12/18/2012

bufona confesa / por catalina murillo



No sé qué fue primero: si mi propensión a irme de la lengua, mi poco afán por subir en la escala social, o la visión ciniquilla que suelo tener de las cosas de este mundo (que no del otro, tengo fuertes ramalazos espirituales). Lo cierto es que esas cosas sumadas terminaron forjándome un oficio o por lo menos una vocación que he terminado por asumir: el de bufona.
Hay quienes piensan que no es una labor anodina, que a su manera los bufones son críticos y vigilantes del poder. Los mismísimos reyes solían permitir que les dijeran a la cara cosas que a otros les habría costado el pescuezo, porque entendían que los bufones daban la medida de “lo que se dice en la calle”, lo que se dice cuando no se aplican censuras previas a lo que uno suelta por esta boquita. Es decir, hasta los más poderosos consideraban sano permitir las bufonadas. Ahora que lo pienso, nunca es con el rey que uno tiene problemas por tener una bocota, es siempre con los lacayos…
El diputado Víctor Hugo Víquez publicó en estas páginas un artículo titulado “Columna burda y soez”, aludiendo a mi texto aparecido en la revista SoHo “Todos somos Pequis”, que el desocupado lector ya solo podrá leer adquiriendo la revista de octubre, pág.23, pues me la apearon de la internet. Pide Víquez que se aclare que nada de lo dicho ahí es cierto, cosa tan evidente como que la columna se llama La Calumnista y se basa en noticias falsas, salidas de mi imaginación calenturienta, eso no lo niego.
Dice Víquez que en ella ofendo “con epítetos dignos de mercado de abastos o cantinucha barata” a las personas ahí mencionadas, lo cual ratifica una vez más que no frecuentamos los mismos mercados ni las mismas cantinas, de hecho en mi Calumnia me refiero a cierta persona como el Hombre de la Cornucopia, palabra que más de uno habrá tenido que ir a buscar al diccionario, y que en las cantinuchas poco shakesperianas que visito yo se llama simplemente un hombre con un par de cachos bien puestos. Supongo que considera más propio llamar maricón a otro diputado en plena Asamblea Legislativa, como hiciera él, ya fuera de mi imaginación. No se pierdan una aguda semblanza suya aparecida en este periódico el año pasado. O sea que Víquez abre la revista SoHo y mi Calumnia le resulta “burda y soez”; supongo que le habría parecido más refinado y elegante encontrarme en cueros envuelta en una sábana blanca como un tamal de elote… como una que mejor no mentar en casa del ahorcado.
Total, a modo de respuesta a la queja de este caballero, escribí una nueva Calumnia para la edición de diciembre de SoHo y sufrió lo que -entiendo- es censura previa: no se publica por temor a una demanda. Esto es una falacia, pues todo es demandable, hasta la canción de Los Pollitos por promover la doble jornada laboral de la gallina; la cosa es dar con el juez suficientemente corto de luces o largo de mangas que así lo entienda. ¿No será que alguien quiere terminar de hundir a Víquez?, pues ya se sabe que no hay nada más dañino para un político que hacerles caso a los charlatanes u obligar a los bufones a hablar en serio. Qué tal que yo ahora, por sentirme censurada, me tomara en serio toda esta necedad y pidiera que Víquez pruebe que, en efecto, él no estaba en Madrid en agosto de 2012, que haga una declaración pública de las múltiples idas y venidas que ha hecho fuera del país este año, y que diga a cuenta de quién las ha hecho. Por ejemplo. Por ponerme seria.

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