9/09/2013

una critica de winterness, libro de juan dicent / por clara astiasarán


Approach on Winter 
(Conjeturas sobre Juan Dicent con un título de William Carlos Williams)

por Clara Astiasarán

Decía Onetti que su arte radicaba en dos cosas: leer y escribir. Juan Dicent (Bonao, 1969) estaría satisfecho con la primera.

A pesar de ello, dos ediciones de Winterness, su último libro de relatos, aparecieron simultáneamente en República Dominicana y Costa Rica, en el 2012. Lo primero entendible: la familia y los amigos son lectores cautivos. Lo segundo inexplicable en un país que además de leer poco, ve a los dominicanos como extras –patá y trompá– de un multicultural barrio caribeño de la ciudad.

Si, lamentablemente, todos los estigmas nos sobrevivirán.

Sin embargo, entre estos cuatro millones de cristianos, tan inflexibles con la política migratoria como tolerantes con la miseria, viven unas decenas de lectores de Juan Dicent (a.k.a. Dino Bonao). El hombre que nos vendió, a través de su blog y de su podcast, la imagen de un personaje degenerado de Kubrick –como si lo necesitara– nos convenció con la jerga fronteriza, las traducciones de O’Brien y un  ‘mami’ bajacalzón.

Al Alex de A Clockwork Orange (1971) lo sustituye ahora un bardo con un lunarcito coqueto. Sospechamos que después de los 40 años, la cursilería es ese “Acapulco de mercurio”, esa “Disenylandia submarina”  en la que quería ahogarse Bolaño. Dicent me dijo una vez: “no es cursi, si es verdad”. Lo compro.

Ahora bien, que acá, luego de ese acento ‘relambío’, sus lectores-hombres enfilen en la lista de heterosexuales, sólo asegura dos cosas: este país es materia de estudio para la OMS. Esto asumiendo que la geografía sea la otra certeza.

El libro que ahora descansa en la almohada, donde debiera reposar uno de los heterosexuales del párrafo de arriba, es parte del catálogo de Ediciones Lanzallamas. Juan Murillo y Guillermo Barquero más que editores, parecen los parientes exitosos de una familia de desgraciados anónimos. Los traiciona más la cerveza que la genética.

La portada costarricense de Winterness apuntala a este gran lector dominicano, reafirmando su pacto con Onetti. Hace visible en los lomos apilados, no sólo las innumerables referencias literarias que dinamita en cada texto de este libro, sino que lo introduce ‘forcejeando’ en un repertorio narrativo del cuál se confiesa devoto. Como el Mini me (1999) de Maurizio Cattelan, sentado entre tanto compendio de arte universal y fusionándose con la historia; lo mismo Dicent en este top ten, que en la suma de Kafka, De Quincey o Beckett ha perdido la cuenta.

A medio camino entre los puristas del idioma que deciden si incluir o no los dígrafos –¿27 ó 29 letras?– los cuentos del libro son 28. La asociación es ineficiente; el abecedario también. Este libro no se escribe en castellano, se vomita en un idioma preterido por el invierno.

Se dice que William Blake era un iluminado, pero asumir que el invierno es la estación del gozo lo convierte en un ser tan helado como opaco. No sé que diría Borges al respecto, tanto que lo admiraba. Si Summertime el primer libro de Juan Dicent, fue escrito bajo el sol cancerígeno de su isla; Winterness, armado en la humedad de un sótano del Bronx, viene siendo el efecto secundario de la quimioterapia. 

Dicent habla de un personaje de Beckett que teme al invierno. Paul Auster que le heredó al irlandés la manía de ser ‘un hombre solo en una habitación’, parece que también absorbió, en Diario de Invierno, la cualidad de la estación como pase de cuentas. Aunque admitamos con el personaje de “Florida Sun” que Paul Auster viene decayendo.

El invierno es, a la sazón de los relatos de este libro, la temporada en que se cosecha la desdicha. Animales de otra latitud, el frío los sobrecoge y los obliga a convivir: ese montón de desconocidos que una vez aglutinados en esas historias, terminas reconociendo como tu familia. Es por eso que Juan Dicent insiste regularmente en la primera persona, porque no hay otra manera con que enfrentar la  decepción que la autobiografía.

El drama propio se entrecruza con las experiencias de sus coterráneos, de sus familiares o amigos. Los dilemas del exilio, de la política y la historia, o el culto a las  remesas que sostienen la compleja y poco eficaz estructura dominicana, son el capital cultural del que se engancha Dicent para entretejer historias personales llenas de soledad, desamor y los rasgos menos trascendentes de la violencia.

La miseria humana es lateral ante la miseria. Lo que aquí se lee no esgrime sobre valores ni discursa sobre moralidades. Son en su mayoría narrativas sobre desplazados, sobre gente que aprendió en otro país, pero con el mismo idioma, el vocabulario de la derrota.

Y sin embargo no hay cinismo en esta literatura, sino un humor lleno de entereza. Juan Dicent no pone a ‘personajes’ ante las balas de los detractores del pintoresquismo, se pone a sí mismo: su madre, sus hermanos, sus tíos, su historia paterna. Hay mucho dolor detrás de cada uno de esos relatos, pero Dicent –pragmático– nos muestra la imposibilidad de la literatura como bálsamo. La confesión final de Fake Plastic Fruits es el atestado de ese fracaso: “Y yo quiero escribirte un poema muy sencillo, querido Tío, que evite que te vuelvas loco, que alivie tu sufrimiento con metáforas inútiles y hermosas; pero no soy Dylan Thomas, por eso plagio a Bob Dylan”.

Luego remata con el statement del exiliado: “Mudo, me quedo mirando un aguacate dominicano, tan real, tan bueno, que algún curioso colocó en el centro de la mesa, rodeado de uvas y peras y manzanas plásticas.” Y ese aguacate tiene en ese momento todo el valor de una magdalena.

El fracaso es, sin duda, el centro de la literatura de Dicent. Sus dos libros de relatos demuestran que cambiar de geografía puede ser sólo un agravante, no el problema. Si fuese uno de esos árabes a los que se parece, podría pretenderse que desearía creer en la reencarnación. Entonces, estos libros serían el testimonio de otra vida, donde el presente no es un sótano, una familia atomizada, la fantasía sexual de una cincuentona, las órdenes de restricción, la soledad de un teléfono o la postal de navidad de Luvina que llega unos meses después. Enfermedades de una temporada que parece no abandonarlo.

Y es que estos personajes –y el propio Dicent– destacan por la inercia, por ese efecto tan predecible como karmático con el que transcurren sus vidas. La falta de presente es sólo una anécdota para la falta de futuro. Incluso se resignan y  suscriben, como Leonard Cohen en La Energía de los Esclavos (1972):  poseyéndolo todono tendríamos dónde ir.”
Como Estanislao Balder, ese personaje exigente y triste de Arlt, Juan Dicent es también un enamorado escurridizo. Defraudado como éste por las mujeres, su libro es también la contra épica del amor. Pero a diferencia del mismo, a Dicent no le interesan los gestos extraordinarios. Lo de él es más bien la serie B de un dominicano en el Bronx, perdonen la redundancia.

De una moralidad vacilante, el libro tiene su ‘chin chin’ de machismo. Desde la memoria de una chica que es gélida como las ciruelas de Williams pasando por la novia infiel, la cincuentona ligadora, la groupie de Miami, hasta la forma en que las tías e incluso su propia madre conforman un repertorio de segunda con respecto a las historias masculinas. Más que mal intencionado, es la forma en que el personaje masculino, que nos está contando todo, recompone y justifica de una vez su soledad y su hombría.

Quizás por eso entre lo más conmovedor del libro está My father’s lunch, Mom and The Simpsons y Southern Comfort. Es a través de la memoria de un narrador que vuelve a ser niño de diferentes maneras, que Dicent reconstruye la historia de su padre, tratando de darle un sentido heroico. Insistiendo en una memoria probablemente tan apócrifa como necesaria. El modo en que lo involucra en la gesta patria no es otra cosa que la desesperación por condensar el honor con la biología. Hay un hombre de Bonao que demanda, detrás de un blog, su cuota de gloria.

Cuando tu país es una caricatura y el exilio inminente, el invierno es el único destino. El frío de todo lo nuevo, que se va naturalizando con demasiada confianza sobre tu mente y tu cuerpo, acapara la narración porque acapara el lenguaje. La literatura de Juan Dicent ni siquiera forcejea ya con eso, está vencida en esa dualidad, dulcemente vencida, como quien espera la vejez como un último trámite (Chaves dixit). Algo semejante nos pasa a todos, aunque lo desfigurado sea un país de la mente y el exilio tu propia habitación.

Juan Dicent encontró en Costa Rica varias decenas de desertores de la felicidad. O de esa “demasiada felicidad” que es la tragedia en off de Alice Munro. Amarrados sin proeza al barco de la infamia, a los asados de domingo, al reciclaje literario, a la familia molecular que son los amigos. Y si ahora, a este ‘nuestro’ dominicano, se le ocurre conformarse con leer y contradecir a Onetti, nos dejaría incompletos: faltos de la única biografía autorizada. Negados a que la escriba otro.



San José, agosto de 2013   /  vuelve a  tetrabrik