1/19/2010

carazo

LOS AÑOS DEL CONFETI

por Luis Chaves


El recuerdo es este. Está el borde de la acera, los eternos zapatos ortopédicos con la punta menos gastada que erosionada. En la mano tengo una botella de Old Colony, un refresco que sabe a lo que huele. A gaseosa roja. En la otra, una banderita de papel. Si levanto la cabeza, veo pasar la caravana. Sucesivos Datsun 120Y, Chevy Nova, Toyota Corolla, Plymouth, pitos, insignias, vítores y banderas: el fondo blanco atravesado por una línea celeste en el medio y la letra U, roja y central. Es la esquina del play de la ciudadela Zapote, es diciembre de 1977, tengo 8 años y a ese señor de guayabera blanca que saluda desde un camión convertido en tarima lo sigue una estela de confeti.

Vivíamos en la casa número 65 de la ciudadela. Prensado entre el dash y el parabrisas del Datsun de mi padre, había un cartón que lo acreditaba como delegado del Tribunal Supremo de Elecciones. Ese cartón y la banda elástica de brazo que usó por meses quedaron tirados una tarde en el comedor cuando renunció, en bloque con otros delegados, como protesta por la obstrucción de la policía oficialista en ciertas caravanas de campaña de la Coalición Unidad.

No visito la infancia con especial cariño. Todo lo contrario. Considero falso, por no decir lacrimoso, el lugar común de que todo-tiempo-pasado-fue-mejor. A pesar de esto, o quizás precisamente por eso, los recuerdos de lo que puedo llamar momentos-felices son indestructibles. Este es uno. Yo no sabía quién era ese señor de la sonrisa infinita, tampoco qué representaba la bandera que yo sostenía en el borde la acera –inmovilizado por la timidez– sin agitar, pero aquel desfile que cruzó el corazón de la ciudadela un día luminoso, no me ha abandonado.

De Zapote nos fuimos directo a Barva de Heredia en plena administración Carazo. Nos mudamos a una obra gris total. Fue el Día del Padre de 1981. En la arena de esos días, están los restos que dejó la marea de una época convulsa. Si fuera posible, es como si la crisis del petróleo y el bloqueo del FMI fueron el resultado de los periodos revueltos del fin de la infancia, de la construcción del país filial, esa patria inevitablemente compleja de padres e hijos. Entonces, está todo junto, las fotos mentales de la campaña del 78, la última navidad en Zapote, las filas en el estanco de la mano de mi abuela materna, el aparato telefónico con el 25-62-25 escrito a mano sobre el centro del disco, la escalera de carpintero que llevaba a un segundo piso a la intemperie. Y, claro, la imagen de aquel hombre coronado para siempre por el confeti.

Con el tiempo fui armando mi perfil de don Rodrigo Carazo, cotejando argumentos de amigos y enemigos, de partidarios y detractores. En mi libro contable queda como el último de los estadistas, como el creador de eslóganes invencibles. Un presidente que internó a su madre en un hospital público.

El planeta siguió en lo suyo y me tocó volver a la casa 65 de la ciudadela Zapote. Acaba de pasar la navidad, mi hija abrió regalos en la misma sala a la que volví con la bandera de papel y la botella de Old Colony vacía. En esta sala vi, en diferido, las honras fúnebres de don Rodrigo. Siempre he pensado que los humanos nos vemos más pequeños desnudos y muertos. Ese ataúd llevaba adentro el cuerpo de un hombre más grande. Llevaba los restos del hombre que por efecto de una aritmética extraña, impenetrable, mejora a otros. Su recuerdo es de una intensidad que hace mejor toda una etapa de mi vida. Su memoria nos hace mejores a mi padre y a mí. Y, considerando los gestos de cariño por un personaje público altamente denostado en vida, nos mejora como país.

Evito ser actual, caer en la tentación de la primicia, de lo inmediato. Por momentos, mientras escribía este texto, pensé que me estaba apurando, que temía dejar pasar el momento-noticia. Pero con los días entendí otra cosa. Llevo 32 años escribiéndolo. Este es el punto final.


(publicado aquí)

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