10/14/2011

sentar cabeza, de manuel jabois


Noel Gallagher está promocionando su nuevo disco delante de un té mientras habla afectadamente de su familia como si hubiera dedicado los últimos veinte años a hacer rutas de senderismo. Toda estrella de rock, todo pasado, en definitiva, encuentra siempre un momento en la agenda para presentarse delante del periodista y anunciar que ha sentado la cabeza, que su nuevo trabajo es fruto de la madurez y que sus placeres son salir en bici con los niños. Que ha descubierto el budismo o así, y que busca belleza en las cosas. Se excusa decir que el disco es infumable y normalmente a los dos meses la estrella aparece en una revista con la cara manchada de speed y seis putas subidas a la espalda. Cuando uno va por ahí anunciando que su vida es muy tranquila es como cuando sale el presidente a ratificar al entrenador: la situación no se sostiene más. Los representantes hablan de una pequeña recaída, de una serie de malas noticias que han afectado a su cliente. Y tanto: esposa, senderismo, bicicleta y no probar alcohol. Eso no lo supera nadie.
Esta filosofía no es fruto sólo de la promoción comercial sino de algo que gira alrededor de un concepto bélico: sentar cabeza. Lo curioso es que suele identificarse sentar cabeza a juntar una familia y organizar barbacoas en el jardín, cuando yo, que me las he visto en todas, jamás he estado tan borracho y perdido como en las reuniones familiares, donde no meo encima de la abuela porque me agarran. En los últimos tiempos, metido en la treintena hasta las cejas, me paran amigos para decirme que ya no salen y que experimentan sensaciones tremendas al madrugar los domingos. Mira, hombre: vete a que te den por el culo. Uno cambia de vida y de hábitos de forma natural. Cuando dejamos de coleccionar cromos no llamamos por teléfono para contarlo. En un bar de Pontevedra se pasó uno diez años presumiendo de que no se metía coca desde hacía seis meses. Una noche, pillado en plena capitulación, reconoció: “En realidad llevo sin meter desde el sábado que viene”.
Noel Gallagher quizás haya dejado de romper televisores en los hoteles –precisamente ahora, cuando es más necesario que nunca- y a lo mejor ha descubierto el placer de la vida reposada y necesita presentarse al mundo con calcetines de perlé. Yo creo que nunca ha tenido la cabeza mejor amueblada que cuando compuso Don’t look back in anger pero igual él no piensa lo mismo. A mí lo que me molesta es que empiece a salir en las revistas delante de un té para decir que bebe menos que yo. Imagínese levantarse un día de resaca, encender la televisión y ver a Keith Richards diciendo que ayer no salió. ”He descubierto los domingos sin resaca”, dice Richards. Yo entonces cojo la televisión y la tiro por la ventana, y luego ya si eso que me saquen de casa esposado y en pijama rodeado de vecinos curiosos (“el del tercero, el del tercero”). Pero alguien, serenamente, ha de cumplir ese papel.
(Tomado de El Mundo)
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5/24/2011

empobrecimiento, por enrique vila-matas


Pocos dudan que Internet sea una revolución tan importante como la que produjo Gutenberg con la imprenta. Sobre el futuro del lenguaje, en cambio, hay más dudas, porque todo indica que este ha empezado a perder parte de su energía y en consecuencia el género humano está volviéndose menos humano. Ese es el peligro real que, entre otros, ya advirtió George Steiner en 1971, cuando habló, largo y tendido, del periodo de cambios profundos que comenzábamos a atravesar y citó unos versos maravillosos de Wallace Stevens sobre el mundo de las hojas. Aquellas páginas de Steiner parecen escritas hoy mismo. Pero lo que sí fue escrito hace unas horas, en plena Spanishrevolution, es este tuit: "No había caído hasta hoy en que estamos en mayo. ¿Es el Mayo del 11 que contaremos a nuestros nietos?".
      Supongamos que perdura en la memoria el Mayo español y un día hay que contarlo a los nietos. ¿Cómo se contará? Esa es la cuestión, que diría Hamlet. ¿Se narrará utilizando todos los resortes literarios de la complejidad que tanto pueden ayudar a profundizar en el laberinto de la realidad, o bien con el lenguaje surgido de la taquigrafía del tuit? En la Spanishrevolution se ha visto cómo los tuits son un atentado contra la complejidad del mundo que pretenden leer. Tal vez tanta simpleza esté relacionada con el hecho de que la biblia de los rebeldes hispanos sea ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel, un librito de menos de 30 páginas (desde luego un tomito óptimo para un país de lectores perezosos), cuyo propio autor, hombre honesto, viene rogando a sus gandules seguidores que acudan a libros mucho más consistentes y elaborados que el suyo, libros como La voie (La vía), de Edgar Morin, o el ensayo de Susan George,Sus crisis, nuestras soluciones.


      El problema de fondo ya estaba hace 40 años cuando Steiner advirtió de que se iban a modificar las formas de comunicación y que era preciso tener bien claro lo que estaba en juego, pues lo mejor del hombre se había relacionado con el milagro del lenguaje, y hasta entonces la humanidad y ese milagro habían sido indivisibles. Antes del hombre, venía a decir Steiner, solo existía un caótico mundo orgánico y animal, poblado de mensajes no humanos. Todo esto lo decía en 1971, poco después del famoso Mayo francés y en pleno ascenso de la generación de los baby-boomers, la generación de Tony Judt, nacido en 1948, muy crítico con ese Mayo francés que jugó tan infantilmente a hacer la revolución. En El refugio de la memoria -libro verdaderamente memorable- nos advierte Judt de que cuando las palabras pierden su integridad, también lo hacen las ideas que expresan. Muy duro con Facebook y Twitter -mundos en los que cree registrar que la concisa alusión sustituye siempre a la exposición-, cree Judt que Internet fue una oportunidad para la comunicación sin límites, pero el sesgo cada vez más comercial del medio ha traído consigo su empobrecimiento: "En la generación de mis hijos, la taquigrafía comunicativa propiciada por su hardware ha comenzado a calar en la comunicación misma: la gente habla como en los mensajes".

      El empobrecimiento ya está aquí. Lo registramos en la economía, por supuesto, pero también en el lenguaje raquítico de los políticos y también en el habla tuitera, incapaz en muchos casos de pasar de la lectura de 30 páginas al año. Se está demoliendo el antaño asombroso poder de las palabras para analizar el mundo. Y, como dice Judt, más que padecer la aparición de la "neolengua", nos amenaza el auge de la "no-lengua".

      Imposible no recordar a Wallace Stevens cuando escucha, un día invernal, las señales premonitorias de la catástrofe. Capta que ha desaparecido el hálito de héroes sin aliento, e incluso todo murmullo humano, y oye solo un susurro de hojas que no se trascienden a sí mismas, hojas carentes de imaginación, sin significar más de lo que son al encontrarse con el aire, en la cosa misma. "Hasta que finalmente el susurro no le interesa a nadie", concluye.

      tomado de El País


      *El poema de Stevens que cita Vila-Matas que cita Steiner es este.

      vuelve a tetrabrik

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      4/22/2011

      ezra pound por juan forn

      HISTORIA DE UN PEDESTAL

      por Juan Forn


      1977, Bienal del Disenso en Venecia. Ezra Pound lleva cinco años muerto y enterrado en el cementerio de la ciudad. Su compañera de toda la vida, la violinista Olga Rudge, invita a Susan Sontag y a Joseph Brodsky a cenar en su casa. Nomás entrar en aquella casita angosta de dos pisos que parecía una cueva para gnomos según Brodsky, lo primero con que se toparon fue con un enorme busto de Pound hecho en piedra, apoyado directamente en el piso. El tamaño de la cabeza superaba la estatura de la diminuta dueña de casa, que esperaba junto a su Hombre de Piedra a los dos invitados.
      El busto lo había hecho en Londres el escultor monumentalista Gaudier-Brzeska. Nunca llegó a exhibirse porque el artista no quiso (y el modelo no tenía con qué) pagar el bruto pedestal que necesitaba, y terminó en el jardín silvestre de Violet Hunt en Camden Hill, apoyado en el pasto, a merced del moho y los caracoles. Pound iba periódicamente de visita a limpiarlo, ya que su excéntrica amiga no veía la menor necesidad de tener jardinero en sus dominios. Por esa clase de cosas, Pound, que había llegado aún tiernito a Londres, procedente de las praderas de América, diez años antes, abandonó Inglaterra en 1920, luego de prácticamente inventar la poesía moderna, no tanto con lo que escribía como con su fabulosa manera de intervenir poemas ajenos. Pound logró que colegas mejores que él (Eliot, Auden, el último Yeats) entendieran un precepto decisivo: al eliminar lo ornamental, la poesía duplicaba su carga expresiva. Es leyenda que Pound rompía cada silla donde se sentaba. A los quince se había prometido que a los treinta sabría más que nadie de poesía en el mundo entero (reveló esta promesa al mundo, o al menos a sus amigos poetas en Londres, cuando tenía 28, típico de él). Hacia 1920, todos los beneficiados con su prédica ya estaban un poco hartos de su intensidad y rogaban que se fuera a molestar a otra gente en otra parte.
      Así partió Pound a París, con su busto de piedra, pero no logró repetir allá la revolución que había montado en Londres (Gertrude Stein diría después: “Era un predicador de aldea, excelente si uno era de una aldea y, si no, no”). El busto pasó todos esos años acumulando polvo en un depósito del puerto de Marsella: no hubo motivo que ameritara su exhibición pública. Pound decidió buscar terreno más fértil para su cruzada y lo encontró en Italia. En 1927 acompañó a su amante, la violinista Olga Rudge, a un concierto que dio para Mu-ssolini. Luego de la función, Pound le propuso al Duce que fuera el patrono de la vanguardia que él encabezaría. Meses después, estaba instalado en el coqueto pueblo de Rapallo, en cuya plaza central se colocó, sobre un pedestal de dimensiones convenientemente fascistas, el busto hecho por Gaudier-Brzeska.
      Pound recibía a sus visitas en el café al aire libre de aquella plaza. Cuenta Kay Boyle en sus memorias que, cuando fue a visitarlo en 1938, Pound le contó que había tenido un hijo, que lo había bautizado Omar Shakespeare Pound. Y agregó: “Nótese el crescendo”, con la mirada perdida en el hierático busto de piedra en el centro de la plaza. Ya llevaba años escribiendo sus Cantos, esa ópera magna que pretendía abarcarlo todo y fue definida alguna vez por Edmund Wilson como “la bancarrota de la poesía”. En los Cantos, como en sus panfletos antisemitas y en sus transmisiones para la radio fascista, Pound culpó a la usura de ser el cáncer del siglo y a los banqueros judíos de Europa y Norteamérica de ser los responsables de ese cáncer, y condenó a Estados Unidos por meterse en la guerra, y ofreció a los nazis hacer desde Berlín las transmisiones que hacía desde Roma (“Sesenta judíos empezaron esta guerra...”).
      Cuando las tropas norteamericanas llegaron a Rapallo, pusieron a Pound en una jaula (literalmente: era una celda sin techo en el patio de un campo de detención). Iban a procesarlo por traición a la patria. Su celebridad y su legendario desequilibrio lo salvaron: eximido por motivos psiquiátricos (aunque nunca recibió un diagnóstico específico), fue a parar al Hospital para Enfermos Mentales de Saint Elizabeth en Washington, donde lo tuvieron trece años. Lo dejaban jugar al tenis y recibir todo tipo de visitas (desde Premios Nobel hasta segregacionistas sureños que se definían como neonazis). Ganó el hiperprestigioso Premio Bollingen de poesía con lo que escribió mientras estaba cautivo en el hospicio (los Cantos Pisanos, que son básicamente una elegía a la muerte de Mussolini). En 1958, cuando le avisaron que sería liberado, aceptó ver a Olga Rudge después de siete años de negarse a recibirla y le pidió que se lo llevara a Italia (ella abandonó su carrera musical para dedicarse a él). Al bajar del barco en Nápoles, hizo el saludo fascista.
      Llegó a ver en vida cómo se definía su época como “la era de Pound” y cómo se equiparaba su rol al de Marcel Duchamp como abrecabezas supremo de las vanguardias del siglo. Pero en sus últimos años empezó inesperadamente a pensar que no había sido el coloso que siempre creyó ser. Para espanto de los poundianos, confesó que siempre había impostado la voz, no para engañar al mundo, sino para engañarse a sí mismo. Reconoció que, comparado con los otros grandes poetas del siglo, él tenía demasiado pocos poemas indiscutiblemente geniales y que el titánico y megalómano esfuerzo de los Cantos había sido “estúpido e ignorante de principio a fin”. Y después no dijo nada más: se pasó sus últimos cinco años de vida sin proferir una palabra. Los poundianos dicen que aquellas tres semanas en la jaula en Pisa y los trece años en el hospicio lo quebraron. Joyce y TS Eliot y Yeats, que lo trataron muy de cerca mucho antes, creían que ya estaba seriamente desequilibrado en 1930 (fecha en que, casualmente o no, empieza a publicar sus panfletos raciales). La famosa foto que le hizo Avedon, que lo muestra cerrando los ojos a todo (honores y perdón parece que le dieran igual), ilustra más que mil biografías o ensayos dónde estaba Pound en sus últimos años.
      Como habían tenido ocasión de ver Susan Sontag y Joseph Brodsky aquella noche de 1977 en Venecia, Pound fue una cabeza demasiado grande en una casa demasiado chica, una estatua en el piso porque sólo podía tener pedestal si éste era de dimensiones fascistas, cualquier persona que se paraba a su lado para defenderlo parecía irremediablemente minúscula y el único lugar imaginable donde no desentonaba era en un jardín que nadie cuidara, entre matas de pasto desigual, a merced del moho y los caracoles, esperando la visita de la única persona en el mundo capaz de aparecer de tanto en tanto, arrodillársele enfrente, y orar y laborar (“Porque trabajar es orar”) frotando un cepillo de alambre embebido en agua y lavandina contra la cara tallada en la piedra.
      tomado de Página 12
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      4/16/2011

      maniobras orquestales en la oscuridad



      por Luis Chaves 

      Hubo un bar en la frontera ambigua de barrios tan disímiles como Lourdes y Freses, en la zona este de San José. El Blue Bar. De iluminación indirecta, de ventilación intrascendente, varias mesas en un salón de entrada que se iba estrechando hacia una barra-pasadizo que remataba en una pared de dardos flanqueada por el lugar más visitado del bar, el baño. Había un código secreto en la barra y, para decirlo tangencialmente, nadie que haya entrado a “el Blue” -como le llamábamos los asiduos-  pidió nunca el menú.

      Coincidía algunas noches de semana con Felipe. Fue allí donde una madrugada terminó de esta manera un largo y elegíaco monólogo sobre Lou Reed: después de estirar su brazo hacia atrás, como una extremidad autónoma y con ojos que se introdujo en la mochila colgante del respaldar de su silla, sacó una biografía de la Velvet Underground (imposible de conseguir entonces en el país, la de Jorge Arnaiz y José Luis Mendoza, Ed. Cátedra, 1992) y la puso sobre la formica gastada de la mesa. “No la he leído, te la regalo”, me dijo. Pagué la cuenta de inmediato, antes de que se arrepintiera. Un gesto inútil, el tiempo lo demostró. Felipe era así, desprendido. En las antípodas de la caridad, que da lo que le sobra, Felipe regalaba los objetos de su deseo, la representación material de sus pasiones.

      Algunas de esas noches me recitó poemas que luego fue reuniendo en este libro. Una memoria prodigiosa que disparaba citas de sus escritores favoritos, poemas de su autoría, discografías completas y cronológicas de sus bandas preferidas. Tengo discos, libros y hasta un chaleco que, sin pensarlo dos veces, me cedió cuando le dije que me gustaba. Nos conocíamos, teníamos amigos en común, pero no me atrevería a decir que fuimos nada parecido a amigos cercanos. Lo poco que supe de su vida personal que no fuera vía terceros, se lo fui sacando con fórceps a lo largo de varios años después del período del Blue Bar.

      Nos separaron las mismas cosas que nos acercaron. Con la misma intensidad, la misma violencia. Tal vez por eso nunca se sintió cubierto por la sombra de la confianza para hablarme de otros temas, pasar de la literatura a la vida, de las citas de autores a con qué mano dibuja tu hija. No lo sé y ya no importa. Felipe está muerto y ahora Dani Riera, un gran amigo compartido, me pide algunas palabras para prologar este libro.

      Soundtrack. No me imagino otro primer libro de Felipe. Uno que no se hubiera levantado con un pie en cada una de sus obsesiones, la literatura y la música. Soundtrack es entonces, para empezar, un libro genuino. Para ustedes, que no lo conocieron: esto que van a leer es Felipe. Ese era su mundo. De eso te hablaba si se sentaba a tu lado en el bus, en la barra de un bar, en la calle mientras te acompañaba unas cuadras. Irónicamente, casi un año antes de morir participó de la invitación que hizo una revista local a cuatro  escritores para un especial titulado “El último día de mi vida”.  De su texto, cito un pasaje: “Que para mí la literatura, o más bien, los libros y escribir, cumplieron con todo lo que a otros daba dios: consuelo, esperanza, castigo y una forma —no mejor ni peor— de tratar de explicarme qué mierda era la vida”. Creo que no me equivoco si agrego a la música en ese dios de Feli. La música como una forma de la literatura. Una forma superior de la literatura.   

      Sobre ese binomio se construye Soundtrack, un libro que, en mi opinión, se sostiene y gira alrededor de un poema central. Poderoso, mayor, auténtico. Who wants to live forever es una declaración de principios, una hoja de ruta, un depósito a plazo que luego cobró.  Un poema que uno se imagina fue armado en la oscuridad, musicalizado por la orquesta nocturna del insomnio. Ese poema, que tiene réplicas decrecientes en el libro, lo alimenta, lo oxigena. Los momentos bajos del libro solo benefician el contraste con los momentos altos; incluso esos desniveles son parte del código fuente de Soundtrack. Alejado deliberadamente de la factura impecable, próximo a veces a la obra gris. Arrasador, contundente y abrasivo cuando quiere. 

      Como aquel bombardero B-29 que puso punto final a la Segunda Guerra Mundial, el Enola Gay, cruzando el cielo en silencio, protegido por la doble noche de las nubes, cargando un artefacto letal y expansivo. Así es este libro. Del efecto residual de su lectura, queda la impresión no solo de que uno conoció a Felipe, si no de algo más inquietante, que Felipe sabía algo de nosotros.

      Habían pasado unos días o semanas desde su fallecimiento, era tarde en la noche y le escribía un mail a un grupo de amigos, una lista hecha. En el instante en que lo envié me di cuenta de que Felipe estaba incluido. Fue rara esa sensación que duró unos segundos.  Luego nada. El silencio expansivo, Felipe, ya convertido en un recuerdo, en una idea, protegido por esa doble noche que eligió. 


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      1/23/2011

      delaten, no se priven

      por Javier Marías

      Olvídense de que soy fumador y de que, como dije la semana pasada, la nueva ley antitabaco me parece fascistoide en sí misma y atentoria contra las libertades. La batalla ya la hemos perdido, y la mayoría de quienes encendemos pitillos somos más educados y civilizados que quienes llevan a cabo sus feroces campañas contra nosotros. Acataremos la ley y supongo que pisaremos bares y restaurantes con menos frecuencia de lo que solíamos. Sólo se nos permite consumir un producto legal, con el que el Estado español se ha forrado durante siglos y se sigue forrando, en nuestras casas y a la intemperie. Saldremos poco. Cada vez que se nos invite a un domicilio, preguntaremos antes si se nos permitirá fumar en él, y si la respuesta es “No”, no iremos. Ni a cenas ni a fiestas ni a tomar un café. Los fumadores y los no fumadores estaremos cada vez más divididos, posiblemente dejaremos de tratarnos. Ahora que la ignorante Leire Pajín y su padrino Zapatero preparan una Ley Integral de Igualdad de Trato y No Discriminación, con la que esa puritana pareja pretende “que no se humille a nadie y que nadie pueda sentirse humillado”, deben saber que no hay mayor humillación, para un 30% de la población –unos 14 millones de individuos, nada menos–, que verse excluidos de la sociedad por tener una costumbre –o un vicio, tanto da– a la que el propio Estado al que representan nos ha alentado durante décadas, en su beneficio y en el de la Sanidad de todos, que se paga en buena parte con los impuestos del tabaco.

      Pero olvídense de esto. Lo que resulta más repugnante de todo el asunto es la actitud de los susodichos ahijada y padrino, que una vez más han demostrado que ni son de izquierdas ni tienen la menor idea de lo que es un sistema democrático, al haber instigado a los ciudadanos a comportarse como lo que no son ni tienen por qué ser, excepto en los regímenes totalitarios. Pajín y Zapatero habrían estado a gusto en la España de Franco, en el Chile de Pinochet, en la RDA de la Stasi, lo estarían en la Venezuela de Chávez, en la Cuba de Castro y en el Irán de Ahmadineyad, lugares en los que se conminó o se conmina a los particulares a ejercer de policías y chivatos y a delatar al vecino, a que todos formen parte indirecta de los Guardianes de la Revolución o como se llamen en cada sitio. Da lo mismo de lo que se trate en cada caso: aquí es impedir que las mujeres muestren un mechón de cabello, allí que nadie se aparte de la doctrina bolivariana, más allá –en nuestro país, durante cuarenta años– que haya “desafectos” o “tibios” y que queden impunes los “enemigos del Régimen”.

      Elvira Lindo ve exagerado hablar de “represión” o “totalitarismo” ante una cuestión tan menor como el tabaco, y nos pide que dejemos esos términos “para cuando de verdad hagan falta”. Sólo puedo responderle que, para que de verdad no hagan falta –para que alguien no pueda ir a la cárcel por cualquier estupidez, o porque se les antoja a los gobernantes–, hay que señalar en seguida todo indicio de autoritarismo, por baladí que sea el asunto. Y puede que la libertad de fumar sin causarle daño a nadie –es decir, sólo entre fumadores voluntarios, lo único a lo que hemos aspirado– sea baladí. Pero no lo es, en cambio, que Zapatero y Pajín insten a los ciudadanos a actuar como delatores. Entre denunciar y delatar hay algunas diferencias, pero la principal es esta: el que pone una denuncia contra alguien ha de hacerlo a cara descubierta, firmando con nombre y apellidos, entre otras razones para que el acusado pueda defenderse y exigir al denunciante que pruebe sus cargos o se atenga a las consecuencias; el que delata lo hace a escondidas y anónimamente, sin arriesgarse siquiera a que el delatado le retire el saludo y sin verse obligado a demostrar nada. El delator es un ser despreciable, lo saben hasta los niños, y fomentar la delación es fomentar la difamación y la cobardía, lo que han hecho Zapatero y Pajín. El primero, además, ha añadido cinismo, permitiéndose decir que su ley “no es prohibitiva, sino preventiva”. Aún me acuerdo de cuando prometió que no cambiaría, en 2004. Parecía, por entonces, más persona que el resto de sus colegas.

      Por si todo esto no bastara, varias asociaciones se han ofrecido a tramitar las denuncias de los delatores vocacionales, para que puedan conservar aún mejor su anonimato y no se tomen molestias. Una es Facua, que ejerce así de comisaría, lo mismo que Nofumadores.org, de la que no esperaba menos: hará cosa de un año, su Presidenta, Raquel Fernández Megina, me escribió una carta insinuando que, puesto que me oponía a la ley en ciernes, acaso estuviera pagado por las tabacaleras. Una de las cartas más mezquinas que he recibido en mi vida, y les aseguro que ya llevo unas cuantas. Le contesté recomendándole que, antes de hacer semejante insinuación, se informara de a quién se la hacía, porque, en lo relativo a aceptar dinero, yo no lo acepto ni del Estado, gobierne quien gobierne, y por eso declino siempre hasta las más inocuas invitaciones del Ministerio de Cultura o de los Institutos Cervantes. Pero es el franquismo redivivo, lo que estamos padeciendo: si alguien se opone a algo, no es porque esté en desacuerdo, sino porque está “comprado”. Entonces era por el oro de Moscú, se acordarán algunos. Ahora es por la industria tabaquera, o por las ganaderías si se defienden las corridas. Creer eso, o decirlo, es típico del pensamiento totalitario: sólo pueden discrepar de mí, que estoy en posesión de la verdad, quienes están sobornados. Delátenlos anónimamente, no se priven. Ya se sabe que, de las calumnias, siempre algo queda.

      Tomado de La zona fantasma

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