5/17/2013

regale un cáncer de huevos / por catalina murillo


Lo siguiente sucedió en Nueva York y es verdadero, el lector escrupuloso puede investigarlo. La noche del 14 de febrero, quienes en lugar de estar en una cena romántica estaban solos en casa frente a la tele, pudieron ver el siguiente anuncio: sale un adonis con un batín de seda entreabierto exhibiendo unos firmes y lustrosos pectorales depilados. El modelo se dirige a cámara y con un estilo muy yanqui de hablar en publicidad, como declamando a Whitman mientras lo sodomizan, dice: “¿Quieres hacer algo verdaderamente especial por tu pareja en san Valentín? Hazte una prueba de cáncer de testículos”.

Quien estaba a esas horas frente a la pantalla chica era Anthony Delano Morato, escritor turco asilado en Manhattan, que en cuanto salió de su asombro me mandó un email: “¿Tu cuento se ha hecho realidad o de la realidad sacaste tu cuento?”.

Resulta que fui alumna de Delano Morato en un taller literario y presenté un relato que venía a contar más o menos esto: una escritora se ha quedado seca de ideas. Para despertar la creatividad, se mete a camarera en un hotel de lujo. Ella habla tres idiomas y no es tan fea, así que al poco se encuentra trabajando en el Hotel Four Seasons de Papagayo, y en efecto le sucede algo que merece ser contado.

Un atardecer, sirviendo bloody marys a dos gringos panzones, escucha una conversación tan increíble como impactante. Los diálogos en el relato eran sintéticos y efectivos, aquí sólo se cuenta su contenido. Eran negociantes, así a secas; empezaron hablando de un posible negocio de cereales, la comida seguía siendo la única inversión segura del mundo, dijo uno, y eso hizo replicar al otro, de barba pelirroja, que más la salud. ¡Pongamos algo en el cereal que cure a la gente!, dijo el primero, y el otro respondió: “Mejor pongamos algo que la enferme”. Rieron, los cocteles surtieron su efecto y cada vez más relajados se pusieron a explorar posibilidades de negocios médicos. Las mujeres están mejor aprovechadas que los hombres, se quejó uno, tienen mil análisis que hacerse, que si las tetas, que si el coño, que si los huesos y hasta la menopausia es ahora una enfermedad. Los hombres ya ni tienen miedo a quedarse calvos. Una cosa llevó a la otra, bromearon con la prueba de la próstata y fue cuando a uno se le encendió la lucecita y propuso el cáncer de huevos. “No me toques los cojones”, respondía el otro a carcajadas en una primera versión del relato, pero se suponía que hablaban en inglés así que hubo que sacrificar el chiste. “¿Qué tal si empezamos a meter miedo con el cáncer de testículos?, estamos hablando de las bolas, man”. La idea quedó aprobada por unanimidad etílica y surgió la segunda duda: cómo introducir en el mercado ese nuevo miedo; si se hacía muy directamente la gente podía terminar por darse cuenta del embuste y rechazarlo instintivamente. En ese momento sonó el celular de uno, era su querida, y eso inspiró la mente perversa del otro: ¡Que lo hagan por amor! Obviamente sería por amor propio –aclaró– pero vamos a venderles la idea de que lo hagan por su pareja... ¿Te das cuenta? En realidad el hombre que más miedo va a tener será el que no se sienta querido por nadie. La idea de fondo es: “A lo mejor tengo cáncer en los huevos y nadie a quien le importe”, explicó, y esa autoconmiseración es la que lleva a la gente al doctor. El otro lo escuchó maravillado y emocionado; cuando tienes tal conexión con un amigo, sale lo mejor (aunque sea para mal) de ti. Terminó de rematar la idea: arranquemos la campaña el día de san Valentín, propuso, así tendremos un filtro natural. El “perdedor” que esté esa noche solo en casa viendo tele será el primero en solicitar al día siguiente un ultrasonido de bolas. “Es correcto”, dijo el otro, aunque añadió su sospecha de que también los hombres con pareja se iban a sumar a la nueva paranoia, pues de algún modo… “Tu esposa lo que más desea de ti son tus huevos metidos en alcanfor, ¿no crees?”. Muy en el fondo es el mejor regalo que le puedes hacer: cortarte los huevos. Tú no lo sabes, pero ella, sí.

publicado originalmente en revista SoHo