú de doble colesterol. En la entrada, un rótulo admonitorio con la leyenda: este es un espacio familiar, se prohíben las escenas amorosas.

11. Es un eslogan artificial ese de que cuando tenemos hijos entendemos a nuestros padres.

12. Ahí está Ariana dormida, el planeta da vueltas impulsado por el motor darwiniano, las familias se sientan a cenar y el ruido de los cubiertos contra los platos es la banda sonora de una especie que con argumentos metafísicos decora la reproducción. Me persigue la imagen mental de una guitarra en el sótano de aquella casa vacía y no entiendo qué relación tiene con esto. Poco más puedo decir. Sospecho que aunque pasen los años y esa enana crezca, la esencia la paternidad se reduce a un adulto, en medias y calzoncillos (es decir, ridículo e indefenso) invadiendo el sueño de su hija para asegurarse de que respira, porque tiene una sola certeza: por esa nariz diminuta respiran ahora los dos.

(vuelve a tetrabrik)

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4/22/2010

cultura jurídica vs ley jurídica

¡ Gaudeamus igitur !


Walter Antillón


La desafortunada incursión de la policía en el campus “Rodrigo Facio” sirvió al menos para traer a la atención de todos el tema de la autonomía universitaria, en un momento en que el País necesita ideas claras para separar el grano de la paja, en este 'cambalache' en que nos tienen viviendo.

Cierto que la universidad no es 'un Estado dentro del Estado' ni tampoco puede sostenerse que 'autonomía universitaria equivale a soberanía territorial', como algunos han dicho. Pero así y todo no resulta menos evidente que, a la luz del derecho, ni los agentes de la OIJ ni los de la policía administrativa podían lícitamente irrumpir en el campus de la manera que lo hicieron. Y ¿por qué lo digo?

Por razones que siendo exquisitamente jurídicas van más allá de la desnuda letra de la ley:


porque aquí se trata de la cultura jurídica, que está por encima de la ley jurídica;


porque el derecho no es ley, sino cultura de la Constitución y la ley; y por último,


porque cultura es vida y no letra.


Claro que contra lo que acabo de afirmar milita una concepción positivista deshidratada y formal, según la cual la autonomía universitaria termina con el último signo de puntuación del artículo 84 de la Carta constitucional.


Pero yo era un escolar con pleno uso de razón cuando, en 1941, se fundó la Universidad de Costa Rica; y desde entonces no recuerdo ni una sola vez que la policía se haya metido en las instalaciones universitarias sin el permiso o la invitación de las autoridades académicas. Esta prolongada situación de respeto y entendimiento ¿fue puramente fortuita, casual, o descansa en sólidos fundamentos? Algo así como “la cultura de Occidente”, de la que somos herederos ¿no nos sugiere nada?


Pues se trata de que la autonomía universitaria es un pilar de esa cultura: estaba presente en el derecho estatutario de las ciudades-Estado del Norte de Italia a partir de la Dieta de Roncaglia de 1158, donde es reconocida expresamente por el Emperador Federico Barbarroja a favor de la Universidad de Bologna; y estuvo presente en las peripecias que marcaron el nacimiento y la vida de las Universidades de Oxford y Cambridge durante ese mismo siglo; estaba presente en la Reforma de Córdoba, Argentina de 1918, que encarnó las aspiraciones de los docentes latinoamericanos; y está presente hoy en la “Carta Magna de las Universidades Europeas” masivamente firmada por sus rectores en Bologna, Italia, en 1988.


De manera que, cuando nuestros constituyentes de 1949 aprobaron el texto del artículo 84 no estaban inventando nada, sino que simplemente accedían a aquella potente manifestación de la cultura autonómica transformada en costumbre constitucional. Pero el artículo de marras no agotó la envergadura, el alcance de la vieja tradición: sólo la proveyò de un núcleo básico, junto al cual se reafirmaron (praeter constitutionem) otros aspectos propios de la memoria cultural universitaria. Y al respecto es muy significativa la conocida y reiterada jurisprudencia de la Sala Constitucional (principalmente: voto 1313-93).


Es de ese modo como se inicia el proceso de consolidación de una costumbre constitucional que es fuente no escrita del ordenamiento jurídico y que, en la hora presente, una algarada policial ha querido borrar de golpe. Es decir, a través de decenios se fue consolidando un mecanismo en cuya virtud los titulares de un poder policial con vigencia a lo largo y ancho del territorio costarricense han venido aceptando, respecto del campus universitario, una hipótesis de no ejercicio de la totalidad del referido poder. Son testigos de ello los casi setenta años de respeto, de no incursión, de coordinación entre las respectivas autoridades; y lo es también la institucionalización de fuerzas de policía nombradas y controladas por la Universidad ¿qué sentido y qué valor tendrían tales fuerzas si no existiera aquella costumbre constitucional?


Repito: la veda del libre ingreso de la policía en territorio académico; y la necesidad de coordinar con las autoridades de la Universidad los tiempos y los modos de ese ingreso constituyen claras e inequívocas manifestaciones de una costumbre constitucional perfectamente configurada; y en este caso, tal como lo requiere una doctrina jurídica hoy indiscutible (ver nota), la costumbre constitucional que regula el ingreso de los cuerpos estatales de policía al campus universitario tiene una específica, fundamental y primaria vigencia que se demuestra tanto por su efectividad (¡siete decenios operando!) como por su objetividad (presencia regular de reglas, signos y personal policial propìos de la Universidad; dilatado historial de coordinación y entendimiento entre autoridades estatales y académicas).


En consecuencia, me parece que los agentes de la OIJ y de la Guardia Civil que ingresaron a la Sede Rodrigo Facio de la Universidad de Costa Rica ignorando las normas de coordinación existentes, y atropellando al personal de seguridad y a los estudiantes y funcionarios que trataron de impedirlo, han incurrido en actos violatorios de normas no escritas que, según doctrina de los artículos 6 y 7 de la Ley General de la Administración Pública, son equiparables a las normas escritas de la Constitución.


Entonces, es mi parecer que de momento, mientras los tribunales competentes no determinen otras medidas, los responsables de aquellos cuerpos policiales deben una disculpa pública a las autoridades universitarias, a las personas lesionadas o maltratadas durante aquellas acciones y a la comunidad costarricense toda, que es titular originaria de un derecho humano fundamental a la autonomía universitaria. Porque la autonomía universitaria no es un mero interés de minorìas privilegiadas, sino que es uno de esos altísimos valores de humanidad que la civilización occidental ha hecho suyos; y que por ello deben ser tenazmente defendidos por los ciudadanos conscientes, en un mundo que todavía resiste ante los embates de la arbitrariedad y de la prepotencia.


¿Es difícil rectificar las opiniones vertidas, reconocer los propios errores? Lo es, ciertamente, para muchas personas. Pero estoy seguro de que eso: rectificar, reconocer el error constituye, por el contrario, una de las mejores cualidades del hombre (hombre).


(Nota bibliográfica)


La doctrina jurídica moderna, mayoritariamente italiana, ha reconocido desde hace más de un siglo la existencia de normas no escritas (consuetudinarias) de rango constitucional, debido en gran parte al prolongado magisterio de SANTI ROMANO (Principios de Derecho Constitucional General; Giuffrè, Milán, 1947; pág. 90 y sigtes.). El número de los autores que han escrito sobre el tema es prácticamente inabarcable; de modo que basta aquí con señalar los siguientes, representativos de diversas tendencias pero conformes en relación con el tema de nuestro interés: PAOLO BISCARETTI DI RUFFÌA: Derecho Constitucional; Tecnos, Madrid, 1973; pág. 158 y sigtes.; PAOLO BARILE: Instituciones de Derecho Público; Cedam, Padua, 1982; pág. 49 y sigtes.; GIUSEPPE UGO RESCIGNO: Curso de Derecho Público; Zanichelli, Bologna, 1984; pág. 288 y sigtes. En Costa Rica se ha referido ampliamente al tema RUBEN HERNÁNDEZ. El Derecho de la Constitución; Juricentro, San José, 1993; Volumen I, pág. 458 y sigtes.

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4/09/2010

nothing compares to u

Una variante brutal del catolicismo

Para la cantante, las disculpas del Papa por los abusos sexuales a menores en Irlanda son huecas. No asume ninguna responsabilidad. ¿Qué hay de la complicidad del Vaticano en el ocultamiento de estos delitos?

SINEAD O'CONNOR 07/04/2010

Cuando era niña, Irlanda era una teocracia católica. Si se acercaba un obispo por la calle, la gente se apartaba para dejarle paso. Si asistía a un acontecimiento deportivo, el equipo se aproximaba a arrodillarse y besarle el anillo. Si alguien cometía un error, en vez de decir "Nadie es perfecto", decíamos "Podría pasarle hasta a un obispo".

Esta última frase era más certera de lo que imaginábamos. Hace unos días, el papa Benedicto XVI escribió una carta personal en la que pedía perdón -por decir algo- a Irlanda por los decenios de abusos sexuales a menores que cometieron unos sacerdotes en los que se suponía que debían confiar esos niños. Para muchos irlandeses, esa carta del Papa es un insulto no sólo a nuestra inteligencia, sino a nuestra fe y a nuestro país. Para entender por qué, hay que tener en cuenta que los irlandeses hemos sufrido una variante brutal del catolicismo basada en la humillación de los niños.

Yo lo viví en persona. Cuando era niña, mi madre -una madre maltratadora y todo lo contrario de lo que debe ser una buena madre- me animaba a que robara en las tiendas. En una ocasión me atraparon y pasé 18 meses en el Centro de Formación An Grianán, una institución para niñas con problemas de conducta en Dublín, por recomendación de una trabajadora social. An Grianán era una de las hoy tristemente famosas "lavanderías de las Magdalenas", patrocinadas por la Iglesia, que albergaban a adolescentes embarazadas y jóvenes poco dóciles. Trabajábamos en el sótano, lavando la ropa de los curas en fregaderos con agua fría y pastillas de jabón. Estudiábamos matemáticas y mecanografía. Teníamos poco contacto con nuestras familias. No cobrábamos ningún sueldo. En mi caso, por lo menos, una de las monjas fue buena conmigo y me regaló mi primera guitarra.

An Grianán era un producto de la relación del Gobierno irlandés con el Vaticano; la Iglesia gozó de una "posición especial" recogida en nuestra Constitución hasta 1972. Todavía en 2007, el 98% de los colegios irlandeses estaba en manos de la Iglesia católica. Pero los colegios para niños difíciles han estado siempre plagados de castigos corporales salvajes, maltratos psicológicos y abusos sexuales. En octubre de 2005, un informe encargado por el Gobierno identificó más de 100 acusaciones de abusos sexuales cometidos por sacerdotes entre 1962 y 2002 en Ferns, un pueblo a unos 100 kilómetros al sur de Dublín. La policía no investigó a los sacerdotes acusados; se dijo que padecían un problema "moral". En 2009, un informe similar involucró a los arzobispos de Dublín en la ocultación de varios escándalos de abusos sexuales entre 1975 y 2004.

¿Por qué se toleraba esa conducta criminal? Según el informe de 2009, el "importantísimo papel que ha desempeñado la Iglesia en la vida irlandesa es el motivo por el que se consintió que no se pusiera fin a los abusos cometidos por una minoría de sus miembros".

A pesar de la larga relación de la Iglesia con el Gobierno irlandés, la carta en la que el papa Benedicto pide teóricamente perdón no asume ninguna responsabilidad por las infracciones de los curas irlandeses. Dice que, "antes, la Iglesia en Irlanda debe reconocer ante el Señor y ante otros los graves pecados cometidos contra unos niños indefensos". ¿Qué hay de la complicidad del Vaticano en esos pecados?

En su texto, Benedicto da la impresión de que se ha enterado hace poco de los abusos y se presenta como una víctima más: "No tengo más remedio que compartir la desolación y la sensación de traición que habéis experimentado tantos de vosotros al saber de estos actos pecaminosos y criminales y de cómo se ocuparon de ellos las autoridades eclesiásticas en Irlanda". Sin embargo, la carta de infausta memoria que envió Benedicto en 2001 a los obispos de todo el mundo les ordenaba guardar secreto sobre las acusaciones de abusos sexuales so pena de excomunión, es decir, actualizaba una perniciosa política de la Iglesia, expresada en un documento de 1962, que establecía que tanto los sacerdotes acusados de delitos sexuales como sus víctimas debían "observar el más estricto secreto" y "atenerse a un silencio eterno".

Benedicto, entonces Joseph Ratzinger, era cardenal cuando escribió esa carta. Hoy, cuando ocupa el sillón de San Pedro, ¿vamos a creer que su opinión ha cambiado? ¿Y vamos a conformarnos ante las recientes revelaciones de que en 1996 se negó a destituir a un sacerdote acusado de haber abusado de hasta 200 niños sordos en el Estado norteamericano de Wisconsin?

La carta de Benedicto afirma que su preocupación es "sobre todo ayudar a sanar a las víctimas". Sin embargo, les niega lo que podría sanarles: una confesión inequívoca del Vaticano de que ocultó los abusos y ahora está tratando de ocultar el ocultamiento. Asombrosamente, el Papa invita a los católicos a "ofrecer vuestro ayuno, vuestras oraciones, vuestra lectura de las Escrituras y vuestras obras de misericordia para obtener la gracia de la curación y la renovación de la Iglesia de Irlanda". Y sugiere, cosa aún más asombrosa, que las víctimas irlandesas pueden sanar acercándose más a la Iglesia, la misma Iglesia que exigía votos de silencio a los niños víctimas de los abusos, como ocurrió en 1975 en el caso del padre Brendan Smyth, un sacerdote irlandés que más tarde acabó en la cárcel por delitos sexuales repetidos. Muchos irlandeses, cuando se nos pasó la risa, nos dijimos que la idea de que necesitamos la Iglesia para aproximarnos a Jesús es una blasfemia.

Para los católicos irlandeses, lo que insinúa Benedicto -que los abusos sexuales en Irlanda son un problema irlandés- es arrogante y blasfemo. El Vaticano está actuando como si no creyera en un Dios que todo lo ve. Quienes dicen ser los guardianes del Espíritu Santo se dedican a aplastar todo lo que el Espíritu Santo representa. Benedicto es culpable de dar una imagen falsa del Dios al que adoramos. Todos sabemos, en el fondo de nuestro corazón, que el Espíritu Santo es la verdad. Por eso sabemos que Cristo no está con esos que le invocan con tanta frecuencia.

Los católicos irlandeses tienen una relación disfuncional con una organización que comete abusos. El Papa debe hacerse responsable de las acciones de sus subordinados. Si hay sacerdotes católicos que abusan de los niños, es Roma, y no Dublín, la que debe responder de ello, con una confesión inequívoca y sometiéndose a una investigación criminal. Mientras no lo haga, todos los buenos católicos -incluidas las ancianitas que van a misa todos los domingos, no sólo los cantantes protesta como yo, a quienes el Vaticano puede ignorar sin problema- deberían dejar de acudir al templo. Ha llegado la hora de que en Irlanda separemos a nuestro Dios de nuestra religión y nuestra fe de sus supuestos dirigentes.

Hace casi 18 años, rompí una fotografía del papa Juan Pablo II en un episodio de Saturday night live. Muchos no entendieron la protesta; la semana siguiente, el presentador invitado del programa, el actor Joe Pesci, dijo que, si hubiera estado presente, me "habría dado una bofetada". Yo sabía que mi acción iba a causar problemas, pero quería provocar un debate necesario; ese es uno de los ingredientes de ser artista. Lo único que lamenté fue que la gente pensara que no creía en Dios. No es verdad, en absoluto. Soy católica de nacimiento y cultura, y sería la primera en presentarme a la puerta de la iglesia si el Vaticano ofreciera una reconciliación sincera.

Mientras Irlanda soporta la ofensiva carta con la que Roma pide perdón y un obispo irlandés dimite, pido a los estadounidenses que comprendan por qué una mujer católica irlandesa que sobrevivió a los malos tratos de niña pudo querer romper la foto del Papa. Y que piensen si a los católicos irlandeses, por no atrevernos a decir "merecemos algo mejor", se nos debe tratar como si mereciéramos algo peor.

© Sinead O'Connor, 2010

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.


en EL PAÍS

3/11/2010

cine sin muñecos

por Ignacio Camacho

Fuera de la niñez propia, la de los hijos o la de los nietos, el gusto por el cine de muñecos es un síntoma de infantilización del público, creciente tendencia de inmadurez que la industria cultiva a través de la sofisticada fascinación tecnológica. Por eso constituye un reconfortante alivio que los Oscar, aunque no sean la quintaesencia de la crítica intelectual, hayan preterido este año el despliegue efectista, millonario y tramposete de Avatar en beneficio de películas clásicas, realizadas para espectadores adultos, construidas sobre guiones sólidos y transparentes e interpretadas por actores de carne, hueso y alma. Cine puro, de sentimientos y conflictos humanos, sin futurismos evanescentes ni falacias extraterrestres de maniqueas realidades virtuales. Cine de personas, de gente real que sufre o triunfa, que se enamora o muere -a veces las dos cosas-, que late con el pulso heterogéneo, ambiguo y a menudo turbio y doloroso de la vida.

Yo al menos celebro este fracaso relativo de Avatar, cuyo argumento simplón y panecologista parece escrito por los condiscípulos del jardín de infancia de los nietos de Al Gore, y cuyo atractivo esencial consiste en colocarse unas gafotas para asistir a un colorista y carísimo espectáculo de trucos diseñados por la informática. Celebro el éxito de esa película dura y crítica sobre la tragedia bélica de Irak, En tierra hostil, pura adrenalina, y celebro sobre todo el reconocimiento de Hollywood hacia esa obra maestra, tan literaria, tan clásica, tan conmovedora, tan desnuda, tan medida, tan dulcemente apasionada que se llama El secreto de sus ojos, en la que Juan José Campanella ha vuelto a demostrar que el cine de toda la vida puede seguir encandilando con la sencillez de una historia bien contada y unos intérpretes capaces de agarrar al espectador por las solapas y llevárselo de paseo por las calles del amor y de la muerte, de la amistad y del dolor, del humor y del drama, y devolverlo a la butaca para que cuando se enciendan las luces se quede con el sabor agridulce de la satisfacción que producen las cosas bien hechas y del lamento por lo poco que duran. Ese cine de emociones profundamente humanas, la del peligro, la de la guerra, la del desamor, la de la zozobra, expresado en las miradas y las voces y los gestos de actrices y actores que reviven el viejo milagro del artificio de la interpretación, que encarnan personajes creíbles y cercanos a través de un arte de fingimiento tan antiguo como la propia cultura.

Cine sin muñecos, sin monstruos, sin efectos de pirotecnia visual, sin criaturas extrañas y azules, planas de alma y de sentimientos; cine sin más subterfugio que el de la creatividad y el talento, sin otro embeleco que el de la propuesta de una ficción de ternura, de brutalidad, de tensión y de belleza. Cine en verdaderas tres dimensiones: las de las personas con toda su grandeza, sus limitaciones y su complejidad.

publicado aquí

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1/19/2010

carazo

LOS AÑOS DEL CONFETI

por Luis Chaves


El recuerdo es este. Está el borde de la acera, los eternos zapatos ortopédicos con la punta menos gastada que erosionada. En la mano tengo una botella de Old Colony, un refresco que sabe a lo que huele. A gaseosa roja. En la otra, una banderita de papel. Si levanto la cabeza, veo pasar la caravana. Sucesivos Datsun 120Y, Chevy Nova, Toyota Corolla, Plymouth, pitos, insignias, vítores y banderas: el fondo blanco atravesado por una línea celeste en el medio y la letra U, roja y central. Es la esquina del play de la ciudadela Zapote, es diciembre de 1977, tengo 8 años y a ese señor de guayabera blanca que saluda desde un camión convertido en tarima lo sigue una estela de confeti.

Vivíamos en la casa número 65 de la ciudadela. Prensado entre el dash y el parabrisas del Datsun de mi padre, había un cartón que lo acreditaba como delegado del Tribunal Supremo de Elecciones. Ese cartón y la banda elástica de brazo que usó por meses quedaron tirados una tarde en el comedor cuando renunció, en bloque con otros delegados, como protesta por la obstrucción de la policía oficialista en ciertas caravanas de campaña de la Coalición Unidad.

No visito la infancia con especial cariño. Todo lo contrario. Considero falso, por no decir lacrimoso, el lugar común de que todo-tiempo-pasado-fue-mejor. A pesar de esto, o quizás precisamente por eso, los recuerdos de lo que puedo llamar momentos-felices son indestructibles. Este es uno. Yo no sabía quién era ese señor de la sonrisa infinita, tampoco qué representaba la bandera que yo sostenía en el borde la acera –inmovilizado por la timidez– sin agitar, pero aquel desfile que cruzó el corazón de la ciudadela un día luminoso, no me ha abandonado.

De Zapote nos fuimos directo a Barva de Heredia en plena administración Carazo. Nos mudamos a una obra gris total. Fue el Día del Padre de 1981. En la arena de esos días, están los restos que dejó la marea de una época convulsa. Si fuera posible, es como si la crisis del petróleo y el bloqueo del FMI fueron el resultado de los periodos revueltos del fin de la infancia, de la construcción del país filial, esa patria inevitablemente compleja de padres e hijos. Entonces, está todo junto, las fotos mentales de la campaña del 78, la última navidad en Zapote, las filas en el estanco de la mano de mi abuela materna, el aparato telefónico con el 25-62-25 escrito a mano sobre el centro del disco, la escalera de carpintero que llevaba a un segundo piso a la intemperie. Y, claro, la imagen de aquel hombre coronado para siempre por el confeti.

Con el tiempo fui armando mi perfil de don Rodrigo Carazo, cotejando argumentos de amigos y enemigos, de partidarios y detractores. En mi libro contable queda como el último de los estadistas, como el creador de eslóganes invencibles. Un presidente que internó a su madre en un hospital público.

El planeta siguió en lo suyo y me tocó volver a la casa 65 de la ciudadela Zapote. Acaba de pasar la navidad, mi hija abrió regalos en la misma sala a la que volví con la bandera de papel y la botella de Old Colony vacía. En esta sala vi, en diferido, las honras fúnebres de don Rodrigo. Siempre he pensado que los humanos nos vemos más pequeños desnudos y muertos. Ese ataúd llevaba adentro el cuerpo de un hombre más grande. Llevaba los restos del hombre que por efecto de una aritmética extraña, impenetrable, mejora a otros. Su recuerdo es de una intensidad que hace mejor toda una etapa de mi vida. Su memoria nos hace mejores a mi padre y a mí. Y, considerando los gestos de cariño por un personaje público altamente denostado en vida, nos mejora como país.

Evito ser actual, caer en la tentación de la primicia, de lo inmediato. Por momentos, mientras escribía este texto, pensé que me estaba apurando, que temía dejar pasar el momento-noticia. Pero con los días entendí otra cosa. Llevo 32 años escribiéndolo. Este es el punto final.


(publicado aquí)

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