4/16/2011

maniobras orquestales en la oscuridad



por Luis Chaves 

Hubo un bar en la frontera ambigua de barrios tan disímiles como Lourdes y Freses, en la zona este de San José. El Blue Bar. De iluminación indirecta, de ventilación intrascendente, varias mesas en un salón de entrada que se iba estrechando hacia una barra-pasadizo que remataba en una pared de dardos flanqueada por el lugar más visitado del bar, el baño. Había un código secreto en la barra y, para decirlo tangencialmente, nadie que haya entrado a “el Blue” -como le llamábamos los asiduos-  pidió nunca el menú.

Coincidía algunas noches de semana con Felipe. Fue allí donde una madrugada terminó de esta manera un largo y elegíaco monólogo sobre Lou Reed: después de estirar su brazo hacia atrás, como una extremidad autónoma y con ojos que se introdujo en la mochila colgante del respaldar de su silla, sacó una biografía de la Velvet Underground (imposible de conseguir entonces en el país, la de Jorge Arnaiz y José Luis Mendoza, Ed. Cátedra, 1992) y la puso sobre la formica gastada de la mesa. “No la he leído, te la regalo”, me dijo. Pagué la cuenta de inmediato, antes de que se arrepintiera. Un gesto inútil, el tiempo lo demostró. Felipe era así, desprendido. En las antípodas de la caridad, que da lo que le sobra, Felipe regalaba los objetos de su deseo, la representación material de sus pasiones.

Algunas de esas noches me recitó poemas que luego fue reuniendo en este libro. Una memoria prodigiosa que disparaba citas de sus escritores favoritos, poemas de su autoría, discografías completas y cronológicas de sus bandas preferidas. Tengo discos, libros y hasta un chaleco que, sin pensarlo dos veces, me cedió cuando le dije que me gustaba. Nos conocíamos, teníamos amigos en común, pero no me atrevería a decir que fuimos nada parecido a amigos cercanos. Lo poco que supe de su vida personal que no fuera vía terceros, se lo fui sacando con fórceps a lo largo de varios años después del período del Blue Bar.

Nos separaron las mismas cosas que nos acercaron. Con la misma intensidad, la misma violencia. Tal vez por eso nunca se sintió cubierto por la sombra de la confianza para hablarme de otros temas, pasar de la literatura a la vida, de las citas de autores a con qué mano dibuja tu hija. No lo sé y ya no importa. Felipe está muerto y ahora Dani Riera, un gran amigo compartido, me pide algunas palabras para prologar este libro.

Soundtrack. No me imagino otro primer libro de Felipe. Uno que no se hubiera levantado con un pie en cada una de sus obsesiones, la literatura y la música. Soundtrack es entonces, para empezar, un libro genuino. Para ustedes, que no lo conocieron: esto que van a leer es Felipe. Ese era su mundo. De eso te hablaba si se sentaba a tu lado en el bus, en la barra de un bar, en la calle mientras te acompañaba unas cuadras. Irónicamente, casi un año antes de morir participó de la invitación que hizo una revista local a cuatro  escritores para un especial titulado “El último día de mi vida”.  De su texto, cito un pasaje: “Que para mí la literatura, o más bien, los libros y escribir, cumplieron con todo lo que a otros daba dios: consuelo, esperanza, castigo y una forma —no mejor ni peor— de tratar de explicarme qué mierda era la vida”. Creo que no me equivoco si agrego a la música en ese dios de Feli. La música como una forma de la literatura. Una forma superior de la literatura.   

Sobre ese binomio se construye Soundtrack, un libro que, en mi opinión, se sostiene y gira alrededor de un poema central. Poderoso, mayor, auténtico. Who wants to live forever es una declaración de principios, una hoja de ruta, un depósito a plazo que luego cobró.  Un poema que uno se imagina fue armado en la oscuridad, musicalizado por la orquesta nocturna del insomnio. Ese poema, que tiene réplicas decrecientes en el libro, lo alimenta, lo oxigena. Los momentos bajos del libro solo benefician el contraste con los momentos altos; incluso esos desniveles son parte del código fuente de Soundtrack. Alejado deliberadamente de la factura impecable, próximo a veces a la obra gris. Arrasador, contundente y abrasivo cuando quiere. 

Como aquel bombardero B-29 que puso punto final a la Segunda Guerra Mundial, el Enola Gay, cruzando el cielo en silencio, protegido por la doble noche de las nubes, cargando un artefacto letal y expansivo. Así es este libro. Del efecto residual de su lectura, queda la impresión no solo de que uno conoció a Felipe, si no de algo más inquietante, que Felipe sabía algo de nosotros.

Habían pasado unos días o semanas desde su fallecimiento, era tarde en la noche y le escribía un mail a un grupo de amigos, una lista hecha. En el instante en que lo envié me di cuenta de que Felipe estaba incluido. Fue rara esa sensación que duró unos segundos.  Luego nada. El silencio expansivo, Felipe, ya convertido en un recuerdo, en una idea, protegido por esa doble noche que eligió. 


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