5/17/2010

mi hija y yo

(viene de)

por Luis Chaves


1. Noche del veintisiete de julio del 2005. En la sala de parto, los facultativos se encargan de cerrar la incisión quirúrgica que minutos antes le hicieron a su madre. En bata verde de hospital, cargo en brazos a la niña que, al otro lado del vidrio que nos separa, todos vinieron a recibir. Mis padres, mi hermano, mi cuñada y un par de amigos, casi invisibles entre la multitudinaria y entusiasta familia materna sorprendida del desconcierto y fascinación con que, confundiéndome porque no me conocen, ese enfermero contempla a la criatura.

2. Tengo algunas fotos de la noche que nació. En todas aparezco enfundado en la bata verde de hospital sosteniendo en brazos al reflejo del flash en la ventana.

3. Pasan ocho meses, viene a dormir a mi casa por primera vez. La Ley de Murphy es axiomática y al vómito que empieza en la noche se le suma la fiebre del día siguiente. Hay una explicación freudiana para lo que yo, derrotado, resuelvo llamando a su madre.

4. Las cosas casi nunca son lo que parecen. Los fragmentos anteriores los escribí hoy, muchos días después de los que siguen. Semanas atrás digité el título para quedarme inmóvil debajo de él. Volví cada 24 horas sólo para reincidir en el fracaso.

5. Horizontal en el sofá, veo un documental sobre Bob Dylan. Ariana, mi hija, duerme profundamente en la habitación de al lado. Tiene un año y cuatro meses de edad. Por más de tres horas, lo que dura el programa, nada me distrae, sumergido completamente en la narración. Me queda grabado el pasaje donde Dylan cuenta que de niño se muda con sus padres a una casa en la que encuentra, en el sótano, una guitarra. Dice que allí empieza su relación con la música. La música que luego él cambiaría para siempre. Lo que me captura, sin embargo, es la idea de esa persona que vende la casa y deja su guitarra. Me intriga el desconocido que se lleva todo menos su instrumento. Por mucho, esa historia lateral me parece más interesante que la del mismo Dylan. A todo esto, Ariana sigue dormida en su cuarto a oscuras, respirando con la pulsión secreta de la naturaleza, pequeñita, bocabajo, analfabeta. Las vigas del cielo raso crujen, el motor de la refri se activa como un metrónomo, los vecinos se sientan con sus hijos a cenar, termina el documental de Dylan.

6. Hemos aprendido a bañarnos juntos, las palabras que aún no conoce son el idioma con el que nos comunicamos. En nuestro primer viaje al Caribe nos revolcaron con violencia las olas de un mar nada amistoso, fuimos presa fácil de las purrujas, nos sentamos en hormigueros feroces. En su elementalidad, algunas veces me ha negado un gesto de cariño, generando así depresiones de las que solamente me libró el clonazepán. He comprobado, con evidencia, que a madre e hija las une una fuerza portentosa, descomunal. Es poco tiempo, pero suficiente para saber que nada puedo enseñarle que no sea un defecto mío que quiero corregir.

7. Muchas veces la veo jugar en el patio, descubriendo el mundo bajo el árbol de cas, iluminada intermitentemente por el sol de la tarde que se cuela entre las ramas. Entonces, imposible evitarlo, suena dentro de mi cabeza O baby, de Siouxsie and the Banshees.

8. Desde los ocho meses, ya lo dije, Ariana se queda, días alternos, a dormir en mi casa. Hasta hace poco esta escena se repitió sin variaciones: cada media hora me despierto, camino hasta su cuarto y me detengo al lado de su cuna, en medias y calzoncillos, la alumbro con una linterna para asegurarme de que está viva, para comprobar que respira. Un haz de luz que recorre su biología de escasos meses en busca de señales de vida.

9. En ese viaje al Caribe atravesábamos el Braulio Carrillo a velocidad crucero. Por la ventana del carro, mirábamos pasar las hojas gigantes de esas plantas cuyos nombres desconocíamos los dos.

10. A la categoría de familia disfuncional, como la vecindad de El Chavo, pertenecemos el grupo de amigos que cada fin de semana nos juntamos en plan paseo-con-hijos. El domingo pasado, ante la falta de ideas, fuimos a un restaurante, digamos, “dominical”. Familias nucleares, zona verde con columpios y carruseles, menú de doble colesterol. En la entrada, un rótulo admonitorio con la leyenda: este es un espacio familiar, se prohíben las escenas amorosas.

11. Es un eslogan artificial ese de que cuando tenemos hijos entendemos a nuestros padres.

12. Ahí está Ariana dormida, el planeta da vueltas impulsado por el motor darwiniano, las familias se sientan a cenar y el ruido de los cubiertos contra los platos es la banda sonora de una especie que con argumentos metafísicos decora la reproducción. Me persigue la imagen mental de una guitarra en el sótano de aquella casa vacía y no entiendo qué relación tiene con esto. Poco más puedo decir. Sospecho que aunque pasen los años y esa enana crezca, la esencia la paternidad se reduce a un adulto, en medias y calzoncillos (es decir, ridículo e indefenso) invadiendo el sueño de su hija para asegurarse de que respira, porque tiene una sola certeza: por esa nariz diminuta respiran ahora los dos.

(vuelve a tetrabrik)

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